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Año XII, 5 de agosto de 2020

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Alejandra Araya E.

La autoridad entendida como masculinidad: un problema de fondo para pensar en los tiempos de la cólera social

Alejandra Araya E. | Sábado 4 de abril 2020 13:35 hrs.


Escribo retomando hilos sueltos luego del llamado Estallido social y frente a la continuidad de las lógicas de la guerra en la forma de enfrentar la vida cotidiana y la vida política en el espacio público. Fernand Braudel nos entregó como herramienta la posibilidad de pensar el tiempo, objeto del oficio de historiar, en tres niveles: el tiempo del acontecimiento, el tiempo de la coyuntura y el tiempo lento de las estructuras, entre ellas las de las formas de pensar y de las prácticas que construyen identidades individuales y colectivas. También las llamó mentalidades.

El ejercicio es el siguiente. “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, muchos conocen el aserto del militar prusiano de inicios del siglo XIX, Carl Philipp Gottlieb von Clausewitz. El filósofo Michel Foucault lo tomó para decir que la política puede ser la continuidad de la guerra en otras formas. En un Estado moderno, post revolución francesa, al plantear que el poder debe tener contrapesos también se planteó que la violencia, casi un dato de la especie, debía tener controles. Un Rey, de antiguo Régimen, era el Estado y era representado por distintos agentes para ejercer el poder, que era ser la realidad. Los verdugos, por ejemplo, eran la mano ejecutora de la “justicia” y la aplicación del castigo se entendía y muchas veces se sigue entendiendo, como la justicia en sí. En América colonial nunca estuvo el Rey físicamente, su ley se acataba aunque no se cumplía, pero sus representantes se invistieron sin problemas como partes del Rey-Estado presentes en América y, de este modo, un ataque a sus personas no como autoridades sino que como el cuerpo del Rey en América, podía ser considerado un magnicido. Quiero recordar acá que esto quiere decir que se mata al Padre, pues matar al Rey era matar al “padre”. El ataque al hombre de 69 años por parte de efectivos policiales, imagen como otras muchas que hemos visto en estos meses hasta producirnos náuseas, conmueve más por el contexto post 10 de octubre que, gracias los defensores de Derechos Humanos, “vemos” el problema del uso abusivo de la fuerza. La acción es brutal por varias cosas expresadas legalmente por muchos colegas, pero yo quiero hacer el foco en el hecho de que a muchos afectó por el grito de una mujer (igual de expuesta a la brutalidad) que dice al uniformado policial: “podría ser tu padre”. Y esto nos lleva a la cuestión de larga duración, profunda y relevante.

Dos frases del tiempo reciente en Chile que permiten entender cómo se construye el contexto históricamente. Primero, la del propio Presidente de la República Sebastián Pinera “estamos en guerra” (21 de octubre de 2019, a tres días de decretado el toque queda). La figura presidencial reemplazó a la figura del Rey en términos de imaginarios políticos en América independiente, pero también en la teoría política sobre el poder. Ese “padre” tiene el llamado a “poner orden en su casa”, califica de violencia y delincuencia a un “enemigo poderoso” que podría ser cualquiera de sus hijos. La segunda, del general de Carabineros y jefe de Zona Este de la Región Metropolitana, Enrique Bassaletti, realizando una distinción entre el derecho legítimo a manifestarse y el ataque físico a un efectivo: “el atacar a la policía constituye un hecho criminal grave, porque no es atentar contra la policía es atentar contra el Estado de Derecho precisamente es aquí en donde nosotros ponemos el acento donde no vamos a bajar la guardia en relación con lo que es un deber” (Balance de la jornada del día 6 de marzo conforme a la contingencia.fuente: @Carabdechile, 7 de marzo de 2020). Esta afirmación sería una versión renovada del aserto del Rey Luis XIV: El Estado soy yo. Cada efectivo de la fuerza de orden por tanto, encarnaría un conjunto de valores que son defendidos sin bajar la guardia. Ahora bien, dicha afirmación, es un buen argumento para considerar todo uso excesivo de la fuerza por parte de un efectivo policial como un delito de Estado.

Días anteriores, el mismo general asociaba a los “enemigos” con el “cáncer” una enfermedad cuyas metáforas han sido aplicada socialmente de forma letal -tanto para ideologías como para grupos humanos- que el conservadurismo y el fascismo ha considerado peligrosos para el orden establecido. En este grupo han estado las disidencias sexuales, las cuales también han sido objeto reiterado de abusos, maltratos y de la violación sexual en particular como castigo correctivo de la ideología patriarcal, la ley del Padre.

La profundidad lo es por cotidiana, es decir, reiterada en el día a día conformando una suerte de “paisaje natural” de la conducta esperada entre “estudiantes” y carabineros, específicamente, entre “masculinos”. Al observar de manera directa durante muchos años tal cuestión, la imagen hoy fuera de la coyuntura del 18 de octubre nos debe remitir al fondo: las formas en que el poder se construye desde la masculinidad. Es un rito de pasaje probar el poder sobre otro aplacándolo físicamente, ya sea por estatura, por fuerza, por objetos supletorios de la fuerza y claro, los signos del falo o pene, que reemplaza al cuerpo “hombre en su totalidad” y que se usa como amenaza por su potencial agresión que es la violación. “Probar las fuerzas” frente a estudiantes secundarios masculinos, así como enfrentarse a cuerpos reconocibles como jóvenes y en particular de “hombres”, es un rito que permite probar a ambos, los de uniforme verde y los de uniforme gris, que son tales. La cuestión de la “valentía” cobra ribetes heroicos cuando la “guerra” ha sido declarada, el uso de la fuerza se torna “desproporcionada” cuando se aplica a cuerpos que deben ser respetados por su “debilidad” o su “vulnerabilidad”, todos ellos conceptos que articularon las primeras discusiones sobre derechos humanos en los procesos previos al estallido de la llamada Revolución Francesa: el uso del castigo físico podía ser signo de barbarie más de que de racionalidad de quien gobierna y de quien está en lugar del Rey, el verdugo. Así, a partir de los debates sobre si era justo aplicar castigo antes de ser procesado, si era justo aplicar castigos cuya razón de ser era dañar el cuerpo y dejar cicatrices, si la sangre que se derramaba por castigo era noble o innoble, o si manchaba a quien era castigado (infamaba, le quitaba su dignidad) o si quien ejecutaba el castigo lo era (como el verdugo), podía manchar a su vez a la fuente límpida del poder, la del Rey, que era Rey por justo empezó a cuajar la idea de que el uso de la fuerza debía tener límites, pues si no, el régimen era tiranía. Este argumento fue usado contra el gobernador de la Capitanía General de Chile Francisco Meneses, único caso de gobernador destituido en el siglo XVII (1664 y 1667) que entre los 242 cargos  que se le imputaron en su juicio de residencia, es decir, la revisión de sus actos que permitió ordenar al Rey destituirlo, se encuentran las siguientes razones de Estado: alteración de la paz, y de la “tierra”[1], no respetar los acuerdos de los parlamentos con los Mapuche (ergo alzamientos),  tráfico ilícito de mercaderías (“piezas” humanas, mujeres y niñas y niños mapuche capturados sin “permiso” y en malocas no autorizadas), faltar el respeto al Rey asistiendo a la Real Audiencia (el oído del Rey para hacer justicia) vestido de “indio”, ofender a los soldados tachándolos de “mestizos” o “mulatos”, ofender a las “señoras” a la salida de la Iglesia con gestos soeces (seguramente alusivos al pene), matar al fiscal auditor de cuentas –y los testigos del crimen señalan que la brutalidad de los golpes a vista de todos agravaba el crimen (existía la inquisición, la tortura y los golpes al cuerpo considerados castigo justo)– pero especialmente porque se trataba de otra autoridad que estaba en lugar del Rey, es decir, atacó al Rey-Padre, en fin…

He dedicado muchos años a pensar en este gobernador y en ese “Chile” y por ello lo he llamado nuestro primer Pinochet. Me he dedicado a investigar cómo se construye el poder desde la violencia, y por eso he planteado en redes sociales que el protocolo que rige nuestro uso de la violencia de Estado es el de la violencia doméstica. Con esto quiero decir que se tipificó tal concepto cuando el Rey-Padre fue denunciado como tirano en su casa, aunque, lo es porque en esos siglos lejanos el Rey-Estado-Padre le entregó algo de su poder, a los llamados “jefes de familia”, un pequeño poder que, en manos autorizadas, ha sido brutal. La lucha por los Derechos Humanos, paralela a la lucha por los derechos ciudadanos, permite no sólo construir un horizonte simbólico diferente que en cierta forma instalase un nuevo mandato al poder, ejercido en forma de monarquía, tiranía o democracia representativa, un mandato ético. Ahora bien, en nuestras sociedades coloniales, dicho mandato ético va de la mano con el sentimiento de culpa, y los delitos siguen siendo para muchos un pecado. Qué pecado, le pegó al padre, parece no sonar igual que, qué pecado, le pegó a la madre, porque el padre está autorizado socialmente a pegarle a la madre y sacarle la madre.

El insulto o la amenaza contenida en la frase “pico en el ojo”, puede ser desmenuzada bajo estos argumentos. Y de ida y vuelta en los códigos de la masculinidad, solo que unos tienen un falo con balas o otros sin balas, pero hieren igual. Pero unos tienen por ley el monopolio del uso de la fuerza y otros no, y a unos, además, se les pide que “restablezcan” el orden público, que es el orden de la casa: castigo a quien no respeta al padre. Espero que el caso del hombre de 69 años tenga justicia, por él y por todos sus compañeros y compañeras del país, pero que su cuerpo represente la brutalidad de la masculinidad entendida como la única forma posible de ejercer el poder.

En esa semanas iniciales de marzo ocurrían otras cosas que debemos conectar con lo ya dicho. La marcha del domingo 8, por el Día Internacional de las Mujeres, ha sido objeto de debate de los llamados hombres públicos por dos asuntos: “el tamaño” de la marcha y dos, la golpiza al padre ya referida al inicio de este texto. En ambas situaciones los códigos de la masculinidad y el poder son obvios. Esa semana se “logró” la paridad de género (4 de marzo de 2020) como fórmula para la Convención Constituyente de cara a un plebiscito que de ganar la opción apruebo nos llevará de forma impensada a cambiar la constitución heredada de la Dictadura cívico-militar de Augusto Pinochet. Será, como hemos dicho muchas, histórico con H mayúscula, mundial, inédito en la historia de esta humanidad de códigos occidentales y coloniales, patriarcales. Es la posibilidad de incidir en la profundidad de la mentalidad el poder que la masculinidad se arrogó de forma absoluta, y la violencia quizás cambie de signo y podamos disminuir la brutalidad del espacio público y las relaciones sociales SEAN HUMANAS. Toda violencia es siempre física, porque se trata de acciones y mandatos que obligan a un cuerpo otro a mantenerse en un lugar, el mandato es fuerza y acá lo profundo, es discutir históricamente y de una vez por todas el origen de dicha fuerza y su ilegitimidad: la ley del padre.

Se agrega a esta reflexión, el reciente incidente entre el Ministro de Salud, Jaime Mañalich, y la Presidenta del Colegio Médico, Izkia Siches, primera mujer en tener el cargo. Una suerte de batalla campal de los símbolos de autoridad. Izkia ha sido considerada heroína y valiente por “enfrentarse” al poder de turno encarnado en un hombre y al día de hoy, sigue recibiendo insultos, ataques a su vida privada y retos a su “fuerza” o capacidad para hacer frente a quienes hoy están tomando las decisiones en la guerra contra el COVID-19. Más aún, entre los ataques, se encuentra el de la irresponsabilidad de la doctora Sichez de asistir a la Marcha del 8M pues allí en realidad habría iniciado el contagio, de paso entonces, la culpa a todas las mujeres que masivamente acudimos a ella. La lógica del castigo social a quien viola la ley del padre se agudiza aquí en su versión religiosa pues la pandemia, es casi, castigo divino.

Cuando inicié el escrito, en mi oficina en el Archivo Central Andrés Bello un 11 de marzo, el ruido del metal arrastrado, el zumbido de las voces “masculinas” adultas y jóvenes, los motores del zorrillo y el guanaco, de las piedras y el “chorro” de agua lanzado me incomodaron, me molestaron más allá y más acá del estallido, profundamente. Volver a la llamada “paz” a las que nos convocan luego de ganar las guerras, será volver al rito de la masculinidad encarnada por hombres y por mujeres. El chorro del guanaco, lanzado por un hombre con casco, con protección de su pene, con protección de su cuerpo y con arma de fuego, es emulado por un hombre de uniforme estudiantil que saca la manguera de su liceo para rociar la calle. Se levanta el polvo químico. Esperan que volvamos a nuestras casas, los que tenemos, y que hoy muchos estén en hogares en los cuales nuevos chorros serán lanzados con otros falos, los que darán en quienes socialmente se permanezcamos en “su lugar” en el orden doméstico, donde al parecer, todos están de acuerdo inicia y todo comienza, cada mañana.

[1] Así se denomina en la documentación al territorio mapuche fuera de dominio español o a aquel en zona de treguas o “pacificación”.

 

La autora es directora del Archivo Central Andrés Bello.