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A propósito de la reunión del BRICS: la necesidad de un Multipolarismo Regional

Jorge Riquelme

  Martes 5 de septiembre 2023 13:29 hrs. 
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La política internacional vive una transición de poder marcada por la incertidumbre. En una época sin certezas, el sistema internacional oscila entre el multipolarismo -en medio de un contexto de crisis del multilateralismo y de los liderazgos globales- y el bipolarismo, determinado por la disputa estratégica entre China y Estados Unidos. En rasgos generales, la característica definitoria es que asistimos a un mundo marcado por la búsqueda de posicionamiento de variados ejes de poder político y económico. Zbigniew Brzezinski ha denominado a esta etapa de la política mundial como una era posthegemónica, donde ningún actor estatal por sí mismo –léase Estados Unidos, China, Rusia o la Unión Europea como un todo-, es capaz de imponer su voluntad a los demás.

La reciente reunión sostenida por el BRICS en Johannesburgo (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) -22 al 24 agosto de 202- es un buen momento para reflexionar sobre la manera en que está decantando la política mundial actual, con tendencias predominantes hacia la configuración de un escenario multipolar. Se trata de un club selecto de países emergentes, que se reúnen en una instancia propia de lo que se ha dado llamar como minilateralismo, es decir, un agregado pequeño de Estados que se reúnen en torno a una agenda común, con miras a incrementar su posicionamiento global, a fin de extender su influencia política y económica en el mundo. La agrupación pretende configurarse en una pieza fundamental del multipolarismo actual, en un mundo severamente afectado por la crisis del denominado orden liberal construido tras la segunda guerra mundial y en medio de las divisiones del sistema internacional ante la Guerra entre Rusia y Ucrania, donde ningún miembro del BRICS ha condenado el accionar de la potencia eurasiática.

Ciertamente, este esquema es un símbolo de las tendencias del mundo hacia la multipolaridad donde, pese a las diferencias entre sus miembros, estos coinciden en reivindicar un sistema internacional más inclusivo y, últimamente, contestatarios ante las políticas exteriores de Estados Unidos y la Unión Europea. Los cinco miembros del BRICS, alejados geográficamente y con agendas internacionales dispares desde el punto de vista de su comercio internacional, pese a sus diferencias, concordaron en la señalada reunión en ampliar la instancia a nuevos miembros: Arabia Saudita, Argentina, Egipto, Emiratos Árabes Unidos, Etiopía e Irán. Con ello, el BRICS pasa a representar el 32% de la economía global y más de la mitad de la población del mundo.

Sin embargo, esta ampliación no promete mayor cohesión en el grupo. Del mismo modo, la regla del consenso en sus procedimientos dificultará todavía más sus decisiones, ante la gran heterogeneidad de sus miembros, con objetivos internacionales y regímenes políticos distintos. Y más relevante, la competencia estratégica y comercial entre China e India aparece como uno de los principales desafíos al interior del BRICS, al igual que el desprestigio de Rusia en occidente incide en sus posibilidades de influencia hacia el exterior, en medio de la guerra con Ucrania.

Desde el punto de vista de esta columna, resulta especialmente relevante destacar que el accionar multilateral del BRICS suma voluntades de países emergentes claves, que desde sus diversas realidades geopolíticas buscan mejorar su status internacional, pero sin pretender conformar plataformas regionales con ese objeto. Es decir, se trata de esfuerzos fragmentarios y desde distintos escenarios sin contigüidad geográfica, que no se plantean una visión regional en sus propósitos y estrategias de gobernanza global, lo que eventualmente puede minar sus objetivos e influencia. En el escenario global actual, la actuación desde plataformas regionales aparece como una condición relevante de proyección internacional, dado que los países contiguos suelen tener desafíos y amenazas comunes y, lo que es más relevante, mayores posibilidades de aunar políticas y estrategias internacionales.

Desde América Latina, es relevante apreciar el rol que busca asumir Brasil en el BRICS, demostrando un cierto alineamiento con el Eje China-Rusia, alejándose de la posición moderada y pragmática asumida en el pasado respecto de su relación con Washington, aunque sin renunciar a sus pretensiones de liderazgo regional. Sin dudas, se trata de un Brasil más contestatario, que busca con fuerza asumir un rol protagonista en la gobernanza global, criticando al dólar como moneda global. Ello también puede estar en la pretensión brasileña de retomar la alicaída integración regional, habiendo sido en su momento el constructor gramatical de América del Sur, mediante la construcción de la UNASUR. Tal cual dijo Lula “Regresé a la presidencia no solo para solucionar los problemas del pueblo brasileño. Regresé porque creo en el multilateralismo y quiero fortalecer el MERCOSUR, la UNASUR, la CELAC, y quiero luchar por una nueva gobernanza mundial”. Lo anterior, sin olvidar su ya tradicional pretensión de alcanzar un asiento permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, al igual que India, un miembro del BRICS que al momento en que se desarrollaba la señalada reunión en Sudáfrica, celebraba la llegada de su primera nave espacial en la luna.

Con todo, la promoción de la integración regional no está entre las prioridades del pujante mundo emergente, representado en el BRICS. Según el capítulo VIII de la Carta de las Naciones Unidas, las organizaciones regionales que sean compatibles con los propósitos y principios de la organización, pueden actuar en apoyo de sus objetivos de paz y seguridad. Asimismo, fortalecer las instancias regionales forma parte relevante de la Nueva Agenda de Paz del Secretario General de las Naciones Unidas, con miras a la Cumbre del Futuro que se sostendrá en Nueva York en septiembre de 2024. Las instancias regionales, en el fondo, tienen como objeto otorgar grados de gobernabilidad en un ambiente global altamente descentralizado, que crecientemente requiere de coordinación política en los niveles subregional y regional. En un contexto internacional cada vez más multipolar, el papel que puedan jugar los organismos regionales de integración resulta fundamental para reforzar la proyección internacional y, del mismo modo, los intereses nacionales de los Estados. Ello resulta especialmente relevante desde el punto de vista de la seguridad internacional.

Al respecto, Daniel Flemes, Detlef Nolte y Leslie Wehner, plantean que los riesgos y amenazas en materia de seguridad y defensa son preponderantemente regionales, más que locales, nacionales o internacionales, por lo que las instituciones regionales desempeñan un papel central en tales temáticas. Lo anterior llevó a Barry Buzan y Ole Wæver a plantear la teoría de los Complejos de Seguridad Regional, según la cual las relaciones entre países próximos suelen considerarse como la mayor fuente de inseguridad, por cuanto las amenazas suelen viajar distancias cortas. La teoría de los Complejos de Seguridad Regional enfoca el nivel de análisis en el ámbito que media entre los Estados y el sistema político internacional como un todo, destacando que existe un subsistema regional, con una relativa autonomía en el patrón de relacionamiento en el plano de la seguridad, donde la realidad estatal no puede ser sustraída del contexto en el cual cada Estado está inmerso.

Tales supuestos deben estar en el centro de un multipolarismo, que contribuya de manera eficaz a la gobernanza global, desde las regiones. En un contexto multipolar y descentralizado, sólo actuando colectivamente desde sus plataformas regionales, los países pueden hacer valer su voz en el mundo. Ello resulta especialmente necesario para una región como América Latina, usualmente caracterizada por su irrelevancia estratégica, pero con una creciente presencia de países del mundo emergente, que buscan incrementar sus lazos políticos y económicos, como es el caso de Rusia e Irán. En suma, la integración no solo se refiere a un proceso que involucra la cesión de soberanía de los Estados en favor de una nueva comunidad política, sino una manera de incrementar atributos de poder e influencia en el plano internacional. Se trata de una concepción moderna y operativa de un multipolarismo que contribuya a la gobernanza global desde las regiones, y que facilite el diálogo entre las mismas. En un mundo que presiona por el alineamiento de los países con menos poder, sólo a través del diálogo con el entorno -que refuerce la configuración de polos regionales- y diversificando el diálogo con otras instancias de integración, se puede incrementar el margen de maniobra internacional, resistiendo las presiones a través de lo que Cheng-Chwee Kuik y Paul Evans han definido como un no alineamiento, a través de un activo, pragmático e imparcial multi-alineamiento.

Jorge Riquelme

Analista político. Doctor en Relaciones Internacionales, Universidad Nacional de La Plata

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