Activos rusos y la guerra en Ucrania: el dilema que amenaza la unidad y la confianza en Europa

El destino de los fondos congelados del Kremlin tensa la cohesión del bloque y pone a prueba los pilares de su seguridad jurídica y económica. Entre el riesgo financiero y las amenazas de Moscú, el conflicto bélico redefine el futuro del continente.

El destino de los fondos congelados del Kremlin tensa la cohesión del bloque y pone a prueba los pilares de su seguridad jurídica y económica. Entre el riesgo financiero y las amenazas de Moscú, el conflicto bélico redefine el futuro del continente.

La guerra en Ucrania sigue su curso pese a las negociaciones diplomáticas que intentan frenar el conflicto. Mientras los equipos diplomáticos discuten posibles salidas, Estados Unidos presiona por una solución que permita cerrar un capítulo que se ha vuelto incómodo, costoso e incierto para sus intereses globales. Sin embargo, ahora uno de los puntos más críticos de la guerra se posa sobre Europa.

El continente que, aunque pareció recuperar su identidad de bloque unido tras la invasión rusa de 2022, hoy vuelve a mostrar sus fracturas internas justo cuando Ucrania más necesita una corriente sólida de apoyo.

Europa se ha consolidado como el actor más relevante en términos de ayuda total —militar, financiera y humanitaria— incluso superando a Estados Unidos en el volumen global aportado. Pero la unidad se ha ido resquebrajando, porque el esfuerzo económico y político para sostener a Kiev golpea directamente a un continente que en las últimas décadas ha perdido competitividad internacional, capacidad industrial y cohesión política interna.

Las banderas de la Unión Europea y Ucrania. Vía X@SprintMediaNews

Las banderas de la Unión Europea y Ucrania. Vía X @SprintMediaNews.

Hoy, la polémica dentro de la Unión Europea gira en torno al destino de los activos rusos congelados. Se trata principalmente de reservas internacionales y soberanas del Banco Central de Rusia, depósitos en divisas, inversiones en bonos y otros instrumentos de deuda, además de metales preciosos que Moscú mantenía fuera de su territorio al momento de la invasión. El monto inmovilizado ronda los 300 mil millones, de los cuales aproximadamente 210 mil millones de euros están bajo custodia de países de la UE y, en particular, en la entidad financiera Euroclear, con sede en Bélgica.

El debate está en qué se puede hacer con ellos sin romper el orden jurídico internacional y sin poner en riesgo la estabilidad financiera de la propia Europa.

Congelar activos es una sanción aceptada; confiscar activos soberanos de un Estado es otra liga. Implica traspasar una línea roja del derecho internacional y del principio de inmunidad estatal que protege los fondos públicos depositados en el extranjero. Por eso, la discusión se divide en dos caminos, la confiscación total de los fondos —una postura minoritaria y considerada extremadamente peligrosa— y la vía adoptada por la Comisión Europea, que propone utilizar únicamente los intereses generados para apoyar a Ucrania.

Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenskyy y la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen.

Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenskyy y la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen. Foto: X @ZelenskyyUa.

Sin embargo, el riesgo no es menor. ¿Qué pasaría si en un futuro China o países del Sur Global decidieran retirar sus reservas del euro ante el temor de que Europa las expropie en un momento de crisis? La confianza en la moneda como refugio y en la arquitectura financiera internacional podría resentirse de inmediato. Y lo que en el papel parece una acción de justicia, puede terminar siendo un golpe directo al corazón económico de la UE.

Bélgica se encuentra en el centro del huracán. No solo porque Euroclear está en Bruselas y custodia buena parte del dinero ruso, sino porque cualquier represalia de Moscú apuntaría primero contra su economía y sus empresas. El propio gobierno belga ha manifestado que aceptar la propuesta sin una cobertura legal sólida sería exponer unilateralmente a su país a riesgos jurídicos y financieros que podría pagar durante décadas.

Moscú ya lanzó amenazas explícitas, desde nacionalizar activos de empresas europeas en su territorio hasta considerar la acción como un motivo de guerra. Dmitri Medvédev, vicepresidente del Consejo de Seguridad de Rusia, dejó en claro que Rusia vería la apropiación de sus fondos como un casus belli —caso de guerra—. Y el presidente ruso Vladimir Putin advirtió que «si Europa quiere ir a la guerra, Rusia está lista».

Presidente de Rusia, Vladimir Putin.

Presidente de Rusia, Vladimir Putin. Foto: Kremlin.

En medio de este escenario, el canciller alemán Friedrich Merz decidió asumir un rol protagónico. Berlín, que antes mostraba cautela, ahora presiona para que el plan avance incluso sin el apoyo pleno de Bélgica. La razón es clara, Alemania está pagando la mayor parte del esfuerzo militar europeo en Ucrania y no quiere asumir sola la factura de una guerra que se alarga. Además, teme que Estados Unidos busque sacar provecho de los activos rusos en su propio beneficio.

Pero Alemania está atravesando un momento económico extremadamente delicado. La industria alemana habla incluso de la “crisis más profunda desde la Segunda Guerra Mundial”. La pérdida de competitividad, la dependencia energética y la presión fiscal se han convertido en armas arrojadizas dentro del debate político interno. Para el Gobierno alemán, acelerar el apoyo a Ucrania también es una forma de reforzar su liderazgo continental y de justificar un gasto público en defensa que crece como nunca antes en tiempos de paz.

Es aquí donde aparece el elemento más profundo de esta historia, la guerra en Ucrania no solo está redefiniendo el mapa geopolítico europeo, sino que también está sirviendo como herramienta de legitimación política interna.

La constante invocación de la amenaza rusa permite justificar el retorno del servicio militar obligatorio, el incremento récord de presupuestos militares, la construcción de nuevas instalaciones bélicas y la canalización de miles de millones de euros hacia la industria de defensa. Se genera empleo, se dinamiza la economía, se evitan críticas a la gestión gubernamental y se desplaza el debate social hacia un enemigo externo. Problemas como la inflación, la crisis energética o el deterioro industrial pueden atribuirse directamente a “la guerra de Putin”, aliviando la presión política doméstica.

Unión Europea

Unión Europea. Foto: Aton/Europa Press

Europa sostiene que el único camino hacia una paz duradera es llevar a Ucrania a una “posición de fuerza” militar para obligar a Moscú a negociar, posibilidad que Kiev y Occidente pueden considerar aceptable. Pero esa “posición de fuerza” no tiene un horizonte definido y corre el riesgo de transformarse en una guerra de desgaste indefinida y que se extienda fuera de las fronteras ucranianas hacía el resto de la región, con daños profundos para un continente que ya muestra señales de fatiga económica, política y social.

La ironía: la amenaza rusa ha sido utilizada tanto como argumento para la unidad europea como para justificar divisiones y estrategias nacionales divergentes.

En el fondo, el debate sobre los activos rusos congelados no es solo una discusión financiera o legal. Es la expresión más clara de un dilema existencial para la Unión Europea. ¿Puede seguir actuando como un bloque cohesionado en tiempos de crisis o regresará a una lógica de intereses nacionales en la que cada quien protege a los suyos? Europa enfrenta una guerra que no es solo territorial, sino de credibilidad. Mientras intenta decidir cómo financiar la resistencia ucraniana, también debe resolver si es capaz de sostener la suya propia.





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