La guerra en Ucrania ha dado un giro que muchos analistas militares califican como uno de los más significativos desde el inicio de la guerra: la caída de un importante centro urbano y logístico en la región de Donetsk. Mientras, en Moscú el enviado especial de la Casa Blanca llegó al Kremlin para seguir negociando el futuro del conflicto. Justo cuando la guerra se aproxima a su cuarto año.
La caída de Pokrovsk —una ciudad conocida por los rusos con su antiguo nombre soviético, Krasnoarmeysk— fue confirmada por el jefe del Estado Mayor ruso, Valeri Gerasimov. Poco después, Vladimir Putin elogió a sus generales y destacó la importancia estratégica del sector, asegurando que la captura de este enclave “permitirá la solución de todas las principales misiones planteadas desde que comenzamos la operación militar especial”.
No es para menos, Pokrovsk es un nodo logístico crucial, considerada la “puerta de entrada” al resto del Donbás que aún permanece bajo control ucraniano. Su valor no es simbólico, sino profundamente práctico. Funciona como una gran estación central donde convergen carreteras y líneas ferroviarias que conectan la retaguardia ucraniana —ciudades seguras como Dnipró— con las posiciones del frente. Por ese corredor se movían municiones, provisiones, evacuaciones médicas y rotación de tropas. Con la caída de la ciudad, Rusia corta la principal arteria logística que permitía sostener la defensa del este ucraniano.

Presidente de Rusia, Vladimir Putin. Foto: Kremlin.
Desde una perspectiva militar, Pokrovsk operaba como un “tapón”, un punto que contenía el avance ruso hacia un terreno más llano y abierto en dirección al oeste. Su captura abre la posibilidad para que las fuerzas rusas avancen hacia las grandes ciudades industriales de Dnipró y Zaporiyia, o que enfoquen un ataque por el flanco sur contra bastiones aún en manos ucranianas como Sloviansk y Kramatorsk.
Para Moscú, esto significa romper la columna vertebral del suministro ucraniano en el este y avanzar un paso más hacia la captura total de Donetsk, uno de los objetivos declarados del Kremlin. Para Kiev, la pérdida representa una presión logística y militar extrema, defender lo que queda de la región será ahora más difícil, más caro y probablemente más sangriento.
Un video difundido por el Ministerio de Defensa ruso, geolocalizado por CNN, muestra a soldados rusos desplegando una bandera en el centro de la ciudad.
Pero la victoria ha tenido un altísimo costo humano. La batalla, que comenzó en julio de 2024, se transformó en un combate de desgaste lento, profundo y particularmente brutal. Desde agosto de 2024 hasta noviembre de 2025, Rusia avanzó apenas unos kilómetros al mes, pagando cada cuadra con enormes pérdidas. Según estimaciones, las bajas rusas superarían las 25 mil muertes solo en esta ofensiva.

Soldados rusos desplegando la bandera de Rusia en el centro de Prokovsk. Vía Agencia Tass, Rusia.
Ucrania utilizó en esta batalla una estrategia que ha caracterizado esta fase de la guerra, un uso masivo y extremadamente eficaz de drones FPV capaces de destruir tanques, vehículos blindados y concentraciones de tropas antes de que pudieran tomar posiciones. Ante esta dificultad, Rusia optó por lanzar oleadas de tropas movilizadas y pequeñas unidades en motocicletas para infiltrarse entre las líneas ucranianas. La táctica, aunque efectiva para el avance final, produjo un desgaste logístico y humano descomunal para Moscú. Pero para Kiev, al final, el costo fue territorial y político.
Si la caída de Pokrovsk es devastadora desde lo militar, también genera fuertes tensiones en la política interna ucraniana. Las críticas apuntan directamente al liderazgo militar y al gobierno de Volodímir Zelenski. Una de las principales acusaciones es que fondos destinados a fortificaciones fueron mal utilizados o desviados, un señalamiento que estalla apenas semanas después de escándalos de corrupción que ya salpicaban a ministros y altos funcionarios.
Otra crítica se centra en la gestión de la retirada. El temor de un cerco inminente estaba sobre la mesa, el corredor de retirada se redujo a pocos kilómetros bajo fuego constante de artillería y drones. Sin embargo, la orden de retirada llegó tarde, forzando a unidades enteras a replegarse bajo fuego directo, lo que incrementó drásticamente las bajas y dejó la sensación de que los comandantes priorizaron la dimensión política por sobre la preservación del personal militar.

Toresk, ciudad en las cercanías de Prokovsk en la región de Donetsk, Donbás ucraniano. Vía x@mhmck.
El foco de estas críticas recae principalmente sobre el general Oleksandr Syrskyi, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas ucranianas. Syrskyi ya había sido cuestionado por su manejo de la batalla de Bajmut, donde insistió en mantener posiciones hasta el último momento, a costa del desgaste extremo de las mejores unidades de combate. La acusación es que nuevamente el liderazgo militar permitió que la necesidad de mostrar resistencia se impusiera sobre la lógica operativa.
La caída de Pokrovsk, sin embargo, no es un jaque mate inmediato. Pero sí representa, un “golpe estratégico sin precedentes”.
El conflicto entra en una etapa donde el tiempo juega cada vez más en contra de Ucrania. La economía ucraniana se encuentra debilitada tras años de guerra, la movilización militar se ha vuelto más difícil y la dependencia de la ayuda occidental es absoluta. Pero ahora esa ayuda parece menos segura, Estados Unidos, bajo la administración de Donald Trump, ha manifestado de manera implícita que su prioridad se está desplazando hacia América Latina, dejando una sombra de incertidumbre sobre el futuro del apoyo militar a Kiev.
Es precisamente en este contexto de fragilidad donde se reactivan las negociaciones internacionales. La toma de Pokrovsk coincide con una reunión clave en Moscú entre el presidente de Rusia, Vladimir Putin, y los enviados de la Casa Blanca, Steve Witkoff y Jared Kushner. El encuentro busca avanzar en un nuevo borrador de plan de paz que habría sido reducido a unos veinte puntos tras varias rondas de discusión, incluyendo las más recientes en Florida con delegados ucranianos. Trump dijo hace pocos días que hay “buenas posibilidades” de alcanzar un acuerdo, pero advirtió que «la situación en Ucrania es muy complicada, un desastre». Además, el secretario de Estado Marco Rubio reconoció que las conversaciones fueron productivas, pero aún queda “mucho trabajo por hacer”.

La delegación estadounidense de Steve Witkoff y Jared Kushner junto al cuerpo negociador ruso liderado por Vladimir Putin. Vía Agencia rusa de noticias, Tass.
Mientras los emisarios de Trump aterrizan en Moscú, Zelenski realiza una gira europea para asegurar el apoyo de sus aliados tradicionales. En París, en Irlanda y en Bruselas, la preocupación es la misma, que Estados Unidos este negociando un acuerdo sin la participación plena de Ucrania y que el resultado legitime los avances territoriales rusos. Francia, Alemania y los países del este europeo rechazan cualquier plan que perciban como un “aplacamiento” que entregue territorio ucraniano a cambio de una paz temporal. Putin, por su parte, ha aprovechado este escenario con una retórica desafiante, acusó a Europa de no querer la paz y afirmó con provocación que “si Europa quiere guerra, estamos listos ahora”.
La frase, más allá de su tono agresivo, busca fracturar aún más la unidad europea. Putin sabe que el cansancio económico y militar en el continente crece, que líderes como Viktor Orbán lo respaldan abiertamente y que el escepticismo sobre continuar financiando la guerra aumenta. La caída de Pokrovsk no solo tiene efectos en el terreno, sino también en las capitales europeas. Y en este momento, con Washington mirando hacia otro continente, esa fractura podría ser exactamente lo que el Kremlin necesita para imponer sus condiciones en una negociación futura.

