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COVID 19: La caja de pandora de la erosionada globalización

En este cuadro es claro que no hay evidencia contundente para respaldar la teoría conspiracionista que apunta a China como autor de la fabricación de un patógeno con propósitos de supremacía global. Sin embargo, no hay duda que Beijing podría llegar a ser un ganador en el pulso que mantiene con un Estados Unidos fuertemente golpeado por la pandemia.

Gilberto Aranda

  Miércoles 6 de mayo 2020 8:50 hrs. 
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Durante décadas historiadores se preguntaron como una centena de europeos del siglo XVI pudo vencer y prevalecer sobre frondosas sociedades mesoamericanas y centro andinas. Y aunque aztecas e incas cayeron ante la ventaja desproporcionada de la sorpresa –junto con caballos, perros de combate, dardos envenados- fueron otros elementos los que explican la brusca caída demográfica estimada entre el 30 al 90% del total poblacional de dichas culturas. Desde el desarraigo cultural provocado por la imposición de condiciones brutales de existencia hasta las epidemias, estas últimas consideradas el principal factor cuantitativo responsable del acusado descenso de la población americana a partir de la llegada de los intrusos. En síntesis, más que la superioridad tecnológica de los conquistadores en la guerra, fueron los gérmenes invisibles transportados con ellos -como griegos en un caballo de Troya- lo que explican el triunfo imperial del Viejo sobe el Nuevo Mundo. 

El historiador Alfred Crosby, autor del “Imperialismo ecológico: la expansión ecológica de Europa: 900 al 1900” (1986), y el bio-geógrafo evolucionista, ganador del Pulitzer por “Armas, gérmenes y acero” (1997), Jared Diamond, reflexionaron acerca del papel que jugaron la viruela, el sarampión, la gripe, el tifus, la peste bubónica y otras enfermedades infecciosas endémicas de Europa en su expansión y dominio del globo. Hoy apareció otro “cisne negro”, como algunos han querido describir a las consecuencias mundiales del coronavirus, desplegando sus alas en la propagación multidimensional del impacto de lo altamente improbable. Así se ha concretizado globalmente el tipo de entorno que el ejército norteamericano resumió en el acrónimo VUCA (volátil, incierto, complejo y ambiguo, en inglés).   

En este cuadro es claro que no hay evidencia contundente para respaldar la teoría conspiracionista que apunta a China como autor de la fabricación de un patógeno con propósitos de supremacía global.  Sin embargo, no hay duda que Beijing podría llegar a ser un ganador en el pulso que mantiene con un Estados Unidos fuertemente golpeado por la pandemia. Por ejemplo, recientemente el estado asiático anunció que comenzaría ensayos, en ciertas ciudades chinas, para implementar una nueva moneda digital, la e-RMB, para ciertas transacciones. Se trata de un nuevo capítulo en la competencia geo-económica de tipo bipolar entre China y Estados Unidos, atizada por las acusaciones y amenazas mutuas por el virus, destinado a fortalecer la autonomía del banco central chino en la arena internacional.    

Al mismo tiempo existe una carrera para llegar primero a una vacuna o antídoto contra el Covid-19 (al que se agrega la Unión Europea como bloque). El primero que lo haga se cubrirá de prestigio, incrementando su influencia en el mundo. Lo mismo puede decirse del interés chino por compartir con otras sociedades su experiencia de “martillazo” sobre la curva de contagios y el envío de equipos médicos y asistencia humanitaria, una estrategia que combina poder blando directo e indirecto.

En Estados Unidos, en cambio, desde principios de milenio que se previeron los riesgos de una pandemia causada por una nueva cepa viral que pudiera transmitirse de persona a persona, ante la cual no hubiera poca o ninguna inmunidad natural. George W Bush, mismo que puso en jaque por primera vez al sistema multilateral de la Posguerra Fría –con la invasión a Irak en clara oposición en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas- alertaba en 2005 sobre la relevancia de la detección precoz de brotes de enfermedades contagiosas en cualquier parte del mundo, demandando la optimización de las capacidades norteamericanas para producir aceleradamente vacunas contra el germen, y una preparación anticipada para la respuesta coordinada de los niveles federales, estaduales y locales de su país. Su sucesor, el Presidente Obama, estableció una infraestructura para evitar la propagación pandémica del ébola y zika. El actual mandatario norteamericano, ansioso de recuperar los complejos industriales pretéritos y construir un muro, descuidó dicho flanco. Por cierto, en su discurso toda responsabilidad es descargada en China o sus adversarios demócratas, aunque es el multilateralismo el más erosionado por las decisiones ejecutivas unilaterales de Washington. Bien lo sabe la OMS que sufrió la suspensión de la contribución norteamericana sobre un presupuesto al límite por la pandemia.

Después de la Guerra de Irak de 2003, y la crisis financiera subprime de 2008, el multilateralismo ya había lidiado con el dilema del aislamiento nacionalista o la cooperación internacional. En la actual tesitura internacional, bajo un acentuado impulso populista – jugando a favor de la prioridad nacional-, adicionó la opción del re-perfilamiento de los gobiernos locales y regionales. Dichos enfoques de falsas dicotomías (o trilemas) ignoran que una crisis de tal profundidad sólo puede encararse en estrecha colaboración de cada uno de estos niveles y en alianzas público-privadas.

En cualquier caso, la globalización no va a ser la misma durante un período: las cadenas de suministro de la economía mundial han exhibido su fragilidad y un discurso de mayor autosuficiencia reclama protagonismo. Adicionalmente en un contexto de polarización, alimentado por ciertas redes sociales que no discriminan falsas noticias ni desinformación, la valoración social del pluralismo político está seriamente minada. De tal manera que la articulación de Mac Pherson (1977) de democracia y liberalismo, seguirá cediendo ante el debilitamiento de la segunda corriente, lo que será una oportunidad para otro tipos de democracias: mayoritarias,  delegativas, sino francamente iliberales. Despunta con fuerza el clivaje entre cosmopolitas / globalizadores versus los nacionalistas (nativistas / soberanistas). Derechas e izquierdas se ubican a uno y otro lado: Los foros de Davos y Porto Alegre  en el primer grupo, mientras Londres y Caracas están en el segundo (Sanahuja, 2019). La situación se revela como propicia para el discurso salvífico de héroes populistas que cuestionan la profundidad de las relaciones internacionales. Viktor Orban en Hungría ha sacado provecho del miedo situacional para acercarse al autoritarismo competitivo. Lo mismo Bukele en  Centroamérica o Maduro en Venezuela. Trump y Bolsonaro en cambio, han debido admitir que sus promesas de reactivación económica y renacimiento nacional son inviables ante un virus que obliga al confinamiento. Y aunque la pandemia puede horadar el respaldo social de líderes sin destrezas en la gestión de crisis de este calado, también puede desestabilizar a sistemas políticos que logren sortear la amenaza viral y no se muevan oportunamente al imperativo de generar empleos y fortalecer alicaídas economías.

Finalmente, los urgentes estados de excepción y catástrofes declarados pueden abrir espacios a una mayor presencia militar en la vida nacional de diversos países. Lo anterior puede ser positivo si el concurso castrense acompaña el manejo civil de desastres naturales y otras amenazas transnacionales –por medio de hospitales de campaña,  logística para transporte de enfermos o fabricación de insumos de salud por citar algunos-. Sin embargo, el riesgo es que en determinados contextos de crisis generalizada los militares puedan llegar a dirigir la toma de decisiones públicas –como en el Brasil de Bolsonaro- abriendo el expediente de la militarización de la política, como ya insinuó la respuesta gubernamental a ciertos estallidos sociales de 2019.

En este cuadro de giros sólo el capitalismo, y su capacidad de 500 años para remontar crisis, parece algo más seguro, con ciertos cambios de marea que favorecerían un nuevo tipo de liderazgo global.

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