La fórmula Trump: ¿Qué hay detrás de la revolución política que vive Estados Unidos?

Donald Trump marca su segundo mandato con un tono radical: endurece migración, militariza ciudades, desafía a la Fed, recorta programas sociales y libra una guerra cultural, generando un fuerte impacto dentro y fuera de EE.UU.

Donald Trump marca su segundo mandato con un tono radical: endurece migración, militariza ciudades, desafía a la Fed, recorta programas sociales y libra una guerra cultural, generando un fuerte impacto dentro y fuera de EE.UU.

El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca no ha sido un simple cambio de mando en Washington. En apenas 7 meses desde el inicio de su segundo período presidencial, Trump ha demostrado que no volvió para administrar lo existente, sino para imponer una visión profundamente disruptiva. Su estilo directo, confrontacional y, para muchos, imprevisible, ha marcado la agenda internacional y nacional con un ritmo vertiginoso.

Su vuelta desató un terremoto político que ha reconfigurado no solo la vida interna de los Estados Unidos, sino también su posición en el mundo.

Basta mirar la escena internacional para ver cómo el tablero se agitó apenas asumió. Desde su relación con Rusia y la guerra en Ucrania, pasando por sus mensajes contradictorios hacia Israel y Medio Oriente, el papel que jugó en la guerra con Irán o el apoyo incondicional al genocidio en Gaza. Pero también el reciente endurecimiento de la política hacia Venezuela y la supuesta lucha contra la droga, o su rol como mediador en diversos conflictos, como los de India y Pakistán o Armeni y Azerbaiyán, que le ha llevado a surgir como candidato para el Nobel de la paz. Y para qué mencionar la guerra comercial desatada con China desde el primer día de su mandato.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, apuntando con el dedo.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.

Trump ha dejado claro que su diplomacia no busca consensos multilaterales, sino reposicionar a Estados Unidos con fuerza, aunque sea a costa de aumentar la incertidumbre global. Esa huella internacional funciona como telón de fondo para entender lo que ha hecho en casa: gobernar con la misma lógica de choque y polarización.

Y si hablamos de políticas internas, el tema migratorio es quizás donde Trump ha dejado su sello más fuerte e inmediato. Las redadas del ICE (Servicio de Inmigración y Control de Aduanas de Estados Unidos), ahora extendidas incluso a lugares tradicionalmente protegidos como hospitales y escuelas, generaron un clima de miedo entre comunidades migrantes.

El caso del salvadoreño Kilmar Abrigo, deportado por “error” y cuyo retorno fue catalogado como forzado, se convirtió en un símbolo de lo que muchos denuncian como una política que no distingue entre migrantes con causas legítimas y aquellos sin documentación. A esto, se suma la expansión de los centros de detención, denunciados por organismos de derechos humanos por su sobrepoblación y condiciones insalubres. Trump defiende estas medidas diciendo que se trata de “recuperar la soberanía”, pero la otra cara son familias divididas y comunidades enteras bajo amenaza constante.

Policia del ICE estadounidense

Policia del ICE estadounidense. Vía X@ICEgov

Las redadas y deportaciones masivas han resultado en padres deportados y sus hijos, que a menudo son ciudadanos estadounidenses, dejados en el país sin un tutor. Este trauma psicológico es una de las críticas más fuertes contra el modus operandi de la agencia.

Y, en paralelo, está el anuncio del despliegue de la Guardia Nacional en Washington D.C, y que planea extender a distintas ciudades del país, como Chicago, Nueva York o Baltimore. Todas, controladas por los demócratas. Hecho que encendió un debate sobre la militarización de la seguridad interna, pues no se trata solo de la imagen de soldados patrullando calles en Washington, sino del costo político y financiero de esta estrategia, sin mencionar los peligros para la estabilidad democrática.

Los gobernadores, incluso algunos republicanos, han expresado su molestia por la falta de coordinación y por el peso económico que supone mantener a las tropas movilizadas. Trump, sin embargo, insiste en que este despliegue es necesario para “restablecer el orden” frente a lo que llama caos urbano. El problema es que ese discurso de “orden versus caos” corre el riesgo de profundizar aún más la fractura política y social del país.

En la llamada “guerra cultural”, Trump también intenfisicó su ofensiva. Universidades, museos y centros culturales han sido blanco de acusaciones por parte del presidente, quien sostiene que se convirtieron en “bastiones de ideología woke y antiestadounidense”. Las protestas pro palestinas en campus universitarios han sido utilizadas como ejemplo para reforzar su narrativa de que las instituciones educativas perideron su rumbo. No se trata solo de palabras. Hay amenazas de retirar financiamiento federal y de imponer controles más estrictos sobre los contenidos y actividades en estos espacios. Para sus seguidores, esto es un acto de recuperación de la identidad nacional. Para sus detractores, un atentado contra la libertad de expresión y la autonomía académica.

Cambridge - Harvard Square: Radcliffe Yard - Longfellow Hallambridge - Harvard Square: Radcliffe Yard - Longfellow Hall, Estados Unidos, agosto 2010. Wally Gobetz

Cambridge – Harvard Square: Radcliffe Yard – Longfellow Hallambridge – Harvard Square: Radcliffe Yard – Longfellow Hall, Estados Unidos, agosto 2010. Wally Gobetz

Y si todo lo anterior no fuera suficiente, el escándalo Epstein también se suma a las aristas que han remecido los cimientos del movimiento MAGA. La desclasificación de documentos que vinculan a figuras cercanas al expresidente con la red de abuso sexual de Jeffrey Epstein abrió un frente inesperado. Trump, que siempre se ha presentado como el outsider que lucha contra las élites corruptas, asegura que este golpe es especialmente delicado porque erosiona la confianza incluso dentro de su propia base. El movimiento que lo sostiene muestra fisuras, y aunque su liderazgo sigue siendo fuerte, las dudas sobre la ética y las lealtades de quienes lo rodean comienzan a crecer.

En el ámbito económico, el republicano ha querido volver a su bandera preferida. O sea, la defensa del trabajador estadounidense. Su “One Big Beautiful Bill Act” (Gran y Hermoso Proyecto de Ley), un paquete legislativo complejo que incluye cientos de disposiciones, es la columna vertebral de su programa económico y ha calado de fondo en los estadounidenses.

Con esta medida, pretende incentivar la industrialización interna y reducir la dependencia de cadenas globales de suministro. Sin embargo, los efectos secundarios no son menores, incluyendo subidas de precios al consumidor, tensiones con socios comerciales y un aumento de la inflación. Algo que se complementa con los recortes en importantes programas sociales. La ley incluye uno significativo del 12% en el gasto de Medicaid, el programa de seguro médico para personas de bajos ingresos. Esto podría dejar a entre 12 y 20 millones de estadounidenses sin cobertura de salud, según estimaciones del Senado.

A pesar de las promesas de «restaurar la sensatez fiscal», la Oficina de Presupuesto del Congreso avecinó que el proyecto de ley aumentará la deuda nacional en 3.3 billones de dólares durante la próxima década.

La Reserva Federal (Fed), el equivalente al Banco Central, bajo responsabilidad de Jerome Powell, ha resistido algunas presiones de la Casa Blanca, lo que abrió un nuevo frente de confrontación entre el presidente y la Fed, amenazando abiertamente la independencia de un organismo vital para estabilidad y confianza en el dólar como moneda de cambio global.

Trump desde un podio sostiene un cartor con los nombres de distintos países y detalles de aranceles. Detrás de él dos banderas de Estados Unidos.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, presenta los aranceles «recíprocos» en el «Día de la Liberación». Foto: Emily J. Higgins/Imagen oficial de la Casa Blanca.

Pero Trump no se detiene ahí. También llevó su estilo combativo a las instituciones que históricamente habían actuado como contrapesos del poder presidencial. El Departamento de Justicia es un claro ejemplo. Trump lo acusa de estar “politizado” y ha buscado ejercer una influencia directa sobre investigaciones que podrían incomodarlo a él o a sus aliados. La separación de poderes, principio básico de la democracia y la institucionalidad estadounidense, se encuentra así en tensión constante. Críticos aseguran que se trata de un intento deliberado de erosionar los equilibrios institucionales en beneficio de un Ejecutivo cada vez más centralizado y personalizado en su figura.

Así, a un año de su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump deja un país profundamente transformado, pero también profundamente dividido. Su gobierno combina decisiones de alto impacto con un estilo que alimenta la confrontación permanente. En lo internacional, ha movido piezas con consecuencias impredecibles. En lo interno, reavivó debates sobre migración, seguridad, economía, instituciones y cultura. Lo que queda claro es que Trump no está gobernando para administrar, sino para imponer un proyecto que, guste o no, ha devuelto a Estados Unidos al centro del escenario global y puesto a prueba, una vez más, la resistencia de su propia democracia.





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