La guerra entre Israel, Estados Unidos e Irán, hoy revela con mayor claridad un objetivo político mucho más ambicioso, el cambio de régimen en Teherán. Tanto la administración de Donald Trump como el gobierno de Benjamín Netanyahu han dejado entrever, con distintos niveles de explicitud, que la eliminación del liderazgo iraní no es un efecto colateral de la guerra, sino parte central de su diseño estratégico.
Desde las primeras horas de la ofensiva conjunta, los bombardeos no se concentraron únicamente en instalaciones nucleares o bases militares convencionales, sino en posiciones donde se encontraban figuras clave del régimen. El asesinato del líder supremo, el ayatolá Alí Jamenei, constituyó uno de los golpes más profundos al sistema político iraní desde la Revolución Islámica de 1979. El propio Trump afirmó que 48 líderes iraníes fueron eliminados en un solo movimiento, proyectando la imagen de una operación quirúrgica, rápida y decisiva.
Pero lo que hemos visto en los días posteriores demuestra que la lógica detrás de esta ofensiva no es simplemente castigar o disuadir, sino provocar un vacío de poder. Esta misma mañana, la Fuerza Aérea israelí atacó infraestructuras estratégicas en Teherán y también en Qom, donde fue alcanzado el edificio de la Asamblea de Expertos que reunía a 88 altos clérigos del régimen, aunque según medios iraníes, el edificio había sido evacuado antes del ataque que se dio justo cuando se desarrollaba la elección del nuevo líder supremo.
La estrategia que subyace en estos ataques es una lógica de “decapitación y vacío”, eliminar la cúspide del sistema, paralizar la toma de decisiones, debilitar el brazo represivo y generar condiciones para que el colapso se produzca desde dentro. Trump ha ido más allá al dirigirse directamente al pueblo iraní, invitándolo a “recuperar su país” y prometiendo apoyo económico y el levantamiento de sanciones si emerge un liderazgo civil afín a Occidente.
Netanyahu, por su parte, ha insistido en que Israel no está en guerra con el pueblo iraní, sino con el régimen, intentando instalar la idea de que se trata de una intervención que abre la puerta a una transición interna.

Primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, y el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: X @netanyahu.
Sin embargo, la realidad sobre el terreno muestra un escenario mucho más complejo y menos lineal. Teherán ha estado bajo bombardeo intenso, se ha llamado a evacuar sectores estratégicos de la capital, y el ánimo predominante entre millones de iraníes no parece ser el de la insurrección, sino el miedo frente a la guerra. Tres días después de la muerte del líder supremo no se ha producido un levantamiento masivo contra el régimen; por el contrario, se han registrado manifestaciones de sus seguidores tanto dentro de Irán como en distintos países con fuerte presencia chiíta.
En Irak, Pakistán y Bahréin se han producido protestas frente a embajadas estadounidenses que han derivado en enfrentamientos armados y víctimas fatales. Esto introduce un elemento particularmente peligroso, el conflicto deja de ser estrictamente entre Irán y el eje israel-estadounidense, sino que comienza a adquirir una dimensión sectaria y regional. La posibilidad de reactivar tensiones latentes entre comunidades chiítas y sunitas, especialmente en países con equilibrios internos frágiles como Irak o Bahréin, eleva el riesgo de una expansión multifocal del conflicto.
Aquí emerge una de las preguntas centrales de esta guerra, incluso si el régimen se debilita severamente, ¿quién lo reemplaza? Washington baraja distintas vías.
La primera es la del exilio, con Reza Pahlaví intensificando su actividad política desde Estados Unidos y declarándose dispuesto a liderar una transición democrática. La segunda contempla una transición ordenada encabezada por sectores reformistas dentro del propio sistema iraní, siempre y cuando renuncien al programa nuclear y al apoyo a milicias regionales. La tercera opción apunta a presionar al consejo provisional que asumió tras la muerte del líder supremo para negociar su propia disolución a cambio de garantías e inmunidad.

Foto: @ceciliasala en X.
El problema es que todas estas alternativas presuponen una caída relativamente rápida del régimen y la existencia de una oposición cohesionada, con arraigo social y capacidad organizativa suficiente para tomar el control del Estado, algo que no existe. Además el régimen iraní, aun con niveles significativos de descontento interno, ha demostrado resiliencia durante más de cuatro décadas. Su estructura no depende exclusivamente de una figura, sino de una red de instituciones religiosas, militares y económicas profundamente entrelazadas, donde el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (CGRI) juega un rol central.
Para el CGRI, este conflicto no se enmarca únicamente en términos geopolíticos, sino en una narrativa religiosa y existencial. La muerte del líder supremo no es presentada como una derrota, sino como un martirio que debe ser honrado y vengado. Esta narrativa fortalece la cohesión interna y convierte la guerra en una causa trascendente que trasciende el cálculo racional de costos y beneficios.
La doctrina iraní en este contexto no busca ganar una guerra convencional contra Estados Unidos o Israel, algo que saben improbable en el plano aéreo o tecnológico, sino imponer un costo político, económico y humano que vuelva insostenible la ofensiva para sus adversarios. Se trata de una estrategia de disuasión mediante el coste.

Manifestantes pro régimen iraní, entrando al consulado de Estados Unidos en Pakistán. Uno de los manifestante chiítas porta una foto del Ayatolá Alí Jamenei. Vía X@ali_naka
Primero, destruyendo las capacidades estadounidenses a través de ataques con misiles y drones contra bases en la región, que costaron millones de dólares y causando importantes bajas, EE.UU. reconoce seis, mientras Irán habla de hasta 600, conscientes de la sensibilidad de la opinión pública norteamericana frente a conflictos prolongados. Segundo, generando un shock económico mediante la amenaza o el ataque a infraestructuras energéticas en el Golfo, lo que tensiona los precios del petróleo y amplifica la presión global. Y tercero, expandiendo geográficamente el conflicto al activar a aliados como Hezbolá en Líbano.
Los ataques de Hezbolá en “venganza” por la muerte del líder supremo han abierto un segundo frente significativo y la doctrina israelí es responder con fuerza desproporcionada para restablecer la disuasión. Ya se han hecho ataques a gran escala en territorio libanés y esta mañana las Fuerzas de Defensa Israelíes anunciaron que su ejército terrestre incursionó en el sur del Líbano atacando posiciones de Hezbolá, abriendo la posibilidad de configurar una guerra prolongada en Líbano que no es un escenario sencillo para Israel. Hezbolá es un actor experimentado, con capacidad de guerra asimétrica y conocimiento del terreno urbano, lo que podría derivar en un conflicto enquistado durante meses o incluso años.
Y aquí aparece el riesgo mayor: el arrastre de Estados Unidos. Si Israel se viera empantanado o enfrentara amenazas existenciales, la presión política y estratégica sobre Washington para intervenir más directamente sería enorme. El compromiso estadounidense con la seguridad israelí es profundo, inlcluso a niveles irracionales para el propio Estados Unidos, pero una escalada en Líbano u en otro país de la región, incluso el propio Irán diluiría por completo la idea inicial de una guerra limitada y de corta duración.
Esto tensiona directamente la narrativa de la Casa Blanca. Trump ha insistido en que esta no será otra “guerra eterna” como Irak o Afganistán, proyectando plazos de cuatro o cinco semanas e incluso sugiriendo que el conflicto podría resolverse antes si el colapso interno en Irán se acelera. Pero el propio desarrollo de los acontecimientos indica que la lógica de desgaste impuesta por Irán está alterando esos cálculos.
En definitiva, la apuesta por el cambio de régimen ha elevado el umbral del conflicto a un punto en el que ya no se trata únicamente de capacidades militares, sino de narrativas, legitimidades y resistencias sociales.
Lo que está en juego no es solo el futuro político de Irán, sino el equilibrio regional en su conjunto. Si la guerra se prolonga, podría reconfigurar alianzas, profundizar divisiones sectarias y alterar la arquitectura de seguridad del Medio Oriente durante años y cuanto más se expanda geográficamente, más difícil será contenerla dentro de los límites que originalmente se trazaron.

