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Irrumpir en el canon para cambiarlo: las mujeres que marcaron la literatura chilena

Durante los últimos años, académicos e investigadores han explorado el canon literario para desentrañar las obras de escritoras que han modificado las letras nacionales. En ese camino se han encontrado con figuras como María Luisa Bombal, Marta Brunet, Gabriela Mistral y Violeta Parra, entre otras. Sin embargo, esa tarea apenas comienza.

Abril Becerra

  Miércoles 22 de abril 2020 19:43 hrs. 
AUTORAS





A fines del siglo XIX, la oficina registral de la Biblioteca Nacional, creada al calor de la publicación de la “Ley sobre propiedad literaria y artística” de 1834, comenzó a experimentar un cambio respecto de la inscripción de obras. 

Desde su origen, el organismo había trabajado de la mano de los pensadores más destacados de la época, sin embargo, paulatinamente, las mujeres se habían acercado a la institución para consignar sus escritos, alcanzando un 4,3 por ciento del total del padrón entre 1886 y 1925.  

Entre estas pioneras figuraban personalidades como la escritora y dramaturga feminista Delia Rojas (1883-1959), la poeta Luisa Sepúlveda (1892-1958), la educadora Brígida Walker Guerra (1863-1942) y Gabriela Mistral (1889-1957), quien en 1945 se transformaría en la primera mujer iberoamericana en recibir el Premio Nobel de Literatura.

Entonces, pocos imaginaban que esa genuina lista de precursoras se multiplicaría, viajando por diversos temas y estéticas hasta crear un árbol genealógico que, lamentablemente, apenas comenzamos a conocer producto de la lectura masculina, blanca y elitista que, con los años, cayó sobre ella. Aun así, en ese entramado destacan nombres como los de Teresa Wilms Montt (1893-1921), Amanda Labarca (1886-1975), Marta Brunet (1897-1967), María Luisa Bombal (1910-1980), María Carolina Geel (1913-1996), Violeta Parra (1917-1967), Mercedes Valdivieso (1924-1993) y Diamela Eltit (1947), entre muchas otras. La lista es extensa. 

Registro de la obra "Inquietudes Sentimentales"(1917) de Teresa Wilms Montt. Fuente: Propiedad Intelectual.

Registro de la obra Inquietudes Sentimentales(1917) de Teresa Wilms Montt. Fuente: Propiedad Intelectual.

Registro de Propiedad Intelectual de la obra "Desolación" (1922) de Gabriela Mistral. Fuente: Propiedad Intelectual.

Registro de Propiedad Intelectual de la obra Desolación (1922) de Gabriela Mistral. Fuente: Propiedad Intelectual.

“Hay que aclarar que el lugar de las mujeres en el canon de la literatura chilena es de aparición reciente. Con la excepción de Mistral y no del todo. El reconocimiento del talento literario de las mujeres chilenas es tardío. En la Colonia ellas no existían y en el siglo XIX, sólo muy de paso”, comenta el académico de la Universidad de Chile, Grínor Rojo.  

“Habría que pensar que a Mistral le dieron el Premio Nacional de Literatura después del Nobel y que a Bombal no se lo dieron nunca. Tampoco a Violeta Para le hicieron mucho caso mientras estaba viva”, añade el investigador.   

Pioneras

Durante buena parte del siglo XIX, la literatura había sido considerada como un lugar exclusivamente masculino, ya que, desde ahí, podían plantearse discursos relacionados con el ámbito público y los procesos de modernización. 

Pese a ello, lentamente, las mujeres, que habían sido recluidas al quehacer doméstico, fueron posicionándose en este sitio, apelando a estrategias como el uso de seudónimos y apostando por relatos plagados de silencios. 

“Las escritoras chilenas, pero también a nivel general, entienden tempranamente que las estrategias de inserción en los campos culturales no pueden ser las mismas que usan los varones. Entonces, lo que utilizan son estrategias de alianzas con varones de cierto prestigio. Por ejemplo, cuando Brunet quiere dar a conocer su grupo literario y su primera novela, contacta al crítico Alone, a quien le envía su obra a Santiago”, comenta Natalia Cisterna, coordinadora del Doctorado en Literatura de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad de Chile.

“Las mujeres establecen, generalmente, relaciones menos rupturistas con el campo cultural masculino, porque necesitan precisamente de ese padrinazgo para ser reconocidas en ese espacio literario. Entrar polemizando era muy complicado. La única que lo hizo un poco fue Mistral”, agrega la investigadora.

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Actualmente, los registros más relevantes de Mistral se encuentran custodiados por la Biblioteca Nacional, sin embargo, el Archivo Central Andrés Bello de la Universidad de Chile también cuenta con documentos inéditos de la autora.

El impulso lo dio el gran salón con sus tertulias así como las revistas literarias y la prensa nacional. Por ello, no fue extraño que las primeras escritoras estuvieran ligadas a familias acaudaladas en donde la educación era prioridad y en donde los viajes a Europa eran regulares. 

De ese ambiente florecieron nombres como los de Teresa Wilms Montt, Marta Brunet y María Luisa Bombal, autoras que, lamentablemente, serían recordadas más por su vida que por el impacto de su obra. No hay que olvidar las palabras de García Márquez, quien ante el escritor Verdugo Fuentes declararía que Bombal había sido una adelantada respecto del “realismo mágico”. 

“Brunet es una primera narradora chilena. De algún modo, construye un tipo de escritura que va a superar los límites que imponía el estilo hegemónico de aquellos años. Durante mucho tiempo, su literatura va a ser calificada como criollista, pero lo que hizo fue romper con las fronteras estéticas. Es una narradora de gran nivel al igual que Bombal”, dice Cisterna. 

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En la imagen, Marta Brunet presenta su libro Cuentos para Marisol (1938). Fuente: Memoria Chilena.

Por su parte, Rubí Carreño Bolívar, académica e investigadora de la Universidad Católica, sostiene que las autoras que se embarcaron en la escritura enfrentaron los estereotipos de su tiempo, influyendo fuertemente en la historia literaria. 

“El hecho de querer escribir, ser una mujer pública, salir a escena y ser muy buena literariamente hablando, fue una situación revolucionaria en sí misma. Sobre todo pensando en el caso de Marta Brunet y María Luisa Bombal”, reflexiona la investigadora. 

“Las dos van a criticar y hacer una relación entre violencia doméstica en distintas clases sociales. Van a contar qué significa realmente estar encerrada en una casa, cuál es el trasfondo del encierro,  aunque en el caso de María Luisa Bombal sea en un fundo”, explica. 

Un salto en la historia

La historia de la literatura de las autoras nacionales es un proceso que apenas comienza a descubrirse. En ese camino hay vacíos y muchas preguntas. Sin embargo, para editoras como Marisol Vera es importante destacar las dinámicas nacidas durante los años de dictadura. 

Desde Cuarto Propio, casa editorial fundada en 1984, la gestora ha sido testigo privilegiado de cómo las escritoras enfrentaron los censores del régimen para plantear críticas y nuevas estéticas. De ese movimiento, Vera destaca nombres como los de Carmen Berenguer (1946), Diamela Eltit (1947) y Elvira Hernández (1951). 

“Como Cuarto Propio partimos en función de esas voces. La perspectiva feminista que portaron en dictadura fue el eje que ha posibilitado ampliar el horizonte para incluir a las diferencias. Fueron fundamentales desde el trabajo visual, el trabajo crítico y reflexivo. Fueron visionarias e instalaron la única cuña posible”, sostiene.  

“Para nosotros el camino fue difícil desde el punto de vista de lo que significa abrir caminos. El proceso ha estado plagado de incomprensión, descalificaciones y dificultades económicas. No ha sido fácil”, explica. 

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En 1983, Carmen Berenguer presenta Bobby Sands desfallece en el muro. Publicado de manera artesanal, el texto fue un homenaje al poeta y revolucionario irlandés Bobby Sands, que falleció luego de una huelga de hambre. Ese mismo año Diamela Eltit emergería con Lumpérica.

Para Claudia Apablaza, autora y editora de los Libros de la Mujer Rota, es relevante, frente al paso del tiempo, situar cómo hoy el panorama narrativo se ha diversificado, posibilitando el descubrimiento de nuevas plumas femeninas. 

“En este momento, hay una gran cantidad de autoras. Uno piensa en la generación que nació a partir de los 80 y que publica sus primeros libros desde el 2000. Pienso en Arelis Uribe, Paulina Flores, Romina Reyes, María José Rodríguez, Natalia Berbelagua”, dice. 

“Ellas muestran una diversidad en los temas. Algunas son mucho más políticas, más autobiográficos, trabajan más con la memoria, le dan una vuelta a la dictadura. Algunas trabajan con distopía, con la ciencia ficción, con las novelas policiales. Hay autoras que van más por lo erótico. También el feminismo es tema y forma. El panorama es súper amplio, sobre todo pensando en que el mundo editorial ha crecido”, comenta. 

Para la escritora, sin embargo, este entramado responde, en buena medida, a la influencia que ejercieron las pioneras dentro del panorama cultural contemporáneo. Sin ir más lejos, ella misma se reconoce heredera de Bombal y Eltit. A fin de cuentas, según sostiene, se trata de un tejido lleno de referencias mutuas y que continúa expandiéndose.

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Según Apablaza, hoy existen cerca de 100 editoriales independientes que posibilitan la promoción de las nuevas generaciones de autoras.

Actualmente, la literatura escrita por mujeres representa todo un desafío para investigadores y académicos. Los esfuerzos apuntan a desentrañar el canon literario para continuar conociendo nuevas propuestas. La tarea no es fácil si se piensa que los documentos son escasos y que las autoras mantuvieron, mayoritariamente, relaciones esporádicas con los medios de prensa. No obstante, el reto está sobre la mesa y ya no hay vuelta atrás.