La tregua, más que consolidarse, parece estar resquebrajándose a una velocidad acelerada.
La tregua según quién
Todo comenzó con el ultimátum del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, quien fijó las 8 de la tarde del 7 de abril como fecha límite para que Irán aceptara un acuerdo, advirtiendo que, de lo contrario, “toda una nación podría morir en una sola noche”. Horas antes de cumplirse ese plazo, el propio Trump anunció un principio de acuerdo mediado por Pakistán.

De izquierda a derecha: Marco Rubio, secretario de Estado; el presidente Donald Trump y Pete Hegseth, secretario de Guerra. Foto: Casa Blanca.
La narrativa oficial lo presentó como un éxito, un alto al fuego bilateral que incluía la reapertura del estratégico estrecho de Ormuz.
Los mercados reaccionaron de inmediato y el precio del petróleo cayó con fuerza, los futuros repuntaron y se instaló la sensación de alivio global. Pero esa calma duró poco. Porque, como en toda guerra, la verdad fue la primera víctima y rápidamente aparecieron las grietas de este acuerdo.
Lo que la Casa Blanca presentó como una nueva propuesta iraní de 10 puntos resultó ser, en realidad, el mismo marco que Teherán había puesto sobre la mesa desde el inicio del conflicto. Es decir, lejos de imponer condiciones, Estados Unidos terminó aceptando, bajo la presión autoimpuesta, los términos mínimos de Irán. Entre ellos, el control compartido del estrecho de Ormuz junto a Omán, el cobro por el tránsito de buques, el levantamiento de sanciones, la salida de EE.UU. de la región y la continuidad del programa nuclear con fines civiles.
Desde una perspectiva estratégica, Irán no solo no cedió, sino que fortaleció su posición. Pero lo más relevante no es quién ganó la negociación, sino que ni siquiera hay acuerdo sobre qué se negoció. Mientras Washington sostiene que estos puntos son apenas una base inicial, Teherán afirma que son condiciones ya establecidas. Esta desconexión convierte cualquier proceso de negociación en algo prácticamente inviable. Y es precisamente ahí donde la tregua comienza a romperse.
El Parlamento iraní, a través de su portavoz, Mohammad Bagher Ghalibaf, acusó que al menos tres puntos del acuerdo ya han sido vulnerados incluso antes de iniciar las conversaciones formales. Primero, la continuidad de los ataques israelíes en el Líbano. Segundo, la incursión de drones en espacio aéreo iraní. Y tercero, el cuestionamiento al derecho de Irán a enriquecer uranio, factor que, según Teherán, estaba explícitamente contemplado.
Frente a lo anterior, el vicepresidente de los EE.UU, JD Vance, aseguró que esto era un proceso normal en los altos al fuego y cuestionó que Ghalibaf supiera bien inglés. La autoridad indicó que la inclusión del Líbano en el tratado es un «mal entendido» y si las negociaciones se caen por esto, será por su «propia decisión».

JD Vance, vicepresidente de Estados Unidos, participa de la recepción de los cuerpos de los soldados estadounidenses fallecidos en la guerra. Vía X@JDVance.
Con este escenario, la propia dirigencia iraní ha sido clara, negociar en estas condiciones es, simplemente, “irrazonable”.
El factor más desestabilizante: Israel
El gobierno de Benjamin Netanyahu nunca se sintió parte de este acuerdo. De hecho, ha actuado en consecuencia. Mientras Estados Unidos hablaba de alto al fuego, Israel intensificaba su ofensiva en el Líbano contra Hezbollah, asegurando que ese frente no está incluido en la tregua.
En las últimas horas, se registró el mayor bombardeo sobre Beirut desde el inicio del conflicto, con más de 160 misiles en 10 minutos impactando la capital libanesa dejado cientos de muertos. Un ataque de esta magnitud, en pleno alto al fuego, no solo contradice el espíritu del acuerdo, sino que lo vacía completamente de contenido.
Mientras, Pakistán, como mediador, sostiene que el alto al fuego incluía a toda la región, incluyendo al Líbano, pero tanto Washington como Tel Aviv han desmentido esa interpretación. El propio Trump ha señalado que los combates en el Líbano son “una pelea diferente”, alineándose de facto con la estrategia israelí. Situación que deja a la tregua en una situación insostenible.
Irán ha advertido que no participará en negociaciones mientras continúen los ataques en el Líbano y ha amenazado con responder militarmente si Israel no detiene su ofensiva. Además, ha comenzado a restringir el tránsito en el estrecho de Ormuz, lo que vuelve a poner en riesgo el suministro energético global y reactiva la presión sobre los mercados del petróleo.
Pensar en que el viernes efectivamente se den las negociaciones presenciales el Islamabad, ya parece ser muy difícil de ver que lleven a algo concreto, o si quiera se hagan.

Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel junto a Donald Trump, presidente de Estados Unidos, en el despacho oval de la Casa Blanca. Vía X@WhiteHouse.
Nuevos ataques tensionan aún más la tregua
En Arabia Saudita, drones impactaron una estación clave del oleoducto Petroline, la principal alternativa para exportar petróleo sin depender de Ormuz. Aunque los daños fueron contenidos, el mensaje es contundente, no hay rutas seguras.
En paralelo, Irán denunció ataques contra instalaciones críticas como la isla de Kharg y la refinería de Lavan, acusando incluso la posible participación de los Emiratos Árabes Unidos. Aunque esto no ha sido confirmado, la sola sospecha abre un escenario extremadamente delicado, que podría fracturar la alianza regional impulsada por Estados Unidos.
Aquí aparece un concepto clave para entender el momento actual, el “efecto tenaza”. Tanto Irán como sus adversarios están demostrando que pueden golpear simultáneamente los puntos críticos de exportación energética del otro. Es decir, incluso en tregua, ambos tienen la capacidad de asfixiar económicamente a su rival, por lo que transforma el alto al fuego en una paradoja, una pausa formal en los combates directos, pero con una escalada indirecta que mantiene e incluso aumenta—la tensión.
En relación con lo anterior, se suma un elemento aún más peligroso, la incertidumbre sobre quién está detrás de ciertos ataques. Las acusaciones cruzadas, la posibilidad de operaciones encubiertas o incluso de acciones de falsa bandera generan un entorno donde cualquier incidente puede detonar una escalada mayor.
Para Estados Unidos, el riesgo es doble. Por un lado, pierde control sobre sus propios aliados si se confirma que actores regionales están operando por cuenta propia. Por otro, debilita su posición negociadora frente a Irán, que puede argumentar que la verdadera fuente de inestabilidad no es Teherán, sino el bloque que Washington intenta liderar.

Protesta iraní
Así, la tregua que fue presentada como un logro diplomático comienza a revelarse como una trampa. Una pausa sin consenso real, sin condiciones claras y sin actores alineados. Una tregua que, en la práctica, ya está rota o que más bien, nació muerta.
Porque cuando continúan los bombardeos, cuando se vulneran los términos antes de empezar a negociar, cuando los actores clave no reconocen el mismo acuerdo y cuando la infraestructura energética sigue siendo blanco de ataques, el concepto mismo de alto al fuego pierde sentido.
Lo que queda entonces no es una pausa hacia la paz, sino un intervalo inestable dentro de un conflicto que sigue expandiéndose.
En ese escenario, la reunión prevista en Islamabad aparece más como un intento desesperado por contener la crisis que como una instancia real de resolución.
En definitiva, la guerra en Medio Oriente no se ha detenido, solo ha cambiado de forma y esta tregua, lejos de cerrar el conflicto, podría estar marcando el inicio de una fase aún más peligrosa, donde la incertidumbre, la fragmentación y los errores de cálculo se convierten en los verdaderos protagonistas.

