Diario y Radio U Chile

Año XI, 14 de diciembre de 2019

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Patricio López

La autodestrucción de la imagen del Presidente

Patricio López | Jueves 7 de noviembre 2019 8:19 hrs.

Tres sucesivas apariciones públicas del presidente Piñera nos han señalado prístinamente su posición ante lo que está ocurriendo en el país y sobre los pasos que debe dar su gobierno. Una entrevista a la BBC, los anuncios que realizó respecto a las pymes y una nueva entrevista ante un medio nacional, todas conocidas en menos de 24 horas, se pueden resumir en lo siguiente: el Gobierno no pretende dar marcha atrás y sigue culpando a los vándalos de todos los males que vive el país.

Más allá de que haya hecho afirmaciones como que la “manifestación la hemos escuchado con atención, con humildad y la hemos incorporado al corazón de nuestras prioridades”, en la práctica no se está haciendo nada sustantivo para una demanda que, nadie lo puede negar, apunta a reformas estructurales. De hecho, no pudimos dejar de escuchar con un poco de asombro su punto de prensa de ayer, en la que se suponía que se iban a hacer nuevos anuncios sociales, pero que se transformó en una embestida retórica contra los supuestos “violentistas”, a quienes responsabilizó por los problemas que experimentan las pymes en nuestro país. Especialmente llamativa fue su comparación entre las políticas que se habían implementado después del 27F y las que se querían implementar ahora. Su comparación entre los catastróficos terremoto y tsunami de febrero de 2010 y esta insurrección social, además de elocuente, corresponde al patrón desnudado por el libro La Doctrina del Shock de Naomi Klein, en donde se homologan desastres naturales e insurrecciones sociales para que, por la vía del miedo que se inocula en un sector de la población, se justifiquen medidas represivas y una profundización de las políticas neoliberales en la sociedad.

La voluntad del Presidente de no alejarse de ese guión argumental y de conducta, mientras al mismo tiempo se desata, se acumula y se profundiza la represión callejera y las violaciones a los derechos humanos, asombra no solo porque se sale de todo parámetro razonablemente democrático, sino porque parece incluso ajeno al pragmatismo: atenta contra la propia suerte de su gobierno. Recordemos que Piñera demoró muchos años en construir un liderazgo cuyo principal atributo era la emergencia de una derecha no autoritaria. Centroderecha, le gustaba subrayar. Baste recordar el odio que sentía por él la UDI en los 90’s e incluso a principios de la década pasada, con afirmaciones como que era desleal con Pinochet, un afuerino y un demócrata cristiano infiltrado en la Derecha.

Del mismo modo, Piñera siempre ha aspirado a erigirse en un líder internacional. Durante su primer mandato, su ansiedad le jugó una mala pasada con una un tanto desmedida gira presidencial, luego del rescate de los 33 mineros, pero que dio cuenta, junto al año en que fue presidente de la entonces vigorosa Celac, de su voluntad de ser reconocido internacionalmente. Misma cosa ocurrió ahora: trató de ejercer liderazgo en el Grupo de Lima, en la situación de Venezuela, en los incendios en el Amazonas y, obviamente, con la organización de la APEC y la COP25.

Todo esto que parece haberle costado muchos esfuerzos a Piñera, ha explotado por los aires en apenas tres semanas como consecuencia de sus propias acciones sucesivas ¿Cómo una persona tan interesada en su imagen puede actuar en tan poco tiempo para destruirla? No es posible por el momento contestar a la pregunta, aunque una hipótesis es que frente a esta impugnación social haya algo en juego más importante que la suerte de un gobierno o de un presidente: la defensa de un Orden que estructuralmente produce injusticia. Si así fuera, entonces estaríamos ante la constatación de que La Moneda no solo sabe, sino que sabe demasiado bien, lo que está pidiendo la calle.

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