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Mañana del 30 de enero, entre humo, pandemia y lluvia: 350 paciente evacuados, la fortaleza del personal del San Borja-Arriarán

Columna de opinión por Jessica García
Viernes 5 de febrero 2021 11:11 hrs.


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El sábado 30 de enero desde muy temprano conocí la noticia del incendio en el Hospital San Borja Arriarán. Con este centro asistencial me une un cariño especial, ya que fui funcionaria y me desempeñé como enfermera clínica por varios años, durante ese tiempo formé lazos y amistades que aún perduran.

Las primeras imágenes del incendio que se compartieron a través de redes sociales y en los noticiarios eran aterradoras, mi cabeza no dejaba de pensar en mis colegas enfermero/as, en los médico/as, TENS, auxiliares, guardias y todo el equipo clínico que a diario trabaja para ofrecer la mejor atención con escasos recursos; pero mi pensamiento también se centró en las personas que se encontraban hospitalizadas en ese momento: niños, adultos mayores, personas con dificultades de movilidad, pacientes críticos, pensé en cómo se evacuaría el hospital completo, entendiendo el complejo escenario sanitario que vivimos actualmente. Me parecía imposible y solo visualizaba que esto sería una tragedia de gran magnitud, en ese minuto me quebré… Rápidamente y casi sin dudarlo me vestí con mi uniforme de enfermera, credencial en mano, lápices y libreta, me dirigí hacia el San Borja. No podía ser espectadora de una tragedia que afectaba a la gente que fue mi familia hospitalaria por más de 7 años.

No fue fácil llegar al lugar debido a la gigantesca magnitud del incendio, la gran cantidad de carros de bomberos y ambulancias que se encontraban en el perímetro. Llegué directamente hacia el estacionamiento y pude apreciar que los funcionarios que se encontraban en turno se habían organizado de manera rápida, ubicando a cada paciente en un determinado espacio de éste, según el servicio desde donde provenía. De lejos distinguí a una colega conocida y me puse a disposición para lo que necesitaran, en ese minuto toda ayuda era necesaria. Con mis propios ojos pude apreciar cómo los funcionarios de salud que estaban ahí constituían un eslabón importante de la cadena de resistencia al siniestro; identificaban, arropaban, controlaban y contenían a cada paciente que había sido evacuado. Mientras se organizaba la atención clínica necesaria para sobrellevar la emergencia con los escasos insumos que cada funcionario pudo rescatar.

Según el relato de mis colegas, paramédicos y pacientes, la evacuación del edifico se llevo a cabo en orden y calma, bajo instrucciones de los equipos de salud y los equipos de emergencia. Dentro de los funcionarios destacaba un colega enfermero y bombero (Diego) que se encontraba en turno en el 6° piso, él lideró el proceso de evacuación en su totalidad, supo determinar el momento exacto en el cual debían salir y cómo hacerlo, considero la variabilidad de condiciones y complejidades clínicas de ese servicio (adultos mayores dependiente, con dificultades de movilidad, personas inmunosuprimidas, conectados a sueros, equipos, etc.). La realidad de este piso no era tan diversa a las de los pisos superiores en donde existía también personas con diferentes grados de dependencia de todas las edades, con dificultad o restricción de la movilidad (niños, embarazadas, puérperas y personas recién sometidas a una cirugía); aun así cada una de ellas pudo evacuar el edificio por sus propios medios o con ayuda, pero siempre acompañadas por los funcionarios de turno y en algunos casos bajo una cadena humana que lograba movilizar a los pacientes de piso en piso hasta la zona segura.

Horas más tarde me enteré que la evacuación más compleja fue la que se llevó a cabo en los pisos inferiores al incendio (3° piso) debido a la cercanía con el foco principal, en este piso se encuentran ubicadas las unidades de paciente crítico adulto, pediátrico y coronaria. Gracias al trabajo en coordinación de SAMU y funcionarios de estos servicios, todos los pacientes más complejos del hospital se evacuaron y sin incidentes bajo un despliegue humano y de móviles SAMU nunca visto en nuestro país.

Cada espacio externo al edificio siniestrado se habilitó para recibir a los pacientes. El jardín infantil hospitalario recibió a los de pediatría, el club escolar a los bebes de neonatología y las sedes gremiales a los pacientes con complejidades medianas que requerían continuar con cuidados y atención, de esta manera rápidamente se gestionaron los traslados a diferentes centros asistenciales. Minuto a minuto se sumaban más funcionarios a prestar apoyo, los que llegaban desde sus casas, se encontraban en sus días libres, feriados legales e, incluso, con licencias médicas. A esa altura de la mañana (9.30 horas) el hospital se encontraba evacuado completamente (350 pacientes) y sin desgracias que lamentar.

El lugar y el clima de ese día no permitían mantener la atención clínica por mucho tiempo para los pacientes que se encontraba en el exterior, se improvisaron carpas de campaña para proteger a las personas del cambiante clima de ese día y se comenzó a gestionar altas y traslados de los pacientes que se encontraban en ese lugar. Es aquí donde también me impresionó la rapidez y eficiencia de los equipos y de la comunidad. Había equipos que se dedicaban solo a dar altas y entregar instrucciones precisas de qué hacer y dónde consultar en caso de urgencia o complicación. En cambio, otros equipos se preocuparon de gestionar traslados a diferentes centros asistenciales de la red, concentrando la información de cada persona y el lugar de destino, por último, estaban los que tomaban esta información y la entregaban a los familiares que se encontraban aglomerados en los diferentes accesos esperando información. La disposición de móviles de ambulancias era numerosa lo que permitió que la mayoría de los pacientes que necesitaban permanecer hospitalizados se movieran a un centro asistencial para continuar con su tratamiento. Pude apreciar que otras comunidades hospitalarias públicas y privadas ponían a disposición sus móviles para agilizar los traslados en una infinita cadena de solidaridad de toda la red.

Cada uno tenía una claridad en sus tareas y se coordinaba de manera eficiente con el resto de los equipos para tomar decisiones y agilizar procesos, cual engranaje de un reloj. Me sobrecogió mucho ver cómo los vecinos se organizaron y entregaron comida, té y agua caliente para los pacientes y funcionarios, se pusieron a disposición de los equipos de acuerdo con la necesidad.

El trabajo de todas y todos los funcionarios permitió que cerca de las 15:00 hrs. el hospital finalizara con el proceso de traslado de los últimos pacientes que requerían mantenerse hospitalizados. Precisamente antes de que las lluvias torrenciales de ese amargo 30 de enero arreciaran nuestra capital. El trabajo no terminaba ahí, aún quedaba por mover equipos, insumos y mobiliario que se había dejado a la intemperie para cumplir con las atenciones de los pacientes. Los funcionarios exponiéndose a las inclemencias del clima lograron proteger cada uno de los equipos y mobiliario que se habían rescatado del incendio y que la lluvia amenazaba con dañar, cada uno consciente del valor de cada equipo tiene para la atención de los pacientes.

A varios días del suceso aún me conmueve y emociona lo que experimenté ese día, el compromiso, vocación y entrega de todos y cada uno de los funcionarios del hospital San Borja, el exitoso resultado de la evacuación fue gracias a ello/as (médicos, enfermeras, técnicos paramédicos, personal de alimentación, farmacia, ropería, auxiliares, administrativos etc.), que, a pesar del cansancio, los casi 11 meses de pandemia, el miedo y la incertidumbre supieron tomar las mejores decisiones para salvaguardar a las personas.

Queda un camino largo de reconstrucción material y de pensar cómo pararse y continuar, pero tengo la certeza que cada uno de ustedes, mis queridos funcionarios del Hospital San Borja serán capaces de levantar el hospital con el mismo compromiso y valentía que mostraron ese día, solo falta que nuestras autoridades entiendan la real necesidad de inversión en salud pública, la cual no solo puede mantenerse a punta de vocación de servicio.

 

*La autora es académica del Departamento de Enfermería, Facultad de Medicina, Universidad de Chile.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.