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Patrimonio porteño: la vida y la cueca según Ramón Alvarado

Cantando y contando mi vida en cueca es una serie de cinco discos dedicadas a viejas glorias del puerto de Valparaíso. El primer volumen está dedicado al cantor de 92 años, protagonista de una biografía que se inicia en Coronel y donde hay espacio para el boxeo, el fútbol y la vida de los marinos.

Rodrigo Alarcón L.

  Domingo 2 de diciembre 2018 10:41 hrs. 





Leonel Sánchez, Caszely con don Elías, Zamorano y Salas, Chupete Suazo, el Niño Maravilla, Pato Yáñez y Sapito. Un arquero, un defensa central, tres aleros y cuatro goleadores alinearían en el equipo ideal del fútbol chileno, si es que el director técnico fuera Ramón Alvarado.

“Hay que recordarlos a todos. No se pueden nombrar en la cueca, pero la mayoría de los más conocidos… tengo esa cueca de los mejores jugadores de Chile”, puntualiza él mismo en el primer volumen de la serie Cantando y contando mi vida en cueca, presentado hace pocos días en Valparaíso y disponible en CD y plataformas digitales, a través del sello Mescalina.

En dos discos, Ramón Alvarado, de 92 años, intercala diálogos sobre su biografía con cuecas diversas. En la primera versión, acompañado por un elenco que incluye al acordeonista Samuel Díaz, al pianista y contrabajista Dionisio Gálvez y al guitarrista Rafael Arroyo, que también es el principal gestor del proyecto. En la segunda, solo con su guitarra y voz.

“Ramón Alvarado guarda algunos aspectos folclóricos que se han perdido. Si tomas en cuenta que su mamá nació en los 1800 y que él aprendió de ella, es una línea directa casi con el nacimiento de la cueca”, explica Arroyo, parte también del grupo Puerto Bohemio. “Además, su forma de escribir la cueca es directa, descriptiva y amable con su barrio y Valparaíso”.

Nacido en 1926 en Coronel y porteño por adopción, algunas de las cuartetas que grabó Ramón Alvarado funcionan como una prueba de su enamoramiento con el puerto. Y también como un recorrido por sus calles, escaleras y locales: “Me gusta ir a almorzar / al Mercado Cardonal / se encuentra en Valparaíso / en el sector Almendral”, canta en una cueca dedicada a esos menús “pa’ chuparse los bigotes”.

“Me gusta ir para el puerto / adonde uno se divierte / allá en la Plaza Echaurren / y en el restaurant Liberty”, entona para ese otro local porteño, donde “Carlos Fierro y la Lupita” sirven “pescados y empanaditas”.

“Llegamos al Nunca se Supo / veníamos de farrear / andábamos enfiestados / y ahí fuimos a rematar”, entona en otro pasaje del disco, antes de dedicar una cueca a una de las más tradicionales entre las instituciones locales: “Me gusta ir a Playa Ancha / a ver a mi Wanderito”.

El fútbol será una pasión para Ramón Alvarado, pero el deporte que lo ocupó durante años fue el boxeo. La revista Estadio hablaba de “Puño Mortífero” cuando narraba sus triunfos en el ring, donde llegó a pelear por un título sudamericano.

Fue ese talento, de hecho, el que le cambió la vida: “Comencé a los 16 años en Lota y siempre fui amateur. Llegué al Caupolicán a pelear y de la Armada me trajeron al puerto para que boxeara por ellos. Acá en Valparaíso nadie me ganó y lo que más me gustaba era ganar por nocáut”, le contó hace más de una década al diario La Estrella.

Minero, boxeador y marino, pero sobre todo cuequero ha sido el “Huaso” Alvarado, quien hoy pasa sus días en Rodelillo, junto a su mujer y sus hijas. “Esta idea nació porque yo encontraba que este caballero era un tesoro humano con patas. Andaba por ahí, caminando por el puerto, haciendo versos por aquí y por allá”, cuenta Rafael Arroyo.

“Mi papá me había hablado mucho de él, porque los dos llegaron a suboficiales en la Armada, y yo me lo encontré un sábado en la tarde en un local que se llama el Hollywood, donde se estaba tomando una malta con huevo. De repente él me habló en métrica, me contó que había aprendido solo y ahí empecé a abrir este libro del que no solamente saqué cueca, sino también saqué valses peruanos, boleros y tangos”.

¿Cuáles son los elementos folclóricos que guarda Ramón Alvarado?

Su manera de ser, por ejemplo. A pesar de que no es porteño, tiene una manera de ser que es muy porteña respecto al trato con la gente, a ser vecino. Su manera de compartir, la transmisión oral que hace de todas sus cosas, que es importantísima en el folclor. Él la practicaba como si nada, iba entregando y entregando hasta que ya dejó de hablar, por su avanzada edad. Además, sus temas hablan de la vida del porteño.

Entonces esos elementos no necesariamente son musicales.

No, porque la música es solo una parte de la cultura tradicional.

¿Hay algo en su forma de cantar o interpretar que sea muy propio de él?

Sí, que tiene una impostación natural de la voz, que es de corte porteño y no santiaguino, que es un canto más nasal, más pregonero, más de feria. La Vega, el Matadero y todo eso. En Valparaíso la cueca entró a lugares importantes, estuvo a cargo de buenos cantores y este viejito tiraba naturalmente esas cosas, porque también estaba comprometido cantando valses, boleros, tangos, foxtrot y rancheras. Hay una extrapolación natural hacia la cueca.

¿Por qué entonces el proyecto se enfoca solo en la cueca?

Porque la cantidad de cuecas que él tenía era importante y porque es el iniciador de esto, en algún aspecto. Él inspiró para que esto se llamara Cantando y contando mi vida en cueca, porque a pesar de que hacía un montón de otras cosas, siempre desembocaba en la cueca.

“Esto no se va a acabar nunca”

Cantando y contando mi vida en cueca fue concebida como una serie de cinco discos, que por ahora también incluirá a Alberto Ponce, encargado de la voz, el pandero y la guitarra de Los Afuerinos; y a César Olivares, experimentado en grupos como Los Ribereños, Los Huasos Ladinos y La Isla de la Fantasía.

El plan es que cada año se publique un volumen de la serie, en la que cada uno de los escogidos cante sus cuecas, salpicadas por un relato autobiográfico.

Para Rafael Arroyo, hay ahí algo más que versos y melodías: “Todo va enfocado al rescate del patrimonio cultural histórico de Valparaíso, pero en las personas. Mucho le han dado con el rollo de los edificios, que está bien, pero resulta que los que construyeron todo eso éramos las personas”, subraya.

“El patrimonio más grande que tiene Valparaíso está en las personas y en estos viejitos. Lo otro… viene un terremoto fuerte y se acabó el patrimonio. Esto no se va a acabar nunca”. Palabra cuequera.