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María Florencia Rua y La Coma: “La escritura debería ser un atentado contra la realidad”

Dramaturga, poeta y, ahora, novelista, la argentina María Florencia Rua acaba de publicar en Chile su obra La Coma (Ed. Elefante), una novela de cortes bruscos donde una niña encerrada en un hospital, y en su propio cuerpo, observa y cuestiona a su entorno.

Eduardo Andrade

  Jueves 19 de septiembre 2019 12:24 hrs. 
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‘La coma’ es una pausa, pero también es un lugar, un hospital con una enfermera llamada Nancy y que bien podría llevar su nombre en la entrada. Este es el mundo que entrega la escritora argentina María Florencia Rua en su primera novela titulada como ese signo de puntuación que algunos maestros -erróneamente- nos dijeron que servía para tomar aire en medio de la lectura. 

Paradójicamente, ante la vista de los demás y tirada en una camilla de hospital, la protagonista de esta historia solo hace eso: respira. Sin embargo, en el detrás de cámaras o mejor dicho, detrás del cuerpo, la adolescente Azul reacciona y lo cuestiona todo. 

Maria Florencia Rua podría pasar como una adolescente, pero no. Tiene 27 años, el pelo rubio desteñido de marrón a rubio y una carrera que ya cuenta con dos publicaciones de sus poemario Luces mal usadas y La carretilla roja, así como la dirección de su obra teatral La noche quieta

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Previa a la presentación en Buenos Aires de La Coma, la escritora que transita entre cordilleras y que sobrevive dictando un taller de literatura en Santiago, asegura que jamás ha sido entrevistada por su obra literaria. Esta es su primera entrevista.  

¿Cuál es el origen del libro? Alguno podría pensar que atravesaste por una situación física similar…

No, no experimenté nada parecido, sino que lo que se me vino a la cabeza como primera imagen fue a mí de chica, viajando en la ruta con mi familia. Llovía torrencialmente y estábamos yendo a Tandil. Mi papá es una persona muy violenta y gritaba mientras manejaba, nos decía: ‘vamos a morir, nos vamos a morir’, y yo -chiquita- rezaba a algún dios que estuviera por ahí. No pasó nada, nadie se murió ni nadie quedó en coma, pero siento que quedó como una referencia constante.

¿Hace cuánto empezaste a escribir el libro? Por el resultado parece haber sido escrito tal cual uno escribe un diario.

Puede ser. Lo empecé a escribir el año pasado. En realidad, el libro al principio era una obra de teatro y había un monólogo de cada integrante de la familia: el padre, la madre, el perro, había un hermano también y la niña. Lo que pasó fue que el año pasado fui a taller con Eugenia Pérez Tomas y yo ya había encajonado esa obra, no me interesaba, y me acordé que la tenía. Llevé al taller el monólogo de esta nena y empecé a escribirlo. Era simplemente la nena viendo cosas en la ruta. Empezó a pasar que eso derivó en poema de la niña, delirios y la situación de pausa.

Explícame el por qué de los cortes, de las pausas. 

Los puntos suspensivos al principio eran algo como ‘no sé que escribir en este intermedio’, voy a seguir con otra situación. Entonces, se desencadenó casi por accidente esto de la vida de la niña. Como era la vida de ella sola, no soportaba que estuviera en el auto todo el rato, entonces ahí se me vino la imagen que te dije antes, yo de niña en la ruta y de un posible accidente que desencadena una pausa, la coma.

Mencionas que el texto está construido en base a un monólogo, parece una expropiación del género que ya habías explorado antes, la dramaturgia.

No tengo tan claro la diferencia entre una cosa y otra -la poesía, el teatro, la narrativa-. Todo es algo que siento muy junto, pero me pasa que siempre que escribo pienso en un cuerpo, en alguien diciendo todo eso, pienso en la presencia corporal, en esta herramienta teatral de que un texto sobrevive porque alguien lo está diciendo. Un monólogo dicho en público.

¿Sueles ensayar tus textos en voz alta?

Muchas veces, soy medio frenética.

Leí algunos de tus poemas online y hay un estilo similar, el de la prosa poética.

Sí, pasó que terminó siendo narrativo, pero podría tranquilamente haber sido otra cosa. Antes habían muchas partes que estaban escritas como poemas y la solución para unificar todo fue la coma en lugar del enter, como un corte. 

Esa metáfora que propones de coma, gran parte ligada a lo corporal, ¿tiene algunos referentes?

No lo relaciono tanto con una temática, como si podría nombrar varios autores o autoras que hayan trabajado la temática del cuerpo, sino como con algo que me leí de siempre, mucha poesía de mujeres: Pizarnik, Alfonsina Storni, Silvia Plath, todas poetas que escriben desde el cuerpo, como que el cuerpo siempre ha estado en un impedimento, de experiencia o de opresión y creo que eso se emparenta con la decisión de ‘escribo porque no puedo hacer otra cosa’. La novela tiene algo de eso, me invento esto porque estoy acá. 

María Florencia, escritora joven, vive entre Santiago y Buenos Aires, ¿cómo sobrevives?

En este momento, por suerte, estoy como pudiendo dedicarme a dar talleres en Santiago, lo cual es loco porque allá no estaba pudiendo vivir solo de eso. En Buenos Aires di talleres, pero quizás pasa que allí hay mucha más oferta y es más difícil insertarse en ese mundillo o armar el propio. Además, este momento es de una crisis muy grande y se empiezan a cortar los gastos.

¿Y qué sensación te queda como profesora de taller?

La sensación es que todavía no termino de encontrar en los libros publicados aquí algunas cosas. Veo como una suerte de ebullición en este momento, pero no tanta diversidad. En los talleres sí encontré eso, muchas voces distintas. 

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¿Tienes medio rastreado el circuito chileno de literatura contemporánea?

Más o menos. Me gustó mucho Nona Fernández, Bruno Lloret. Hace poco leí Pieza amoblada de Valentina Blanco. Me pasa que siempre tiro para la ficción y no me interesa mucho la escritura del yo, esa escritura que le da valor a algo por el solo hecho de que a esa persona le haya pasado. Trato de escapar de ahí.

Eso coincide con la mirada de algunos críticos de la literatura chilena actual…

Me he encontrado con muchas cosas así, pero también me parece injusto eso porque, por ejemplo, en los talleres me doy cuenta que hay mucha gente que no hace eso. Creo que también tiene que ver con una época muy individualista. Lemebel hace eso y me parece genial, pero hay una reflexión a partir de eso, y una vida potente. Hay muchas cosas de la escritura del yo que a mí me gustan, pero creo que el problema es cuando el texto solo obedece a contar exactamente como sucedió algo y no permite que el imaginario se expanda. Creo que la escritura debería ser un atentado contra la realidad, tratar de reescribirla, cambiarla y cuando eso no pasa a mí no me interesa, aunque está bien que exista. 

Publicaste un par de poemarios y ahora una novela, ¿es más por experimentar o por esa sensación de que con la novela uno es escritor realmente?

Estás viendo malas intenciones, lo que pasa es que vende más (ríe). Lo real es que fue una situación accidentada, podría haber sido algo distinto. Quizás me pasó que estaba leyendo mucha novela, cosa que no había hecho casi nunca en mi vida y se dio en un verano, pero no hay una decisión atrás.

¿En qué proyecto trabajas ahora?

Estoy escribiendo varias cosas sin planificación de nada. Tengo muchos archivos en drive abiertos y sin terminar, pero a lo que siempre vuelvo es a la poesía, como que eso me ordena. Volver a escribir poesía me conecta con la escritura desde otro lugar, quizás porque la poesía no la lee casi nadie y prefiero ir a esos lugares donde no hay nadie. 

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