No es solo hablar de películas. Para Gonzalo Frías —emblemático comentarista de cine, series y música—, contar con un espacio para conversar sobre varias de las historias que lograron cautivar su emocionalidad era, por sobre todo, un lugar para conectar con el resto.
“Con el tiempo, realmente me di cuenta de que ‘El 7mo Vicio’ era un ejercicio para poder llegar a otros, siendo que, quizás, en la vida diaria no es mi cualidad“, aseguró luego de observar en retrospectiva los 22 años que estuvo al aire en Vía X. “No es mi fuerte ser social. Soy más bien un tipo introvertido, con mi propio mundo. Y que te pusieran una cámara adelante era pánico. Que se prendiera el botón rojo era aterrador. Muchas veces tenía que pedirle al camarógrafo que dejara grabando y se fuera, para poder sacar la voz. Me daba vergüenza incluso que me escuchara lo que iba a decir. Era desnudarte emocionalmente con lo que las películas te provocaban. No era fácil“.
Hoy, a más de dos décadas de ese primer capítulo, Gonzalo asegura que el chico de 22 años que arrancó aquel desafío no es el mismo que terminó el ciclo más de dos décadas después: “Crecí un montón, había encontrado mi voz. Siempre sentí que era un programa muy íntimo y personal, y eso hacía que tuviera mucha llegada con quienes esperaban que alguien les hablara de películas. Pero no desde la academia, sino como quien te abre su mundo respecto al cine”.

“Eso produjo una relación súper intensa. Con el pasar de los años, quizás más de uno sintió ese empujoncito que buscaba que la gente se enamorara del cine desde otro ángulo y ahora son cinéfilos de tomo y lomo. Gente a la que el cine le cambió la vida, tal como a mí. Es muy bonito, como tener una familia extendida”, confesó sobre el lugar que ocupa esa experiencia en su memoria emotiva.
Y aunque el programa dejó de emitirse por el cable, lo cierto es que Frías nunca se apartó de su vocación. Así, entre varios proyectos y la puesta en valor de sus redes sociales, comenzó una nueva etapa creativa que actualmente lo tiene trabajando con Estudios Neverland.
“La verdad es que era como una estrellita que estaba en el horizonte. Siempre veía el trabajo de ellos, alucinado por la creatividad, la originalidad, por lo arriesgados que son. Lo pasados para la punta, lo políticamente incorrectos y, en el fondo, porque quizás son ellos mismos. Creo que reconocía una autenticidad y una honestidad en el trabajo que hacían. Y no solo siguiendo al Edo (Caroe) en su stand up, sino que también viendo mucho a Tomás Leiva. Y de pronto empezó un pololeo intenso, rápido, en que ni siquiera alcanzábamos a contarnos nuestros votos de amor y ya estábamos en matrimonio oficial”, contó el conductor entre risas sobre los orígenes de su cercanía con el proyecto liderado por los humoristas detrás del exitoso podcast “Tomás va a Morir“.

Esa energía decantó en “Poscréditos“, la nueva apuesta del streaming de los comediantes y que renovó las energías de Frías. “Sé que tienen muy buena onda hacia el programa y lo que significó para ellos. La idea era ver cuánta vida quedaba todavía en el estanque de bencina para hacer un programa de cine, pero con el sello Neverland. Es mucho más delirante, y con muchos más recursos”, valoró.
Esto último, un elemento clave para potenciar la identidad propia de esta alianza: “Ahora puedo tomar todas esas ideas locas que tenía ‘El 7mo Vicio y que no se podían llevar a cabo por presupuesto. Aquí es ilimitado, es infinita la posibilidad de jugar. Y eso lo hace muy, muy entretenido”.
“Estoy descubriendo capas mías como comunicador dentro de lo que es mi ambiente, mi atmósfera, pero ellos me invitan a jugar más y más, a explorar cuál es la idea más bizarra. Es muy choro porque es un desafío creativo, de estar siempre atento al chiste que puede surgir. Y no solo el chiste por el chiste, sino que adornando la artillería de contenido de películas y series que estamos entregando en Neverland”, explicó.
Una vida de la mano del cine
Al mirar en retrospectiva, Gonzalo ve con un especial cariño el tiempo que pasó en Vía X. Canal que, además, ejerció como un verdadero semillero de talentos. “Fue el centro de experimentos donde muchos artistas, comediantes, actores o conductores podían flexionar sus músculos. Me refiero a que era como una escuela. Una especie de cuna que nos dio las primeras armas en esto de las comunicaciones, pero además un canal que entregaba absoluta libertad. Por lo menos ‘El 7mo Vicio’ siempre operó sin cuestionamiento editorial”, compartió.
Sin embargo, y al margen de las herramientas entregadas, el comunicador confiesa que tardó un tiempo en dimensionar el impacto que esa dinámica tan colectiva como personal generaba en las audiencias. “Era más como un topo encerrado en la biblioteca preparando el programa día a día. Era una hora de contenido, y Vía X solía trabajar con un equipo muy reducido: quien habla, una productora, un camarógrafo y un editor. Éramos cuatro los que sacábamos el programa adelante”, recapituló.
Por consecuencia, “no podía sacar la cabeza para ver qué se percibía del programa, porque estaba muy encima haciéndolo en el día a día. Y ahora que ha pasado el tiempo, cada vez que voy a charlas o me paran en la calle me recuerdan la importancia que tuvo en la formación de público, en tener una noción del cine que iba más allá de lo que entregaba la cartelera. Siempre buscando un cortometraje raro, una sensibilidad especial o descubrir directores que no habían visto, o incluso bandas de música”.

“Fue una especie de captarrayos, una antenita sintonizadora de bandas que no se conocían. Inventamos la mejor de las excusas para ponerlas en la pantalla sin dejar de ser un programa de cine, aunque, de alguna manera, creo que no era un programa de cine como tal”, definió el propio Frías. “Quizás esa era su gracia, pero también su gran defecto”.
“Uno hacía el programa muy solo, sin saber que había muchísima gente mirando, y era muy sano en ese sentido, porque no había rating. No nos medían por audiencia. Teníamos libertad, incluso comercial. El programa ni siquiera necesitaba auspicio para estar al aire mientras tuviera contenido que conectara. Así que mis agradecimientos a la gestión del canal, por dejarme ser”, manifestó.
Aun así, Gonzalo confidenció que tampoco fueron años libres de cuestionamientos. “Uno siente esta especie de síndrome del impostor. Lo digo porque yo no sabía que me quería dedicar a esto. Sabía que era mi pasión, mi hobby, y siempre sentí un grado de culpa o responsabilidad extra por no tener un cartón de cineasta o periodista. Sentía que eso me iba quitando credenciales, que nunca estaba autorizado realmente para hacerlo ni para decirlo, porque no tenía nada que acreditara de dónde venía. Eso, además de la timidez. Pero la pasión por el cine hizo que todo esto fuera posible. La pasión siempre pudo más que mi autoestima. Me iba a llevar si o sí a poder hacer esto”.
“Ni si quiera sabía si esto se podía convertir en un trabajo. Incluso hoy tengo que explicarle a la gente que lo es. A veces me dicen ‘cómo puede ser tu trabajo ver películas o series’. Pero sí, lo es. Siempre he sentido que tengo que demostrar lo que soy, y no por mí, sino por quien lo espera. Y es algo con lo que lidio hasta el día de hoy. Pero es, quizás, lo que me lleva siempre a estar atento al último dato, la última idea, tener el programa lo más cerrado, preciso y entretenido posible. Porque siempre estoy buscando un poco el ser valorado y querido. Y eso que suena tan poco profesional creo que es lo más profesional que tengo”, concluyó.

“Y que la gente sienta que es un aporte lo que estoy haciendo. No creo que algún día me vayan a entregar un Copihue de Oro diciendo ‘él siempre ha estado en los medios’. Es como que los medios lo saben pero, a la vez, no les importa. Siempre he sentido que el programa y lo que hago corren por una vereda alternativa. Y aunque nunca nadie me haya validado con un reconocimiento por los 22 años de carrera o por algún aporte cultural al país, por ejemplo, siempre he sentido que es medio fantasma lo que he hecho“, agregó Frías.
De todas formas, una de sus mayores certezas es que, al final del día, el gran premio es la huella que estos programas dejaron en la gente: “No es que haya estado buscando una recompensa, pero siento que esa es la validación, el cariño de la gente. Y además que en los medios uno siempre le debe algo a alguien. Siempre hay cosas dando vueltas y no es el espíritu que me mueve. No quería deberle nada a nadie, sólo hacer el mejor programa posible y que eso fuera lo que hace la diferencia, lo que lo hiciera querido y recordable. Para sentirse en paz con uno mismo. Nunca alguien podría decir ‘soy el autor de los libretos de Gonzalo’. Todo lo que yo decía era lo que se me ocurría a mí. ‘Atendido por su propio dueño’, para bien o para mal”.
“Yo sé exactamente cuál es el corto que tú estás buscando si es que lo viste en el programa, porque lo vi y lo quise poner. Quizás hasta lo subtitulé. Y es porque estás hablando con quien lo hizo. No tengo que llamar a un director o a un productor y preguntarles cómo se llamaba eso que mostramos”, precisó el conductor.



