¿Es inminente un ataque estadounidense sobre Venezuela? Las claves que podría generar una intervención para la región

Mientras avanza la Asamblea de la ONU, Trump intensifica el despliegue militar contra el país petrolero. La estrategia abre escenarios que amenazan con fracturar la región y reconfigurar cómo pensar la paz y la seguridad en América Latina.

Mientras avanza la Asamblea de la ONU, Trump intensifica el despliegue militar contra el país petrolero. La estrategia abre escenarios que amenazan con fracturar la región y reconfigurar cómo pensar la paz y la seguridad en América Latina.

En paralelo a la celebración de la octogésima Asamblea General de Naciones Unidas, el mundo vive un momento de convulsión global como no se había visto en décadas. Hoy, más que nunca, las fichas del tablero del poder internacional se están reacomodando y nuestra región ya no está ajena a este juego, tal y como nos ha hecho ver en las últimas semanas el caso venezolano.

Tras la caída del muro de Berlín y la disolución de la Unión Soviética, Estados Unidos consolidó su hegemonía, convirtiendo al bloque capitalista en el centro del poder unipolar.

Pero ese orden ya no representa la realidad del presente. Lo que más se repite entre analistas, académicos y políticos es que el centro del poder mundial está cambiando. Estados Unidos, particularmente su presidente, Donald Trump, lo sabe y ahora parece estar aceptándolo, algo que sus antecesores, e incluso él mismo en su administración anterior, no parecían capaces de asumir.

La emergencia de China como potencia que desafía al país norteamericano es un hecho consumado. Trump ya lo probó a inicios de año, cuando lanzó una ofensiva comercial y arancelaria contra gran parte del mundo, con especial énfasis contra Pekín. Ese enfrentamiento puso a prueba la capacidad de ambos gigantes para resistir la presión. Y lo cierto es que China no solo resistió, sino que obligó a Washington a retroceder en su ofensiva. Un retroceso que expuso tanto las limitaciones de la estrategia de Trump como la consolidación del gigante asiático como potencia global.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping.
Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y su par chino, Xi Jinping. Foto: Casa Blanca.

Tras aquel episodio, múltiples países comenzaron a mirar hacia China y hacia el BRICS como una alternativa tentadora a Estados Unidos en materia de comercio, seguridad y cooperación. Trump y su administración lo saben. Ya no están en el trono que alguna vez disfrutaron en los años noventa y en el inicio del nuevo siglo. La famosa consigna de Trump, “Make America Great Again”, tiene justamente ese trasfondo, recuperar una grandeza perdida.

El magnate republicano entendía desde antes de llegar a la Casa Blanca que el orden internacional se estaba reconfigurando. La aparición de bloques como el BRICS o alianzas regionales que desafían a Washington, junto con la sucesión de conflictos globales, confirmaron esas sospechas. Por eso, al nombrar a Marco Rubio como Secretario de Estado, la nueva administración de Trump envió una señal clara, el regreso a una vieja doctrina de política exterior, la Doctrina Monroe. América para los americanos. O mejor dicho, América, para Estados Unidos.

En este marco, Trump ha repetido que terminó siete guerras desde que asumió. Una afirmación cuestionable, pero que refuerza un punto, su mirada vuelve a dirigirse al continente americano. Si el mundo se vuelve multipolar, Washington busca asegurar lo que considera su “patio trasero”. En esa lógica, la inmigración y el narcotráfico han sido instalados como las causas de la decadencia estadounidense, apuntando directamente a la región. Especialmente a los Estados que más dolores de cabeza han provocado a las distintas administraciones en los últimos años, Cuba, Venezuela y de alguna forma también México.

Marco Rubio, Secretario de Estado junto al presidente Donald Trump
Marco Rubio, Secretario de Estado junto al presidente Donald Trump. Vía X@joma_gc.

Hasta hace poco, la estrategia de Washington se limitaba a sanciones, presiones y acciones puntuales. Pero todo indica que el tablero está cambiando. A fines de agosto, Estados Unidos desplegó una de las mayores flotas navales en décadas frente a las costas venezolanas, en pleno Caribe. Desde entonces, los movimientos militares se han intensificado. Aviones F-35, logísticos y de repostaje, similares a los utilizados en ataques sobre Irán a mediados de año, han llegado en número creciente a bases en Puerto Rico. Imágenes satelitales revelaron también la presencia del buque de operaciones especiales MV Ocean Trader, una nave capaz de transportar tropas de élite, drones, helicópteros y lanchas rápidas para realizar despliegues anfibios en costas como las venezolanas.

A esto se suma el despliegue de un cuarto destructor, el USS Stockdale, actualmente en Panamá. Hoy, cerca del 13% de todos los buques de guerra estadounidenses en operación están en el Caribe. Y como si no bastara, ayer Washington probó un misil balístico lanzado desde submarino, el “Trident”, con capacidad termonuclear. Fue disparado desde Florida y divisado cerca de Puerto Rico. Se trata de un misil que puede llevar hasta ocho ojivas, cada una con un poder 31 veces superior a la bomba de Hiroshima.

Este despliegue no es un simple gesto. Es un gasto multimillonario y una muestra de músculo que Trump difícilmente dejará pasar sin obtener algún tipo de resultado. Y en este escenario, Venezuela ocupa un lugar central. Nicolás Maduro mantiene lazos con Rusia y China, adversarios estratégicos de Estados Unidos, y sigue desafiando abiertamente a Washington, salvo por el negocio petrolero con la estadounidense Chevron.

Tres destructores de la Marina de los EE. UU. navegando en formación en el océano, con la bandera estadounidense ondeando en el barco principal
Destructores de la Marina de los Estados Unidos. Foto: USS Navy.

Para Moscú, Venezuela sirve como una suerte de contrapeso frente a la influencia estadounidense en la región, como lo ha sido Siria en Medio Oriente. Para Pekín, se trata de proteger sus cuantiosas inversiones petroleras. Así, el tablero venezolano trasciende lo local, es un punto de disputa entre potencias globales.

La Casa Blanca justifica sus movimientos bajo la narrativa del “narcoterrorismo” y el “Cartel de los Soles”. Una justificación que daría cobertura legal y moral a operaciones puntuales contra objetivos específicos del régimen chavista. Pero lo cierto es que Trump quiere ver a Maduro fuera del poder. La incógnita es cómo lograrlo.

Una invasión total parece poco probable, el costo logístico y económico sería demasiado alto, y podría provocar un aumento masivo de la migración, lo que chocaría con la propia agenda trumpista. Más viable parece un ataque de precisión contra la cúpula de poder, eliminando figuras clave del gobierno y debilitando al régimen de forma quirúrgica.

Pero ese camino abre distintos escenarios. Un derrocamiento exitoso podría abrir paso a una transición, aunque no está claro bajo qué liderazgos. También podría provocar una lucha interna por el poder, generando más violencia. Otra posibilidad es que un ataque desorganice al gobierno sin colapsarlo, derivando en una fragmentación del poder y un vacío que multiplique el caos.

Un tercer escenario es que el ataque fracase y, lejos de debilitar a Maduro, lo fortalezca como líder antiimperialista, uniendo a sus seguidores y reforzando la represión. Sería la peor humillación para Trump. Y aún existe la alternativa de un conflicto de baja intensidad, una “guerra gris” marcada por operaciones de inteligencia, sabotajes y ciberataques que mantendrían la región en tensión permanente.

Nicolás Maduro
Presidente de Venezuela, Nicolás Maduro. Foto: Prensa Miraflores.

Lo cierto es que el principio de no injerencia ya está en entredicho. Incluso sectores de la oposición venezolana ven con buenos ojos una intervención. Y en la misma asamblea general de la ONU, Trump lanzó una frase que muestra muy claramente sus reales intenciones “Hemos comenzado a utilizar el poder supremo del ejército estadounidense para destruir a los terroristas y a las redes de tráfico de Venezuela lideradas por Maduro. Los borraremos del mapa”. Una advertencia directa al propio Maduro.

Venezuela podría ser la Ucrania de nuestra región. No por una guerra prolongada o porque sirva para alinear las posiciones de la región, sino porque marcaría un antes y un después en la forma de pensar la seguridad y la paz en América Latina. Un quiebre del statu quo que Estados Unidos mantenía desde la Guerra Fría. Algunos países optarían por alinearse con Washington, otros mirarían hacia el BRICS. Todo dependerá de los ciclos políticos internos y del momento en que estalle la crisis.

Y desde Chile, con elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina, ese debate no será ajeno. Los principales candidatos ya han mostrado visiones muy distintas de cómo manejar la política exterior en un escenario tan complejo.

Hoy, 23 de septiembre, en plena cumbre de Naciones Unidas, todo hace pensar que una acción militar estadounidense sobre Venezuela está cada vez más cerca.





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