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Federico Galende: “Imagino la Plaza de la Dignidad como un precioso palimpsesto donde los cuerpos se escriben y reescriben la historia de Chile”

El filósofo y académico de la Universidad de Chile analizó el debate sobre el retiro de la estatua del General Baquedano del sector de Plaza Italia. Al respecto, sostuvo que la discusión es interesante, ya que demuestra la incomodidad del poder respecto del movimiento social.

Abril Becerra

  Jueves 18 de marzo 2021 19:40 hrs. 
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Para el escritor Federico Galende ha sido inevitable observar las transformaciones del sector de Plaza Italia durante los últimos meses a raíz de la revuelta social. Desde su departamento en el sector de avenida Salvador, ha sido testigo de las convocatorias multitudinarias y de las intervenciones en la ciudad. También ha visto con preocupación la violencia ejercida por las fuerzas policiales.   

“Tiraron lacrimógenas en mi casa. Por culpa de la policía me costó respirar en mi propio hogar. Después me daría cuenta de que la policía quería que estuviésemos encerrados y a la vez asfixiándonos. Eso está muy cerca de lo que se utilizó en otras épocas”, cuenta el Doctor en Filosofía y profesor de la Universidad de Chile.

Del mismo modo, el teórico ha sido espectador del debate en torno al retiro temporal de la escultura dedicada al General Baquedano. Según dice, la discusión es interesante, ya que devela la incomodidad del poder frente a la movilización. 

Durante los últimos meses, hablar del sector de Plaza Italia ha implicado referirse a distintas capas, entre ellas, la manifestación popular, las violaciones a los derechos humanos, el homenaje al General Baquedano. ¿Cómo lee lo que ha pasado en este espacio? 

Me parece muy interesante lo que ha pasado ahí. Hay una especie de traducción interesante entre la quietud total, la impunidad total de una estatua y la actividad colectiva que se genera alrededor de eso. Esta traducción debe ser más o menos incomprensible para el poder y para el Gobierno. De ahí el asombro y la serie de accidentes que protagonizó para resolver el asunto, por ejemplo, montar al cuerpo de Carabineros, que reprimen en las movilizaciones, para proteger a los mismos represores que honran esta estatua. Es paradójico. 

¿Cómo explica esta incomprensión de parte del poder? 

Es interesante que el lugar del poder sea también el lugar del asombro. El poder está asombrado, extraviado, perdido, no sabe mucho qué hacer y eso es interesante porque el poder se vuelve un lugar incómodo en el cual existir. No sé si es realmente una resignificación en el sentido de que una estatua no es nunca una estatua. Una estatua es un palimpsesto. Imagino la Plaza de la Dignidad como un precioso palimpsesto donde los cuerpos se escriben y reescriben lo que va a hacer después la historia de Chile, pero toda historia tiene esta condición de palimpsesto, de escritura sobre escritura.

Uno podría decir que cada viernes la plaza adopta un significado particular…

Eso es cierto, pero también hay un dato curioso: la estatua no puede ser destruida. Averigüe de dónde salió el bronce que sostiene ese cuerpo y resultó ser un bronce fabricado por la compañía Keller, que realmente cumplió bien con su tarea, porque hizo una estatua que tiene algo de indestructible, pero a la vez es curioso que esta indestructibilidad se transforme en la razón transformadora de un pueblo. Ahí hay una paradoja interesantísima que muestra que el arte, el mundo de lo sensible, la estética, las humanidades, no pueden estar ausentes de la vida en común, porque son lo que está detrás de todo proceso social. 

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¿Cómo ve esta decisión de reforzar el contingente policial en el sector? 

Los patrimonios no pertenecen a un país por el solo hecho de ser patrimonio, pertenecen a un país como un espacio permanente de resignificación. Entonces, la posición de la policía es la posición que ha tenido siempre la policía: es un modo de lo sensible que custodia que las cosas no se muevan nunca de donde están. Uno podría entender por policía un dispositivo destinado a proteger las cosas de la posibilidad de que experimenten un movimiento. A la vez, la política tiene que ver con todo lo contrario: tiene que ver con tratar de mover las cosas del lugar donde se encuentran y eso es parte también del patrimonio común de un país. La policía está haciendo lo que hace la policía, cuidar que las cosas no se muevan, no se desplacen y eso la policía lo está haciendo no solo con la estatua sino que manipulando a las poblaciones a su gusto e imagen. Por ejemplo, si nos portamos mal, todas y todos podemos estar encerrados y si nos portamos bien, podemos salir a tomar el aire. 

¿Cómo se relaciona esto con las restricciones acarreadas por la pandemia? 

Eso tiene que ver con la estatua, porque si lo pensamos bien, la inmovilidad que se le quiere atribuir a una estatua es como un modelo de gestión de las poblaciones. De manera que todos seamos un poco estatuas y cumplamos con las órdenes que todas las semanas se nos van dando  Pero, no creo que lo vayan a conseguir porque la vida tiene movimiento.

¿Es partidario de que la plaza se llame Dignidad?

No me corresponde determinar mayores acuerdos o desacuerdos respecto del nombre de una plaza que es pública y que al ser pública es del pueblo. Pero ya ha sido nombrada de un modo. No me parece extraño. Si el público dice que la plaza se llama Plaza de la Dignidad, entonces, se llama Plaza de la Dignidad. De otro modo tendríamos que admitir que los pueblos somos hijos a los que los padres nos ponen los nombres que quieren. En ese sentido, me parece óptimo que los pueblos estén atentos a ponerle nombre a las cosas que le son propias.

Y respecto de reemplazar la figura del General Baquedano. ¿Qué opina? 

Si se pusiera una estatua de Gabriela Mistral, tendríamos que pensar “pobre Gabriela”. Mejor hacerle eso a un personaje maluco como Baquedano y no hacérselo a una poeta que fue Premio Nobel y que fue una tremenda escritora. Preferiría que ahí estuviera Baquedano, sometido al vendaval de una ciudadanía que decidió convocarse en todos los espacios públicos con los que cuenta.

Y, ¿si fuese una figura mucho más popular?

Una propuesta de esa naturaleza, como la que mencionan los medios, está totalmente intencionada por un dispositivo que tiene un carácter policial. El carácter policial de ese dispositivo está siendo cada vez más erosionado por una ciudadanía que se moviliza y que quiere otras cosas. Es como que un Gobierno que rozó el 4 por ciento de aprobación, el porcentaje más bajo en la historia de todos los gobiernos, se sienta autorizado a definir quienes ocupan los lugares públicos y cuales son las estatuas que deben estar en ellos. Eso me parece realmente asombroso, que con un 4 por ciento, un gobierno desastroso, se sienta autorizado a ponerle nombre a las estatuas. 

En algunos países han iniciado la discusión de prohibir penalmente las intervenciones a monumentos públicos. ¿Cómo interpreta esta medida?

Evidentemente, el simbolismo de esas obras es patrimonializado por las autoridades, por el Estado y tendría que decir también por el mercado. No creo que esta voluntad por resignificar las estatuas en las poblaciones de Chile tenga que ver solamente con el futuro. Tiene que ver con un pasado que está detrás del pasado mismo producido por la rememoración simbólica de las estatuas. Es decir, un pasado anterior al pasado inventado por el poder. En ese sentido, estamos en un momento muy paradójico, donde los pueblos consideran que si fuese por el pasado, éste vencería siempre al presente. Ahí está la cuestión mapuche, que es fundamental, porque evidentemente la estatua de Baquedano se instala sobre la base de construir una base que olvida el pasado más original que sería el del pueblo mapuche. Lo que hay en este momento es una comunicación entre ese pasado de los pueblos originarios y el modo en que nosotros nos desenvolvemos en eso para imaginar una forma de escape, una salida. Más que mal el presente siempre es eso: una disputa entre las ilusiones de futuridad y el anhelo por un pasado que se sentía que había sido mejor.

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