El 22 de agosto de 1973, dos generales del Ejército —Guillermo Pickering Vásquez y Mario Sepúlveda Squella— decidieron cerrar sus carreras militares en silencio, justo antes de que la historia se precipitara hacia el abismo. Se retiraron no por falta de méritos ni por deshonra, sino porque la lealtad a su conciencia les impedía sumarse a la deriva de sus camaradas. Desde entonces fueron convertidos en sombras, marginados de la memoria oficial, como si la dignidad no tuviera cabida en los cuarteles.
Su destino se emparenta con los de Carlos Prats, asesinado en Buenos Aires, y Alberto Bachelet, torturado hasta la muerte en un calabozo. Todos ellos fueron castigados por mantener intacta una virtud que otros prefirieron trocar por obediencia ciega: la integridad.
La diferencia entre unos y otros aún resuena. Pickering y Sepúlveda eligieron cargar con la soledad, pero conservaron limpio su honor. Sus vidas, aunque silenciadas, permanecieron sin mácula. En cambio, quienes se hundieron en la complicidad criminal, y que hasta hoy sostienen el pacto de silencio, habitan prisiones interiores de las que no hay salida. Porque una vida digna y sin sangre en las manos puede transitar en paz hacia el futuro; una vida marcada por la traición y el encubrimiento, en cambio, solo conoce el tormento de la culpa.
La memoria de estos generales íntegros contrasta con la de quienes aún prefieren callar y proteger la herencia de asesinatos políticos. Esa cobardía, que se disfraza de silencio, no es honor sino vergüenza. Y mientras no se rectifique, la amenaza permanece: la posibilidad de que la tragedia vuelva a repetirse.
Hasta el día de hoy, no existe un reconocimiento oficial a su conducta militar ejemplar. La institución que los apartó nunca les devolvió el lugar que merecen. Sin embargo, el juicio de la historia y de sus familias es distinto: nosotros, sus hijos, podemos vivir con un nombre limpio que nos heredaron, y en la paz que solo se alcanza cuando la dignidad se antepone al miedo.
Recordar a Pickering y Sepúlveda no es un gesto melancólico, sino un acto de justicia. Ellos representan la otra tradición militar de Chile: la que eligió la integridad frente a la traición, la vida limpia frente al crimen, la soledad antes que la complicidad. Son la prueba viva de que en los tiempos más oscuros hubo quienes supieron sostener, sin estridencias ni discursos altisonantes, la dignidad hasta el final.






