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Patricio López

El rol del Estado contra el racismo en nuestra comunidad

Patricio López | Lunes 28 de diciembre 2020 8:37 hrs.


El racismo no se va de nuestra comunidad. Se agazapa y se camufla, pero está alerta a cualquier oportunidad para volver al ataque. El último capítulo parece nimio en la superficie, pero nos da la ocasión para volver a hablar de esta dañina forma de ignorancia: durante el fin de semana, las redes sociales mostraron profusamente fotos de la calle Meiggs, atribuyendo a los haitianos la basura acumulada después de Navidad. No faltó incluso quien hizo el contraste con los alemanes que se habían instalado tan ordenadamente en el sur de nuestro país.

Los argumentos son risibles y fácilmente desmontables, más preocupa el trasfondo y su persistencia. Es obvio que Meiggs no quedaba más limpio cuando había casi solo chilenos, tal como también lo es que quienes limpian nuestras calles son mayoritariamente personas nacidas en otros lugares. A esas personas de las comunidades migrantes que han sacado la basura de nuestras calles y casas durante este año de pandemia, les debemos en realidad nuestra gratitud. Tampoco es posible generalizar sobre los alemanes, respecto a ningún grupo humano en realidad, puesto que así como hemos tenido muchas personas de ese país que han hecho extraordinarias contribuciones a nuestra comunidad, también hay un grupito que se instaló en Parral y se convirtió en una de las sectas más siniestras que ha tenido la historia nacional.

Sabido es que la erradicación del racismo es una tarea que no acaba nunca, pero que por lo mismo se debe acometer persistentemente. En ello la educación. las políticas públicas que contribuyan a una mirada dialogante e inclusiva y la sanción de las prácticas racistas son fundamentales, pero en nuestro país aquello no ha prevalecido. Respecto a la presencia de la comunidad haitiana en nuestro país, diversos artículos y estudios dan cuenta de expresiones nada sutiles de discriminación, situándolos en la sociedad en los mismos lugares donde antes lo hacía la esclavitud, es decir, en las tareas de mayor esfuerzo físico y peor paga.

En los últimos días, varios expertos han coincidido en que la Ley de Migraciones no contribuye, sino que perpetúa a los migrantes como sujetos dignos de desconfianza e indignos de derechos. Los discursos usados por la autoridad sectorial menos aún han ayudado, pues ha hecho uso de la elocuencia para denostar a quienes se encuentran en situación irregular en Chile, culpándolos de infringir la institucionalidad y la Ley, al revés de la mirada que desde los organismos internacionales y la academia explican la llamada migración irregular como un fenómeno indeseable para quienes se encuentran en esa situación, propiciado por lo general por situaciones dramáticas en sus lugares de origen. 

Tenemos entonces, como decía el integrante de la Cátedra de Racismos y Migraciones de la Universidad de Chile, Eduardo Thayer, tres formas a través de las cuales el propio Estado está siendo parte del problema: primero, con políticas que favorecen la irregularidad; segundo, con una Ley que ve a la migración como un problema; y, tercero, con discursos que favorecen la estigmatización y la discriminación. 

Al estar en días de tránsito entre un año y otro, nos parece fundamental subrayar esta situación y apelar a miradas más inclusivas por parte de la autoridad. La posición de rechazo a cualquier tipo de racismo debe ser inequívoca, tal como nos enseñó Mandela cuando dijo que “nadie nace odiando a otra persona por el color de su piel. La gente aprende a odiar. También se le puede enseñar a amar”.   

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