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Ariana Harwicz, escritora argentina: “Atacar el misterio es atacar la obra”

La escritora argentina, Ariana Harwicz, republica su segunda obra en Chile. “La débil mental” (2014), desde los monólogos y diálogos veloces, explora complejas relaciones familiares de una hija, una madre y una abuela. Pero este tipo de códigos aparentemente transgresores, según dijo Harwicz a nuestro medio, son siempre mejor interpretados por el público.

Eduardo Andrade

  Domingo 21 de julio 2019 10:00 hrs. 
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Son días agitados para Ariana Harwicz. La escritora argentina radicada en Francia presentó el pasado miércoles 17 de julio, en Buenos Aires, su último libro, Degenerado (Anagrama, 2019). Sin embargo, de este lado de la cordillera, Harwicz apareció por primera vez en 2018, de la mano de la editorial Elefante y con el que fue quizás su título más laureado: “Matate Amor”.

Este año, el mismo sello editorial ha traído a las imprentas chilenas el segundo título de Harwicz, “La débil mental”, una obra donde la nominada al Premio Man Booker Internacional (2018) continua ahondando en las complejas relaciones familiares entre madres e hijas, esta vez desde los monólogos y diálogos internos.

Así, desde el asiento de un taxi en la capital argentina, Harwicz conversó con Diario y Radio Universidad de Chile sobre la intencionalidad de su literatura, el estilo del que se va apropiando y de los sus misterios que solo sus lectores terminan develando.

Partiendo desde lo visual me da la impresión de que es un libro al que no se le escapa ningún detalle, ¿lo sientes así?

Sí, hay un diseño y una estructura como debería tener toda obra que sea una novela, película, cuadro. No hay nada que sea arbitrario y por fuera de una lógica poética, estética o narrativa. Tanto los espacios en blanco, las mayúsculas, la brevedad de los capítulos, los espacios entre capítulos, la brevedad misma del libro, tienen su razón de ser y tiene que ver con el mundo que se está contando. En lo posible trato de que cada edición se ajuste lo más posible al ideal del imaginario de lo que estoy narrando.

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Por los monólogos que planteas es inevitable pensar la forma en que se conciben las ideas, ¿sueles conversar a menudo tan frenéticamente contigo misma? 

Hay una idea de monólogo en las novelas. Algo muy solitario y autista en el sentido metafórico, pero también es un diálogo consigo mismo. Por lo tanto, hay un otro que es uno. Cuando escribo tengo ese fluir de la conciencia conmigo misma, ese ruido permanente de hablarme y es lo que le sucede a los personajes. El personaje se habla así mismo, y también están mis personajes que son muy asociales y están a lo Beckett, hablándole a algo está más allá, que no está acá. Puede ser dios, algo metafísico, un invento o una invocación.

En la “La débil mental” abundan las frases cortas, pero esto no les resta profundidad, ¿de qué depende la profundidad en tu literatura?

La complejidad de la lectura, en la exégesis de una obra, no está ni en la brevedad ni en la longitud de las frases. Hay creencias o mitos, pero no creo que sea ni más fácil ni más complejo de interpretar una obra por ese tipo de ritmos o de longitudes. Creo que eso está en la densidad semántica y de sentidos que tenga una obra. La profundidad de mi literatura supongo que depende de eso, de la cantidad de grises, de matices, de claros oscuros que manejen el fraseo y los personajes.

Me da la impresión que esta obra es un recuerdo eterno, acciones cotidianas y extremas en espacio no definido. ¿Te consideras una escritora surrealista a veces?

No pensaría mi escritura tan ligada al surrealismo, que por supuesto me influenció como nos influenció a todos todas las vanguardias. Es un cruce de estilos y estéticas, porque hay mucho de ciencia ficción, un juego con el realismo, una escritura metafísica o fragmentada, y mucho de teatral. Los personajes nunca tienen nombre, no considero que haya bautizarlos de ese modo tan convencional. Justamente se juega con las nomenclaturas, con los roles sociales y familiares, y no hay una geolocalización. Absolutamente todas mis novelas suceden en un espacio, en un tiempo y en un país del que no se puede decir mucho. Hay mucha literatura donde el paisaje es inventado. Faulkner, Tarkowski, creo que vengo de esa tradición.

Hay además en tu obra mucho de transgresión a lo políticamente correcto. Todo lo sórdido ha sido últimamente cuestionado en la literatura, ¿cuál es el límite?

Cada época impone un cuestionamiento a la escritura o al arte, que va variando. Siempre hay que tener cuidado en la escritura, la relación que toma con la moral, la ética, la ideología dominante de una época. No plegarse dócilmente ni tampoco atacarla a cuchillazos porque sí. Yo no creo que mi escritura sea pretendidamente sórdida, puedo entender que se  lea así, pero no es lo que intento, son personajes que están muy a los márgenes de la convención, de lo que se espera de un ser, de una madre, de una hija, de una suegra, de un amante. A priori, no escribo con la intención de transgredir, pero es cierto que luego los personajes mismos, por su carácter anárquico, odian la ley y la terminan transgrediendo.

Explicar una obra es un tema a veces sobre exigido a los artistas. ¿Cómo es en tu caso?, ¿piensas a menudo en un discurso que explique lo que haces?

Es difícil. Por un lado, un escritor tiene que pensar su obra, saber analizarla o descifrarla, y por otro lado siempre hay un resto, un hiato de enigma que ni el escritor ni el poeta ni el artista ni el lector van a saber nunca descifrar, y eso me parece que está bien. Creo que atacar el misterio es atacar la obra. Hay un equilibro entre poder explicarla y analizarla, y dejar esa parte de misterio librada, no ahogar la obra. En mi caso, hago lo que puedo, pero creo que muchas veces tienen muchas más claves los lectores que yo. Eso sucede mucho.