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Año XIII, 29 de noviembre de 2021

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Patricio López

Voto obligatorio: la corrección de un error histórico

Patricio López | Miércoles 26 de mayo 2021 9:16 hrs.


A pesar de que el tema de este comentario no consigna ni una línea en las portadas de los dos diarios de circulación nacional, es muy importante. Porque en medio de una fiebre post-pinochetista contra la política, parecida a cuando el dictador se refería a los señores políticos, que contagió cual pandemia transversalmente al congreso binominal, el Parlamento aprobó hace una década el paso de voto obligatorio a voto voluntario. La coartada, además de una cierta borrachera posmoderna de la época según la cual el voto era solo un derecho y no también un deber, se completaba con que los jóvenes no se estaban inscribiendo en el Registro Electoral. Así, en nombre de la participación de los jóvenes, se pasó de inscripción voluntaria y voto obligatorio, a inscripción obligatoria y voto voluntario.

Qué dicotomía más innecesaria ¿Por qué no inscripción obligatoria y voto obligatorio? Es precisamente lo que se legislará doce años después, hoy miércoles, cuando en la Cámara de Diputados, parafraseando al ex presidente Salvador Allende, otros hombres y mujeres podrían superar ese momento gris y amargo. No es un simple juego de palabras. Según información entregada en las últimas horas por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), la participación de la ciudadanía descendió de manera significativa desde las elecciones municipales de 2012, hasta ahora. Para fines de la década recién pasada, solo votaba un 50 por ciento del padrón en las elecciones presidenciales y un 40 por ciento en las elecciones municipales. Así, el presidente actualmente elegido tuvo más del 50 por ciento de los votos de quienes concurrieron, pero menos del 30 por ciento del padrón. Se abre entonces, un flanco quizás injusto pero de efectos reales, cuando se pregunta si el presidente democráticamente elegido es en realidad representativo de la voluntad popular mayoritaria.

Adicionalmente, y se advirtió sin éxito con reiteración durante el debate de entonces, está demostrado a nivel mundial que los sistemas de voto voluntario sobre-representan a los ricos y sub-representan a los pobres. El motivo es simple: los sectores acomodados, porque las circunstancias sociales les dieron más capital sociocultural, tienden a tener más clara la relación entre la vida cotidiana y las decisiones institucionales. Los sectores con más privación, en cambio, y especialmente en un país como Chile, tienden a caer en el pesimismo y a hacer propias frases como “gane quien gane igual me tendré que levantar a trabajar todos los días”. Así ocurrió en la última elección: mientras las comunas del barrio alto tuvieron un importante nivel de participación el primer día, las comunas con menos concurrencia tendieron a ser justamente las más pobres. Aquí mismo en la Radio Universidad de Chile, la alcaldesa de La Pintana, Claudia Pizarro, hizo un sentido y en cierto modo desesperado llamado a sus vecinos a que fueran a votar la mañana del 16 de mayo, luego de que el día anterior apenas lo hizo el 14 por ciento del padrón.

Durante los años transcurridos desde su implementación, hemos visto un creciente consenso de que el voto voluntario es lesivo para la democracia, pero ha primado la calculadora y no el interés superior del país. El Parlamento tiene hoy en sus manos la posibilidad de revertir el error de hace una década y fortalecer la legitimidad de la democracia representativa.

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