Reforma al Consejo de Seguridad de Naciones Unidas: una necesidad lejos de la realidad

La evidente parálisis del principal órgano de la ONU ante conflictos como las guerras en Gaza y Ucrania intensifica el reclamo global por limitar el derecho a veto, un mecanismo que bloquea cualquier modernización de su estructura de poder.

La evidente parálisis del principal órgano de la ONU ante conflictos como las guerras en Gaza y Ucrania intensifica el reclamo global por limitar el derecho a veto, un mecanismo que bloquea cualquier modernización de su estructura de poder.

En medio de la octogésima Asamblea General de Naciones Unidas, uno de los temas más repetidos en los discursos de los líderes mundiales ha sido la necesidad de reformar, modernizar y repensar a la propia organización.

Al final, lo que está en juego es la relevancia misma de Naciones Unidas. La ONU nació para un mundo bipolar, en la posguerra de 1945. Hoy, ese mundo ya no existe. Vivimos en un escenario multipolar, con amenazas globales que no se pueden enfrentar de manera aislada: cambio climático, pandemias, la desinformación. Todo, mientras figuras políticas como Donald Trump en Estados Unidos o Javier Milei en Argentina cuestionan directamente la existencia y el propósito de la organización en sus discursos ante la asamblea.

Entre todos los cuestionamientos, hay uno que vuelve siempre con fuerza, la reforma al Consejo de Seguridad, pues este organismo sigue siendo el núcleo duro del poder en Naciones Unidas. Y lo que más genera polémica es el derecho a veto, ese privilegio exclusivo de los cinco miembros permanentes, Estados Unidos, Reino Unido, Francia, Rusia y China.

Consejo de Seguridad ONU pide rápido fin de guerra en Ucrania

Consejo de Seguridad ONU pide rápido fin de guerra en Ucrania. Foto: ATON.

La única y última vez que el Consejo se reformó fue en 1965. En ese momento se amplió de 11 a 15 miembros, sumando cuatro asientos no permanentes. Desde entonces, nada más ha cambiado. El veto sigue en manos de los mismos cinco países, que pueden bloquear cualquier resolución aunque cuente con un apoyo mayoritario.

Esa es, justamente, la raíz del problema. Porque cuando se trata de grandes crisis, el Consejo aparece paralizado. La guerra en Ucrania es un buen ejemplo. Desde la invasión rusa en 2022, el Consejo, que debería ser el máximo órgano decisorio en materia de paz y seguridad, no ha podido adoptar medidas efectivas. Lo mismo ocurrió con Siria en su momento, con más de una decena de vetos rusos. Lo mismo ha pasado una y otra vez con Estados Unidos vetando resoluciones que afecten sus intereses, como el conflicto entre Israel y Palestina. Este poder de veto ha llevado a que hoy el genocidio en Gaza sea el más triste ejemplo de esta parálisis del sistema internacional.

Frente a esa inacción, las críticas se multiplican. El presidente de Finlandia, Alexander Stubb, fue claro en su discurso, pidió eliminar de una vez por todas el derecho a veto. “Ningún Estado debería tener derecho de veto”, señaló. Y fue más allá, propuso que si un miembro del Consejo viola la Carta de la ONU, pierda temporalmente su derecho de voto. Un mensaje dirigido directamente a Rusia.

Stubb describió el mundo actual como fragmentado y violento, con más guerras activas que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial. Y acusó a la ONU de seguir atada a estructuras que ya no sirven para este tiempo.

Pero no es solo Finlandia. África lleva años reclamando una mayor representación en el Consejo. El llamado “Consenso de Ezulwini” es claro, el continente exige al menos dos asientos permanentes con derecho a veto y cinco asientos no permanentes. Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica, lo dijo sin rodeos, la composición actual del Consejo socava la legitimidad de Naciones Unidas.

Alexander Stubb, presidente de Finlandia junto a Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica

Alexander Stubb, presidente de Finlandia junto a Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica. Vía X @alexstubb.

El presidente de Kenia, William Ruto, fue aún más directo. Dijo que es “inaceptable, indefendible y sumamente injusto” que África siga siendo el único continente sin un asiento permanente en el Consejo de Seguridad. “No se puede pretender ser Naciones Unidas e ignorar la voz de 54 naciones”, remarcó. Y tiene un punto, África concentra gran parte de la agenda del Consejo, aporta los mayores contingentes de cascos azules y paga los costos más altos de la inestabilidad. Sin embargo, sigue excluida de la mesa principal.

Ruto también puso ejemplos concretos. Recordó el papel de Kenia en la actual misión de paz en Haití, donde pese a operar con menos del 40% del personal autorizado y sin financiamiento suficiente, lograron resultados importantesrestablecer instituciones, reabrir escuelas, disminuir los secuestros y normalizar operaciones en el aeropuerto y el puerto.

“Si con tan pocos recursos se ha logrado tanto en tan poco tiempo, ¿qué más podríamos lograr si la fraternidad de Naciones Unidas actuara de verdad con solidaridad?”, preguntó.

William Ruto, presidente de Kenia (1)

William Ruto, presidente de Kenia. Vía X@WilliamsRuto

América Latina también levantó la voz. Lula da Silva, presidente de Brasil, volvió a insistir en la necesidad de reformar el Consejo y las instituciones multilaterales. Para Lula, el derecho a veto es un obstáculo directo a la paz y un símbolo de inequidad. “Tenemos que terminar con el derecho de veto”, repitió en su discurso, asegurando que la inacción del Consejo se ha transformado en una amenaza en sí misma. Al tiempo que ha insistido en su intención de que Brasil entre como miembro permanente del consejo.

Incluso dentro de la propia ONU, António Guterres, su secretario general, ha sido muy claro. No pide medidas específicas, pero sí denuncia el problema de fondo, el Consejo es disfuncional. Lo ha dicho varias veces. La incapacidad de actuar ante Ucrania o Gaza es una muestra de esa disfunción. “La impunidad es la madre del caos”, advirtió Guterres, en una frase que resume bien el espíritu de sus críticas.

¿Por qué no hay reformas al consejo de seguridad?

La respuesta es tan sencilla como frustrante. Para reformar la Carta de la ONU se necesita el voto de dos tercios de la Asamblea General y, además, la ratificación de los cinco miembros permanentes. Es decir, cualquier reforma que toque sus privilegios depende, paradójicamente, de que ellos mismos decidan aprobarla y no hay señales de que vayan a renunciar a ese poder.

Por eso, lo que vemos es un bloqueo permanente. Existen propuestas concretas, pero ninguna logra consenso. El llamado G4Alemania, Brasil, India y Japón— plantea sumar seis nuevos miembros permanentes y tres no permanentes. En cambio, el grupo “Unidos por el Consenso”, donde están países como Italia, México y Pakistán, se opone a dar más asientos permanentes y propone, en su lugar, ampliar con puestos semipermanentes.

La representante ante el consejo de seguridad de Estados Unidos, veta con su único voto una resolución que buscaba un cese al fuego permanente en Gaza.

La representante ante el Consejo de Seguridad de Estados Unidos, veta con su único voto una resolución que buscaba un cese al fuego permanente en Gaza. Vía X@UN_News_Centre.

Pero más allá de las fórmulas, el problema es político. Los países que aspiran a entrar tienen rivales regionales que los bloquean. India tiene a Pakistán en contra. Alemania a Italia y España. Japón a Corea del Sur. Brasil a México y Argentina. Y así sucesivamente.

Mientras tanto, la ONU sigue funcionando, con todas sus limitaciones. Es cierto que para muchos ciudadanos comunes la percepción es que la organización “no hace nada”. Pero esa es una verdad a medias. Porque aunque no logre detener la guerra en Ucrania ni frenar la ofensiva en Gaza, Naciones Unidas sigue siendo el único espacio donde todos los países del mundo se sientan en la misma mesa. El único lugar donde puede hablar el presidente interino de Siria después de 60 años sin que un mandatario de su país pisara Nueva York. El único espacio donde se denuncia a Israel, donde se cruzan Rusia y Estados Unidos, y donde países como Chile pueden hacer escuchar su voz.

Sin la ONU, probablemente no habría ayuda humanitaria en Gaza o en Sudán. No habría coordinación en casos de hambruna, ni una instancia mínima de mediación. Si el sistema no funciona como debería, no es por la ONU en sí misma, sino por la incapacidad de los Estados y sus liderazgos de alcanzar acuerdos.

En definitiva, la discusión sobre la reforma del Consejo de Seguridad refleja un dilema mayor. El mundo ha cambiado, pero la arquitectura de 1945 se mantiene intacta. Y aunque todos coincidan en que hay que reformar, ninguno de los que tienen el poder real parece dispuesto a cederlo.

El resultado es un sistema atrapado en su propio diseño. Un Consejo que, aunque nació para garantizar la paz, hoy es símbolo de parálisis. Y una ONU que, pese a todo, sigue siendo imprescindible, porque es el último espacio donde aún se puede hablar de paz en un mundo que parece haber olvidado cómo alcanzarla.





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