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Año XII, 2 de julio de 2020

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Luis Osandón M.

“Aprendo sin parar” y la ruptura de la cotidianidad del sistema escolar

Luis Osandón M. | Jueves 2 de abril 2020 16:35 hrs.


El anuncio del Ministro de Educación el miércoles pasado, en verdad, era muy previsible, esto es, extender la suspensión de clases en el sistema escolar chileno por cuatro semanas más, luego de ya casi dos semanas de suspensión de las actividades en las escuelas. Como sabemos, la trayectoria de expansión del virus en nuestro país está recién en su etapa inicial y es evidente que nos estamos preparando para semanas y meses muy tensos, en una dimensión inédita. Como la mayoría de la población ha percibido, estamos frente a desafíos que nos ponen al límite de nuestras capacidades en todos los planos de la vida; desde la convivencia familiar, pasando por la reorganización de las rutinas productivas en la economía, hasta la reorientación de nuestros debates y luchas por la transformación social y política de la sociedad (aplazamiento del plebiscito mediante). Sin duda hemos estado obligados, en unas pocas semanas, a volver a jerarquizar nuestras prioridades.

En este contexto, el proceso educativo es, probablemente, una de las actividades más relevantes de la vida social, millones de personas se movilizan diariamente en torno a la escuela y suponemos, naturalmente, que es una cadena de acciones que resulta casi imposible detener sin provocar descalabros multisistémicos. Un anuncio de esto lo tuvimos con el boicot a la PSU, que dejó al borde de un ataque de nervios a rectores y funcionarios ministeriales.

Pues bien, el descalabro de un muy bien ordenado sistema educativo escolar ya está aquí. Apenas un par de semanas de clases regulares, seguidas de, al menos, seis semanas de suspensión, y con una clara proyección de extensión de esta paralización, involuntaria, por varias semanas más, me permiten afirmar que este año escolar ha quedado, definitivamente frustrado. La pregunta es ¿qué hacemos frente a tamaño fenómeno?

La estrategia del ministerio ha sido sostener, un poco irreflexivamente, la “normalidad”. En este sentido es sintomático que los materiales que se han puesto a disposición para los y las estudiantes en internet tengan como bajada de título común la expresión “aprendo sin parar”. Es decir, el supuesto a la base de la estrategia es que podemos sortear este “evento” de pandemia a través de la “continuidad” del proceso educativo en casa.

Un primer problema es que esto reflejará lo que la escuela intenta mitigar y, en muchos casos omitir o derechamente ocultar. Vivimos en una sociedad desigual, con familias diversas y capacidades muy distintas para movilizar capitales culturales que hagan sintonía con lo que los chicos deben aprender. ¿Cuánto podría ayudar una familia a entender el conflicto entre Creta y Atenas y su relación con la figura del héroe?, o ¿las propiedades conmutativa, asociativa y distributiva en matemáticas? ¿Será posible validar un próximo SIMCE con la experiencia en curso?

Un segundo problema refiere a lo discutible que resulta poner al centro de las preocupaciones el aprendizaje de los contenidos de las asignaturas, al estilo de lo reseñado en las preguntas anteriores. Cómo se ha comentado en redes sociales, parece que las primeras tareas son la contención emocional y el acompañamiento cercano por parte de padres o cuidadores a una experiencia social y cultural inédita para niños, niñas y jóvenes. ¿Alguna guía de trabajo para eso? Pues nada. Y es esto lo que produce inquietud y perplejidad. ¿Se tienen claras las prioridades?, ¿qué representación es la dominante sobre el rol del sistema escolar? Es en este tipo de situaciones inéditas que es más fácil desnudar la mirada y concluir que llevamos décadas domesticados al interior de un proyecto educativo neoliberal, que redujo la formación humana de las nuevas generaciones a una grilla de dominio cultural de saberes, pero dejando en el fondo de la bodega la centralidad de la vida de estas nuevas generaciones.

Un tercer problema, de muchos otros, se construye a partir de la incapacidad total de separar la paja del trigo e insistir en la cobertura curricular de objetivos y contenidos presentes en el currículum, y por tanto, de saturar de actividades (ejercicios, lecturas, indagaciones) a estudiantes y familias. Esto viene acompañado de la suposición que todo es relevante en un contexto de hipotética “normalización” de la asistencia a clases “en algunas semanas más”. Hay que decirlo, en esto han sido cómplices escuelas y docentes, que apenas han tenido tiempo de masticar el fenómeno de la “virtualización” de la actividad pedagógica y se han obsesionado, en muchos casos, por transferir el aprendizaje al estudiante y omitir el carácter eminentemente dialógico de su concreción.

Antes que insistir en la normalización, creo que esta es una oportunidad para que el silencio de la cuarentena -voluntaria u obligatoria- nos permita abrir una nueva agenda de conversación sobre el rol de la escuela, el currículum, de los y las docentes, y, por cierto, las comunidades en que están insertas las escuelas. Al respecto propongo, inicialmente, pensar en los siguientes asuntos:

 

  1. ¿Cómo podemos apreciar, con mayor precisión y profundidad, la importancia de la experiencia subjetiva de las nuevas generaciones?; o, en el mismo sentido, lo relevante que es en la experiencia educativa reconocer sus trayectorias, sus conflictos, dudas, certezas y capacidades de aproximarse incesantemente a lo inédito posible, ¿cuánta importancia debe tener esto en la vida cotidiana de la escuela?

 

  1. ¿Cómo podemos acompañar el modo en que se aproximan las nuevas generaciones a la comprensión de la vida en común?, ¿qué tan relevante es el desarrollo de la empatía con el prójimo, a la vez que apreciar el carácter productivo del disenso?, ¿qué experiencias esenciales les podemos proveer?

 

  1. ¿De qué modo podremos imaginar y concretar un sistema escolar que permita a la escuela tener como eje estructurante de su desenvolvimiento, el desarrollo del vínculo pedagógico-formativo? Ello nos lleva a recuperar y explicitar ideas pedagógicas que han insistido por siglos que tanto para el enseñante como para los y las aprendices educar y educarse implica movilizar capacidades emocionales, corporales, éticas y, por añadidura, cognitivas. Es decir, que lo primero es la formación humana para una vida compleja y llena de situaciones que obligan al permanente discernimiento de lo deseable y lo justo; subordinado a ello, y sólo como un recurso, el aprendizaje de contenidos. Ello es importante de resaltar y volver a colocar en la cabecera de nuestra prioridades si es que queremos seguir teniendo esperanzas en que estas nuevas generaciones puedan constituirse con autonomía y sentido de comunidad para enfrentar su vida presente y futura.

 

En definitiva, no podemos perder esta oportunidad de ruptura de la cotidianidad para cuestionarnos hasta la médula lo que en verdad importa cuando se va a la escuela en una sociedad democrática, inclusiva y de profunda vocación por el potenciamiento de la vida humana. Ello en un planeta al que, por cierto, nos debemos con profunda humildad, como va quedando claro.

 

El autor es académico del Departamento de Estudios Pedagógicos de la Universidad de Chile.