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Año XIV, 16 de agosto de 2022

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Oportunidades de una crisis para construir un mundo común… hacia una pedagogía del bienestar

Columna de opinión por Patricia Hermosilla
Sábado 18 de abril 2020 16:38 hrs.


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Hablar de la educación como un acto de amor podría ser sinónimo de un romanticismo descontextualizado en nuestro presente marcado por la enfermedad y la evidencia de la incertidumbre y fragilidad de nuestra vida como seres humanos.  Sin embargo, quiere ser un gesto que aporte desde la crítica empeñada en pensar y vivir un mundo común en donde todos y todas tengamos un espacio propio, una voz propia, una lengua propia, conscientes de que nuestras vidas son complejas, están en curso y por ello son incompletas.

Me apoyo una vez más en la pensadora alemana Hannah Arendt (2004) que en la década del 50 del siglo XX sostenía que “la educación es el punto en el que decidimos si amamos el mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina que, de no ser por la renovación, de no ser por la llegada de los nuevos y los jóvenes, sería inevitable.”  Perspectiva que a mi juicio es radical para quienes nos dedicamos a educar porque por un lado, habla del compromiso –el nuestro- con los recién llegados, y por otro lado, la convicción de que son ellos y ellas quienes transformaran el mundo desde sus valores y singularidad, de allí la importancia de la influencia que Van Manen (1994) identifica como  “la cualidad de despertar las posibilidades de ser o llegar a ser”.

En nuestro presente, me parece significativo volver a pensar el sentido de nuestra práctica educativa desde la propuesta de la filósofa y preguntarnos ¿qué oportunidades tenemos hoy gracias a la pandemia del coronavirus? de manera de vivir este tránsito transformando la presión de los resultados, de la producción de algo, que ni siquiera se sabe con precisión de qué se trata y al mismo tiempo, que marca y delimita los procesos educativos diariamente.

Hoy la condición para educar –desde la escuela- depende de lo que se pueda poner en marcha en un espacio virtual, experiencia que hasta ahora hemos vivido fundamentalmente de manera presencial y en la cual es la lógica del control lo que predomina por sobre la vivencia de cada uno en la sala clases, y parafraseando a Merieu la fantasía de que podemos “hacer al otro” – hacer a la otra- de que la educación en definitiva es un acto de fabricación.

En este contexto vale la pena explorar la posibilidad de recrear el tiempo y el espacio de la experiencia educativa, se trata de una ocasión sin duda de transitar desde la intimidad al espacio público de una manera diferente a la que estamos acostumbrados, sin limitarnos a lo que ya conocemos por los tiempos institucionales de la escuela, la virtualidad lo permite, podemos conectarnos y seguir asumiendo el compromiso de enseñar y aprender juntos. La pregunta que aparece una vez más para los educadores y educadoras es ¿qué enseñar? para mediar y potenciar ¿qué aprendizajes?.   Al parecer estamos constreñidos a recrear el valor del conocimiento e ir más allá de una idea simplona de que sabemos algo si hemos apilado de manera fragmentada un par de cosas, o si leemos de manera lineal la propuesta del currículo nacional sin saber de nuestros estudiantes: quiénes son, cuáles son sus intereses, preocupaciones y necesidades, etc.  Saber es útil para vivir y a mi juicio, liberar el deseo de saber es parte importante del desafío de quienes educan, que supone movilizar la energía de los estudiantes para que se aventuren con retos que le permitan apropiarse, reutilizar y crear conocimiento.

En este mismo hilo de sentido, es Arendt quien continua diciendo: “también mediante la educación decidimos si amamos a nuestros hijos lo bastante como para no arrojarlos de nuestro mundo y liberarlos a sus propios recursos, ni quitarles la oportunidad de emprender algo nuevo, algo que nosotros no imaginamos, lo bastante como para prepararlos con tiempo para la tarea de renovar un mundo común.”  Las madres y los padres somos responsables de la educación de nuestros hijos, nunca, aunque a veces lo parezca, delegamos esta tarea y hoy, tenemos una oportunidad inédita de acompañar los días completos de nuestros hijos, ¿cómo hacerlo sin agotar todas las energías? ¿cómo hacerlo sin repetir los esquemas conocidos por la exigencia del rendimiento?.  La respuesta no es fácil y requiere al igual que para los educadores, preguntarnos ¿qué queremos dar, regalar a nuestros hijos?.

Es una respuesta personal y al mismo tiempo está en  juego este mundo en común del que nos habla Arendt y pensando en ello, la invitación es a darnos tiempo real para la relación, para encontrarnos, para compartir el espacio y el ritmo que nos permita hablar, escuchar-los y escuchar-nos en nuestras preocupaciones, temores, nuestros intereses, necesidades e ilusiones.  Aprovechemos de enseñarles a cuidar del cuerpo, a disfrutar del descanso y la alimentación; quizás cocinar juntos, incluso plantar un huerto. Escuchemos sus historias y contemos las nuestras, sin buscar un activismo ilimitado, disfrutemos de cosas simples, dando tiempo al juego, la risa y la creatividad.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.