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¿Las artes locales chilenas en vía de extinción? O la crónica de una muerte anunciada

El 3 de enero 2003,  Andrés Pérez Araya al morir de SIDA en hospital público San José de Santiago de Chile, muchos “teatristas” de pena despertamos atónitos de la lerda ensoñación de creer que “ahora sí que sí iban a despegar las artes locales en Chile”. Pero no fue así, las cosas se pusieron peor los años que siguieron y la muerte del creador fue la primera señal anunciadora de lo que estaba por pasar.

Hamlet Lorca

  Martes 24 de julio 2018 16:18 hrs. 
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Andrés Pérez murió de pena por una gran felonía clasista. La esplendida carrera en Chile de Andrés Pérez Araya dramaturgo y director de la  “Negra Ester” hasta el fatal día de su muerte, había sido solamente una mera ilusión.

A pesar de su carisma, talento, capacidad de gestar con poco dinero y  llevar a cabo proyectos importantes, entusiasmando a todos sus colaboradores ;  a pesar del  amor incondicional que el público le tenía y lo seguía a todas partes donde se presentara, hasta en los lugares más recónditos de Chile, aquel maravilloso director fue traicionado y marginado no solo por algunos de sus pares cercanos, sino también por las universidades que nunca le dieron clases para dar y por los fondos concursable públicos (FONDART) que nunca ganó, salvo una vez un pequeño monto que no aceptó.

El golpe de gracia llegó desde donde menos él se lo esperaba:    Galpones de Matucana que Pérez había soñado transformar en una nueva “Cartoucherie” a lo “Théâtre du Soleil”, le fueron arrebatados por la Sra.  Luisa Durán, primera dama, esposa del ex presidente Ricardo Lagos en función y  por los familiares y cercanos. De ese arrebato nació Matucana 100 corporación semiprivada y semipública de carácter nepotista,con todos los servicios externalizados, lejos, pero muy lejos  de la cooperativa artística solidaria soñada no solo por Andrés Pérez Araya sino por muchos. Su muerte marcó un precedente y todos quedamos con la  sensación amarga que el panorama de las artes locales empeoraría.

Hoy en día,  los artistas chilenos comunes y corrientes, sin raíz social privilegiada, sin trabajo en la televisión o al servicio de grandes cadenas comerciales, sin redes en los Ministerios o en las plataformas elitistas de difusión,   no solo ronda los fantasmas la precariedad y la humillación de la miseria como lo pudo revelar el reciente estudio de TRAMA financiado por la Unión Europea [1] , donde reveló que trabajador de la cultura en Chile con un nivel académico equivalente a un ingeniero comercial, tiene un estatus social y económico de un temporero de la fruta; sino que además, en el núcleo de nuestro oficio se está padeciendo la deserción casi total del público[2] . Los músicos locales también están sufriendo de esta desafección, y las editoriales pierden cada año más lectores. Las salas de cine, sin los “blockbuster” norteamericanos estarían vacías. La lista de experiencias es larga y merece quizás otra nota.

La invisibilización y la aniquilación de los artistas locales parece estar en una silenciosa marcha, un “sálvese quien pueda” poco difundido que se está operando. Y quién dice fuga de talentos y cerebros creativos, dice muerte a largo plazo del progreso social y económico de toda una sociedad.

Un poquito de conceptos básicos en economía

Para explicar  este desastre cultural y humano  anunciado,  desmarañaremos la madeja mediante algunos conceptos económicos para contextualizar el concepto que según nuestras “autoridades” debiéramos abrazar sin concesión, la llamada: “Industria cultural y creativa”.

Como artista, no  como economista, lo que sigue es un leve acercamiento de aquella ciencia social que dicen ser exacta pero que en realidad no lo es.   Primero lo enmarcaremos teóricamente en lo que se llama la economía industrial situada a medio camino entre la economía fundamental (construye los modelos abstractos) y la economía aplicada (describe hechos).

Por el resto, vayamos a definiciones básicas. Las definiciones de la economía son numerosas y dependen del punto de vista (ideológico) de su enunciador, pero en general, se enfoca, por un lado, en las operaciones que son la producción, distribución y consumo de bienes,  junto con instituciones y actividades diseñadas para facilitar tales operaciones.

El nombre de “economía de mercado” es indudablemente dominante en la actualidad para describir las economías del mundo. Chile por razones históricas que sabemos (imposición por la fuerza y el terrorismo de Estado del primer sistema ultra neoliberal en el mundo), ha sobrepasado el concepto de economía de mercado, sino que ha transformado el país en “una sociedad de mercado”.

Como concepto intelectual, el mercado puede definirse como “un mecanismo regulador que permite adaptar el suministro de una determinada categoría de bienes o servicios a la demanda del usuario.”

En un mercado, los dos únicos protagonistas son el vendedor y el consumidor. La fuerza laboral que trabaja para crear y fabricar el producto se obvia tajantemente del modelo.

Hay varios tipos de mercados disponibles:

El monopolio: un vendedor único contra muchos compradores. Por ejemplo las tentaciones de Bill Gates con Microsoft o de algunas fundaciones de plataformas de difusión artísticas en Chile.

El oligopolio: pocos vendedores enfrentan abundantes compradores. A nivel mundial serían: el tráfico de drogas, petróleo, cine, audiovisual tabaco, computadoras, tráfico de armas… En Chile, el país “los tríos oligopólicos” en: las farmacias, el transporte, CENCOSUD, papeleras, madereras, la minería, la educación, pesca, la salud privada, y cada vez más en las red de salas privadas para espectáculos, etc.

Oligopsonio: muchos vendedores y algunos compradores (En Chile: zapatos, ropa, ferias libres, quioscos, panaderos de barrio, el PYME…).

Monopsonio: muchos vendedores y un solo comprador como son los pequeños cultivadores de coca que lo venden a un solo cartel de narcotraficantes.

Como es de constatar en Chile los oligopolios que tienden al monopolio se expresan en una concentración de los medios que agudizan concentración de la riqueza y las brechas entre las remuneraciones. Lo ideal para una sociedad de mercado es que el 90% de las riquezas se concentre al menos en el  10%.

Ese ideal se ha logrado, por ejemplo, en el cine norteamericano donde las brechas salariales entre trabajadores son escandalosas (70 millones de dólares para el actor principal de una mega producción, versus el salario de unos miles de dólares  para un jefe de equipo técnico de la misma producción)  sino también entre hombre y mujeres (protagónicos hombre mejor pagado gana casi 60% más que mujer protagónica mejor pagada[3]).

En este modelo de marcado anglosajón, la rentabilidad tiene sus características específicas:   un mínimo de inversión para obtener el máximo beneficio, en el menor tiempo posible.  En la  tradición liberal, esa inversión mínima se carga sobre la fuerza laboral. Esto se puede traducir en salarios mínimos o inexistentes (famosos voluntariados de estudiantes en plataformas de difusión) o cargas sociales mínimas que, en Chile, de todas maneras terminan en manos de grandes empresas de las AFP o ISAPRES.

Al final del recorrido del producto entre el vendedor al consumidor, surgen muchas preguntas: ¿Qué genera la demanda? ¿La necesidad? ¿Cuál es la necesidad? ¿Es generado por nuestra fisiología, nuestros impulsos, nuestro espíritu? ¿Quién decide qué es lo primero o lo último? En esta neurótica confusión existencial del mercado, el dictamen de inversión se desvirtúa en histeria que se permea en Chile hasta en los formularios  de postulación de los fondos concursables públicos (FONDART).

Una cosa está clara: para el sistema de economía de mercado, no se consideran los bienes culturales como una necesidad básica. Cada vez más está ingresando en la categoría de productos de lujo, donde solo hay una minoría de personas que asisten en ellas.   Al lado opuesto del empresario neoliberal, un artista, Jean Vilar, creador y gestor en Francia del TNP (Théâtre National Populaire), inspirador de todos los gestores más importantes de estos 60 último años en Europa dijo que el Arte y la cultura, tiene que ser considerado “un servicio público básico de primera necesidad, como el agua, la electricidad, el gas…”.

Pero en Chile, todos esos servicios básicos están privatizados. Así que, ¿qué queda para la cultura?

En los años ´60, con la aparición en Chile de la televisión, el consumo cultural masivo fue un sueño que atravesó a muchos. Pero en ella, la cultura local fue secuestrada, desaparecida, eliminada y en su lugar se instaló el usurpador: el Consumo Masivo de Entretención y la Diversión. Hoy en día, hasta altos cargos importantes en la Cultura logran confundir el secuestrado con el usurpador.

¿Y la industria cultural en todo esto?

Hace solo pocos años, la UNESCO declaró que solamente los libros, las revistas, los registros sonoros (de música), las películas, los videos, las  series audiovisuales, los productos multimedia, los software, los  productos artesanales, el diseño, podían ser considerados bienes culturales y productos de consumo, todos susceptibles de ser se reproducidos y multiplicados por procesos industriales para difusión y distribución masiva. Aquellos bienes culturales de consumo conformaban los productos de la llamada Industria Cultural.

Por una extraña razón que todos podemos intuir, desde finales de los años setenta, los anglosajones comenzaron a presionar la UNESCO para que se introdujeran las artes escénicas[4] a la industria cultural. Pero no hay nada menos industrial que el fenómeno de la representación en las artes escénicas. Todo en ella es tiempo, proceso paulatino e investigación,  artesanía manual altamente especializada, precisión de relojería o de la alta costura (de lujo puro para los mercaderes). Y su representación es única (no hay ninguna función que sea igual a otra) y se da a lo más para unos miles de personas a la vez. ¿Por qué la UNESCO permitió aquello? ¿Fue solo otro engaño intelectual del sistema? ¿Y si fue un engaño, para qué?

Al leer la convención de la UNESCO sobre la protección de la diversidad cultural mundial acordada en el 2005 [5], está tácitamente sugerido que para reducir la brecha norte-sur, es un deber fomentar la industria cultural en los países subdesarrollados. Se recomienda que el esfuerzo máximo se realice para que en aquellos países “puedan entender los cambios que están aconteciendo en el mundo”. A este paternalista esfuerzo “pedagógico” lo llamaron hipócritamente “Solidaridad moral e intelectual de la humanidad”. Así para Chile, la Industria Cultural y creativa es una imposición foránea, pero también interna que permite a empresas de países ricos explotar un terreno que es aún baldío para ellos. Pero no lo es, pues en el lugar existen miles de creadores y trabajadores que luchan por fomentar arte local.

El meollo del asunto

Imaginemos que las artes escénicas hacen efectivamente parte de las industrias culturales. Si seguimos a pie de la letra lo enseñado  en economía industrial, el cine, el audiovisual, la música son bienes culturales industriales pertenecientes a sector secundario  (que es la etapa fabricación del producto o la transformación de la materia prima en un producto complejo) y terciario (servicios: plataformas de difusión, distribución, compañas publicitarias, asesorías, “managing”, etc). Las  artes escénicas bajo este  esquema de economía industrial,   la creación y  la producción  de la obra pertenecería el sector secundario y   todos los intermediarios para difusión, como los vendedores, proveedores, salas, centros culturales, festivales pertenecerían el sector terciario.

Aquí viene lo más sorprendente : Chile,  desde el golpe de Estado cívico militar, laboratorio del extremismo neoliberal,  el sector secundario local (industrial de fabricación y transformación en un producto otro) ha sido casi totalmente desmantelado dejando solo el sector primario (materia prima) y el terciario en pleno desarrollo a beneficio de monopolios y oligopolios (oligarquías , FF.AA en retiro, conversos a empresarios, gran burguesía golpista y grandes empresas multinacionales) en detrimento de todo el resto de la sociedad y de la fuerza laboral que produce la riqueza.

Es entonces que se revela madre del cordero: la razón por la cual  en este contexto chileno de economía de mercado avalado por una Carta Magna no muy legítimamente votada en un contexto de dictadura, todas las pequeñas medidas, recomendaciones importantes y esenciales de proyectos como TRAMA, reformitas-parches legales u otras “leyes de fomento de las artes escénicas” votadas recientemente en la cámara,  y que solo benefician a los monopolios y oligopolios de la área terciaria  de los servicios (solo 25% del sector cultural), son en realidad letra muerta para el resto de la sociedad y más particularmente para los creadores, trabajadores locales de la cultura (75% del sector cultural).  En este contexto político y económico es totalmente lógico que se destruya  la creación, la producción local y la difusión. Sin este 75%  de los trabajadores, ese 25% del sector de los servicios desaparece. Fundaciones, críticos y otras redes de salas, están desde ahora advertidos.

Podríamos seguir explicando por qué en este tipo de capitalismo neoliberal la destrucción es un elemento virtuoso que permite la renovación de la inversión; y como  al destruir  las condiciones laborales de los trabajadores, y así el cotidiano de aquellos seres humanos, se está destruyendo en realidad toda la esencia de la memoria y la identidad de un país. Pues los únicos garantes de esa memoria e identidad son los trabajadores de la cultura. Solo nos queda la solidaridad para cantar juntos este canto del cisne.

También podría esbozar soluciones con nuevas propuestas que están surgiendo en el mundo contra esta vorágine de la “destrucción creativa” de este sistema económico, como la llamada “economía solidaria y participativa” que permite la diversificación en la producción y venta a través de un mercado oligopsónico (En artes escénicas: varía compañías de teatro vendiendo a una red de centros culturales, particulares…) y/o un mercado monopsónico (por ejemplo: todas las Cias. vendiendo al Estado). Con un concepto de rentabilidad diferente que asume el concepto de sustentabilidad (capitalismo alemán). Y previendo el desastre laboral mundial en los próximos 10 años por el fenómeno de la automatización tecnológica donde casi el 40% de los trabajos de poca calificación y sin exigencia creativa, va a desaparecer, la razón por la cual es altamente urgente   realizar un giro dramático hacia una alta calificación (al menos universitaria) de toda la población en las Artes y la Ciencia.

Finalmente, podría explicar por qué es de necesidad vital cambiar la carta Magna chilena  para que, por ejemplo, permitir  que las competencias administrativas de decisión políticas sobre la educación, la ciencia y las Artes se descentralicen a regiones y, por qué no, imaginar que cada una   posea su parlamento propio. Una nueva Constitución que amplíe (o intercambie) todos los beneficios de los miembros de las FF.AA. a los profesores, los científicos, a los artistas y a sus sectores laborales: Educación, Ciencia fundamental; Arte y Culturas.

Pero creo que este artista ha triplemente reventado la cantidad de caracteres autorizados por el editor. El tema lo merece, al menos un llamado urgente a cambiar todos los añejos y destructores paradigmas imperantes en Chile.

 

 

[1] El Escenario del Trabajador Cultural en Chile  http://www.proyectotrama.cl/documentos/

[2] http://radio.uchile.cl/2018/05/10/las-cifras-negras-del-teatro-chileno/

[3] https://www.semana.com/gente/articulo/forbes-listado-de-sueldos-de-actores-y-actrices-de-hollywood/537673

[4] Según la última definición ministerial, “pertenecen a las artes escénicas: el teatro, la danza, el espectáculo circense, títeres, la narración oral y todas las combinaciones artísticas posibles entre entas disciplinas” Después, decidieron integrar en ella otros ámbitos ligados pero que en realidad no tienen que ver con otras cosas : “actividades de investigación (implícito), formación y docencia (educación)

[5] http://www.unesco.org/new/es/santiago/culture/creative-industries/