El lunes 9 de marzo los precios del petróleo alcanzaron niveles históricos, mientras los mercados financieros comenzaron a reflejar el nerviosismo global en torno a la guerra en Medio Oriente. En ese clima de incertidumbre, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, sorprendió a los inversionistas al asegurar que la guerra estaría cerca de terminar. “Está prácticamente terminada. No les queda nada”.
El efecto fue inmediato, el precio del crudo cayó con fuerza y los mercados cerraron la jornada con un tono más optimista. Sin embargo, poco después el propio Trump matizó sus declaraciones, cuando fue consultado directamente sobre si la guerra terminaría esa misma semana, respondió que no, aunque insistió en que el final estaba cerca.
Según la portavoz de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, «las operaciones terminarán cuando el comandante en jefe determine que se han cumplido los objetivos militares y que Irán está en posición de rendirse completa e incondicionalmente, lo digan o no».
Por su parte, Trump volvió a insinuar su intención de participar directamente en la elección del próximo liderazgo iraní, pese a que recientemente asumió el nuevo ayatolá, Mojtaba Khamenei, quien ya ha sido objeto de amenazas por parte de Washington. El mandatario también dejó abierta la puerta a reanudar conversaciones con alguna autoridad iraní, aunque sin especificar con quién ni bajo qué condiciones.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
Por ahora, esas declaraciones parecen haber cumplido un objetivo inmediato, frenar el pánico en los mercados. Pero en el terreno la realidad sigue siendo mucho más compleja.
El estrecho de Ormuz, continúa prácticamente paralizado, aunque no existe un bloqueo formal, el tráfico marítimo se ha desplomado. Antes del estallido de la guerra, alrededor de 120 buques cruzaban diariamente ese paso marítimo, ahora apenas se registran entre dos y cinco cruces diarios, muchos de ellos con bandera iraní.
La gravedad de esta situación llevó a Trump a plantear tomar el control del estrecho de Ormuz para garantizar el flujo del comercio internacional. Horas más tarde, a través de su red social Truth Social, Trump lanzó una amenaza mucho más dura contra Irán.
El presidente norteamericano afirmó que si Teherán intenta detener el flujo de petróleo en el estrecho, Estados Unidos responderá con una fuerza 20 veces mayor a la utilizada hasta ahora. “Muerte, fuego y furia” caerían sobre Irán si se cruza esa línea, una advertencia que coincide con las declaraciones realizadas esta mañana por el secretario de guerra estadounidense, Pete Hegseth, quien aseguró que este martes podría ser el día de los ataques más intensos desde el inicio de la guerra.
Y los hechos parecen confirmar ese escenario. Durante las últimas horas se han reportado intensos bombardeos en la capital iraní, Teherán, así como en otras ciudades estratégicas como Isfahán y varios puntos cercanos al estrecho de Ormuz. Estos ataques forman parte de una ofensiva conjunta de Estados Unidos e Israel que lleva más de una semana golpeando infraestructuras militares iraníes.
Según Trump, todavía no ha atacado algunos de los objetivos más importantes dentro de Irán, infraestructuras críticas relacionadas con la producción eléctrica y otros sistemas estratégicos, porque prefiere esperar antes de lanzar esos ataques. Aun así, dejó claro que la capacidad militar para hacerlo existe y que, si fuese necesario, podrían acabar con esos objetivos en cuestión de un día.

Ataque de instalaciones nucleares en Irán. Foto: Aton (Europa Press).
Desde Israel, el primer ministro Benjamin Netanyahu ha adoptado un tono algo distinto al de Trump, aunque sin contradecirlo directamente, sí ofreció una perspectiva más cautelosa sobre la duración del conflicto. Netanyahu señaló que la guerra no será indefinida, pero también ha dejado claro que podría prolongarse más de lo que algunos esperan. «Este no será un conflicto que dure años, pero tampoco terminará de un día para otro», afirmó.
No obstante, en Teherán las declaraciones de Trump provocaron una reacción inmediata. Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional, «Irán no teme las amenazas de Washington» y advirtió a Trump que tenga cuidado de no convertirse él mismo en un objetivo.
En paralelo, la Guardia Revolucionaria iraní desmintió las afirmaciones de Trump sobre el supuesto debilitamiento militar del país. Declaron a través de un comunicado que los misiles iraníes son ahora más potentes que al inicio del conflicto. Además, enviaron un mensaje claro: el final de la guerra no lo decidirá Estados Unidos, sino Irán. Pero no se quedaron en las palabras y continuaron lanzando ataques con misiles y drones contra Israel y otros países del Golfo Pérsico.
A pesar de los intensos bombardeos estadounidenses e israelíes, Irán ha demostrado que todavía conserva capacidad militar significativa. Sus fuerzas siguen siendo capaces de atacar bases estadounidenses en la región, lanzar misiles hacia Israel y amenazar el tráfico marítimo en el Golfo.
El objetivo estratégico de Teherán está en elevar el precio del petróleo lo suficiente como para generar una presión económica global que obligue a las potencias occidentales a buscar una negociación. En otras palabras, Irán busca convertir el mercado energético en un campo de batalla político.
Sin embargo, la respuesta de Trump ha sido exactamente la contraria, en lugar de abrir un proceso de negociación, la Casa Blanca ha optado por intensificar los ataques contra el núcleo del poder militar iraní. El problema es que la historia reciente demuestra que incluso campañas militares intensas no siempre logran provocar cambios de régimen, ni la eliminación de líderes ni los bombardeos estratégicos han conseguido hasta ahora desestabilizar completamente al sistema político iraní.

Mojtaba Jamenei junto a su padre, Alí Jamenei
REMITIDA / HANDOUT por GOBIERNO DE IRÁN.
Si la guerra terminara hoy, Washington habría gastado miles de millones de dólares en operaciones militares, sufrido pérdidas en bases repartidas por todo Medio Oriente, tensado sus relaciones con varios aliados regionales, enfrentado un creciente descontento interno justo antes de las elecciones de medio término y paradójicamente el liderazgo iraní no solo vivo, sino que más fortalecido tras la guerra.
A esto se suma el impacto económico. El mercado energético mundial sigue siendo extremadamente vulnerable, cualquier error o escalada adicional podría provocar un nuevo shock petrolero. Algunas proyecciones como la de Financial Times, advierten que el precio del petróleo podría alcanzar los 150 dólares por barril si la crisis se intensifica.
Ante este escenario, la Casa Blanca enfrenta una decisión estratégica clave, si quiere estabilizar realmente el precio del petróleo, necesita garantizar la seguridad del estrecho de Ormuz, y eso abre un nuevo conjunto de riesgos.
Una de las opciones más discutidas dentro del Pentágono es desplegar buques de guerra para escoltar petroleros a través del estrecho. Esta operación permitiría mantener el flujo de energía hacia los mercados internacionales, pero también implicaría enormes peligros, Irán podría recurrir a tácticas asimétricas como lanchas rápidas, minas marinas o misiles antibuque lanzados desde la costa.
Además, Teherán podría priorizar objetivos especialmente sensibles, como los buques que transportan gas natural licuado. Una explosión de este tipo podría generar una catástrofe humana, económica y ambiental de gran escala.

Presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: Casa Blanca.
Incluso se ha planteado una decisión controvertida para el propio Trump, relajar sanciones sobre el petróleo ruso para aumentar la oferta global de crudo.
Pero el riesgo mayor sigue siendo la posibilidad de una escalada regional, el mundo podría enfrentar una nueva versión de la llamada “guerra de petroleros” que marcó la región en los años 80′, pero ahora con tecnología mucho más destructiva.
Finalmente, en Washington surgió una advertencia que tensiona aún más el ambiente. Tras una reunión a puertas cerradas del Comité de Servicios Armados del Senado, el senador demócrata Richard Blumenthal declaró que existe la posibilidad de que Estados Unidos termine desplegando tropas en territorio iraní.
Pasar de una campaña aérea a una intervención terrestre significaría cruzar un punto de no retorno. La historia reciente de Irak y Afganistán demuestra que entrar en una guerra en Medio Oriente puede ser relativamente rápido, pero salir suele ser extremadamente difícil.
Irán, además, posee una geografía montañosa y compleja que favorecería un enfrentamiento de guerrillas prolongada. Incluso si el liderazgo militar iraní fuera golpeado, sus estructuras están diseñadas para operar de forma descentralizada.
Por eso, muchos expertos coinciden en que una invasión terrestre podría convertir este conflicto en una guerra larga, costosa y profundamente desestabilizadora para todo el sistema internacional. Y en ese escenario, la pregunta ya no sería cuándo terminará la guerra, sino cuánto está dispuesto a pagar el mundo por ella.

