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Me niego a cederles mi ciudad a los delincuentes

Columna de opinión por Claudia Farah S.
Lunes 6 de mayo 2019 19:27 hrs.


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Me rehúso a sucumbir a la paranoia de la seguridad ciudadana y la sensación alarmista de la delincuencia. Porque en el minuto en que dejamos que nos invada la idea de que cualquiera puede asaltarnos, en cualquier lugar y a cualquier hora, dejamos desamparados a aquellos que son atacados de verdad porque lo primero que pensamos es que es un ardid para asaltar, y no que es alguien que necesita ayuda. Sé todo lo malo que puede pasar, pero mientras nos cuidemos entre nosotros la ciudad es nuestra.

De lo contrario sucede lo que le pasó a mi prima chica el otro día: sábado en la noche, tres de la madrugada. Ella, empoderada, caminaba de regreso a su casa en Ñuñoa cuando a una cuadra de llegar un tipo la agarra del pelo, la tira al suelo y se le sube encima.  Pateó y gritó hasta sacárselo de encima. Por suerte hizo un escándalo suficiente para ahuyentarlo.  Por suerte él no tenía armas. Por suerte ella solo tuvo moretones. . Se quedó sola gritando en la calle desierta. Abandonada. Sola. Y nadie salió No sabe cuándo rato después unas chicas veintiañeras como ella la llamaron, la recibieron en su casa y llamaron a seguridad municipal (le dijeron que la vieron caminando con el tipo detrás pero que siguieron de largo…).  Después la llevaron a su casa.

Del sicópata que la atacó no espero nada, pero sí de los vecinos de su calle que la deben haber escuchado y la abandonaron por su miedo paranoico de que fuera un engaño para asaltarlos.  A los que me van a decir todas las cosas terribles que pueden pasar cuando se interviene, les digo que las conozco: mi hermano menor vio al demonio a los ojos antes que le disparara en la columna por defender a una mujer a la que le estaban pegando. Hoy camina de milagro gracias a su tremendo coraje y a las maravillosas terapias de la Teletón.

Es tanto el miedo urbano que nos abandonamos los unos a los otros, dejando abierta la puerta para que los delincuentes hagan lo que quieran con nuestros espacios, con nuestra ciudad, cuando lo más efectivo es que nos preocupemos los unos de los otros. Debemos ir en ayuda del otro no sólo porque ese otro u otra mañana puedes ser tú, sino que porque es lo correcto.

Santiago es una ciudad segura. Los noticieros llenos de portonazos no nos deben hacer creer lo contrario: estamos en el lugar 36 de un total de 60 del ranking “The Safe Cities Index 2017” de The Economist.

Lo que pasa es que una cosa es lo que en verdad sucede y otra la sensación de inseguridad. Es esta última la que hace crecer el pánico colectivo y da base a las encuestas de victimización que dicen que la gente se siente insegura, ¡cuando en verdad nunca le ha pasado nada! Y así ganan votos los políticos que después permiten detener a cualquier persona por sospecha, pero que no cambian la ley para que los verdaderos culpables se queden presos.

No es que en Santiago, o en cualquier otra ciudad, no pase nada. Pasa cada día y es terrible cuando una persona es atacada.  Cada muerte es un despropósito desgarrador, lo sé.  Pero también sé -llámenme ilusa y romántica- que está en nosotros hacer sentir más seguros a los nuestros, a los vecinos e incluso al NN que va caminando por la calle.  Jamás hay que dejar de estar atentos, pero también hay que estar listos para ayudar. Y no sólo en casos de emergencia.  Detalles tan simples como apoyar a alguien que necesita subir una escalera o recoger a alguien que se cayó pueden hacer la diferencia entre un día con un toque agradable y otro vacío.

Existen numerosos estudios que demuestran que una comunidad organizada, cohesionada y preocupada los unos de los otros previene mejor la delincuencia que cualquier porte de armas y detención por sospecha. Están ahí, al alcance de Google.

Del delincuente no espero nada (ni siquiera entraré en el argumento de la falta de oportunidades y la rehabilitación, porque ese es OTRO tema). Tengo expectativas para el resto de la sociedad, yo incluida. Espero un respeto básico de cada ser que camina de noche por la calle de regreso a su casa. Espero que me avise si se me cae algo. Espero que me avise si estoy en peligro. Yo haré lo mismo y así, entre todos, nos cuidaremos.

Debemos perseverar en recuperar las calles para caminar tranquilos, independiente de la hora, del barrio y de quien soy yo o quién eres tú.  Como mi prima, yo también voy sola muchas veces de noche y me gustaría que lo normal fuera sentirme segura, y dejar el hábito urbano de wasapear a las amigas contándoles que llegué bien.

La autora es periodista y Magister en Filosofía, Política y Economía de la Universidad de York, Inglaterra.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.