La madrugada del 7 de mayo, India cumplió finalmente sus advertencias y bombardeó diversas zonas de la región de Cachemira controlada por Pakistán, dando inicio a una nueva escalada en un conflicto que ya se prolonga por más de siete décadas entre ambas potencias nucleares.
La operación militar fue bautizada como “Sindoor”, un nombre cargado de simbolismo en la cultura hindú. El sindoor es un polvo bermellón tradicionalmente usado por las mujeres casadas en la raya del cabello o en la frente, como signo de su estado civil. Tras enviudar, dejan de usarlo representando el luto. De este modo, la elección del nombre alude directamente al dolor de las viudas y una señal de venganza por el atentado terrorista en Cachemira, que dejó 26 turistas muertos el pasado 22 de abril.
Una de las imágenes más difundidas tras el ataque fue la de Himanshi Narwal, una joven india fotografiada junto al cuerpo sin vida de su esposo. La imagen se viralizó en redes sociales y, rápidamente, Narwal se convirtió en símbolo nacional del duelo y la promesa de justicia. El gobierno del primer ministro indio, Narendra Modi, utilizó su caso para justificar la operación militar. Sin embargo, días después, la propia Narwal pidió públicamente que su historia no fuera utilizada para alentar el odio hacia los musulmanes ni hacia Pakistán, una declaración que provocó una ola de amenazas en su contra y expuso las tensiones internas en la narrativa oficial.
Los bombardeos indios fueron una represalia directa al atentado en Pahalgam, en la Cachemira administrada por India. El ataque fue reivindicado por el Frente de Resistencia, un grupo islamista que, según Nueva Delhi, opera con el apoyo del Estado pakistaní.

Primer ministro de India, Narendra Modi. Foto: Aton/Eduardo Parra/Europa Press
Videos compartidos en la red social X muestran las explosiones en territorio pakistaní. Oficiales del ejército de Pakistán aseguran que al menos 31 civiles murieron a causa de los bombardeos, mientras que la televisión india afirma que los fallecidos superan los 100, entre ellos un niño.
Según el comunicado del ejército indio, la operación Sindoor duró menos de 30 minutos y se dirigió exclusivamente contra infraestructura considerada “terrorista”. El Ministerio de Defensa destacó que no se atacaron instalaciones militares paquistaníes y que la acción fue “medida, enfocada y no escalatoria”.
Entre las zonas atacadas se encuentran Kotli, Ahmadpur East, Muzaffarabad, Bagh y Muridke. Las dos últimas se encuentran en la provincia paquistaní de Punjab, dentro de sus fronteras reconocidas, fuera de la zona reclamada por India, lo que ha encendido alarmas. El resto de los blancos se concentraron en la Cachemira bajo administración de Islamabad.
En respuesta, el ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif, informó que su país derribó cinco aviones de combate indios, incluyendo tres Rafale de fabricación francesa, un MiG-29 y un Su-30. También aseguraron haber abatido 25 drones indios utilizando aviones de combate de origen chino. Aunque esta información aún no ha sido verificada de forma independiente, de confirmarse representaría un golpe importante tanto para India como para sus aliados occidentales.
Así también desafió a India a “resolver esto como hombres” en el campo de batalla, en lugar de continuar con ataques aéreos, en declaraciones que aumentan aún más la tensión.

Primer ministro de Defensa de Pakistán, Khawaja Asif. Foto: Kuhlmann /MSC.
Paralelamente, sirenas antiaéreas comenzaron a sonar en el norte de India, mientras se reportaban cortes de energía, ataques con drones y la intercepción de misiles en la región de Jammu y Cachemira. Videos publicados por civiles muestran los sistemas antimisiles indios interceptando proyectiles provenientes de Pakistán.
Sin duda, lo ocurrido hasta ahora representa la escalada más grave en el conflicto indo-pakistaní desde los enfrentamientos de 2019. Pero esta vez, el nivel de sofisticación militar, la respuesta inmediata y la retórica belicista de ambos gobiernos se producen en un escenario internacional ya profundamente alterado.
Lejos de ser un episodio aislado, esta crisis podría representar algo mucho más profundo: la confirmación de que el mundo ya transita una guerra mundial de carácter híbrido. A diferencia de los conflictos globales del siglo XX, esta guerra no se desarrolla únicamente en los campos de batalla tradicionales. Hoy, los frentes de combate se extienden a los mercados, al ciberespacio, a la tecnología y a la información. La combinación de sanciones, bloqueos comerciales, desinformación, tensiones diplomáticas y operaciones militares limitadas pero altamente simbólicas, está configurando un escenario de conflicto sistémico a escala global.
Así lo advierten diversos analistas internacionales, que ven en la actual crisis indo-pakistaní no el origen, sino el reflejo de una dinámica global convulsa, en la que múltiples tensiones regionales se entrelazan, alimentadas por la creciente fragmentación del orden internacional.
Como señaló el secretario general de la ONU, António Guterres, “el mundo no puede permitirse otro conflicto entre India y Pakistán”. Pero tal vez lo más preocupante es que esa afirmación ya no alcanza: quizás el conflicto ya está en marcha, solo que con nuevas reglas y múltiples rostros.




