El caldero de tensiones en el Medio Oriente está lejos de enfriarse y sigue sumando frentes. Este lunes 13 de abril el estrecho de Ormuz vuelve a estar cerrado, pero esta vez no por Irán, sino que Estados Unidos, que bajo el mandato del presidente Donald Trump ha establecido un bloqueo directo sobre esta ruta estratégica.
La medida inaugura una nueva y preocupante fase en la guerra que involucra a Irán, Israel y Estados Unidos, un conflicto que ya se encamina hacia su segundo mes sin señales claras de desescalada.
Una negociación destinada a fracasar
Hasta hace apenas unos días, los mercados internacionales parecían aferrarse a la esperanza de que las hostilidades cesaran con la cumbre que tuvo lugar el pasado viernes, en Islamabad, capital de Pakistán, donde se dio la primera ronda de negociaciones entre delegaciones estadounidenses e iraníes.

En la izquierda JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos. En la derecha, Mohamad Ghalibaf, presidente del parlamento iraní. Foto: Prensa JD Vance y Shebhaz Shariff.
El encuentro, que en un principio pareció estar en peligro tras la negativa israelí de detener su frente en el Líbano, generó que el precio del crudo Brent retrocediera bajo los 100 dólares, las bolsas se tiñeron de verde y los temores de una recesión global parecían disiparse.
El contraste fue un brutal ejemplo de la volatilidad de nuestros días. En cuestión de horas, el mundo pasó de temer la destrucción de una civilización entera, tal como amenazó Trump, a presenciar un intento de diálogo directo entre Washington y Teherán.
La delegación estadounidense, encabezada por el vicepresidente JD Vance, se reunió con altos representantes iraníes, entre ellos el canciller Abbas Araghchi y el presidente del Parlamento, Mohamad Ghalibaf, quien, según reportes estadounidenses, habría sorprendido con su capacidad negociadora a los norteamericanos, que lo tildaron de ser el cerebro detrás de Irán. Fueron cerca de 21 horas de negociaciones intensas que terminaron sin acuerdo definitivo.
El propio presidente estadounidense, Donald Trump, lo resumió con su estilo característico: “Se acordaron la mayoría de los puntos, pero el único que realmente importaba, el nuclear, no”. Y fue precisamente ese fracaso el que detonó el siguiente movimiento.
Sin mayor preámbulo, Trump anunció el bloqueo del estrecho de Ormuz como medida de presión para forzar un mejor acuerdo.
Las declaraciones posteriores del vicepresidente Vance reflejan la tensión del momento. Si bien dejó abierta la puerta a futuras conversaciones, fue claro en señalar que Irán no aceptó las “líneas rojas” de Washington. Desde Teherán, en tanto, se acusaron a Estados Unidos de imponer exigencias “ilegales e irrazonables”.
Aun así, mediadores como Pakistán, Arabia Saudita y Turquía continúan intentando acercar posiciones, en un proceso que, aunque golpeado, no está completamente roto.

Caza bombardero F-35B Lightning II abordo del portaaviones USS Tripoli (LHA 7) llevando a cabo operaciones nocturnas en el mar arabigo. Vía X@CENTCOM.
En paralelo a ese frágil canal diplomático, tal como prometió Trump, este lunes Estados Unidos ha comenzado a aplicar un bloqueo naval selectivo. Se interceptará todo buque que entre o salga de puertos iraníes, permitiendo únicamente el tránsito de embarcaciones con otros destinos. En la práctica, esto convierte al estrecho de Ormuz en un cuello de botella militarizado, donde cada barco puede ser inspeccionado, retrasado o incluso detenido.
La medida ya cuenta con el despliegue de al menos 15 buques de guerra estadounidenses que están posicionados para hacer cumplir el bloqueo. Trump ha ido más allá, advirtiendo que cualquier embarcación que intente vulnerarlo podría ser “eliminada de inmediato”.
Irán, por su parte, ha calificado la acción como un acto de piratería y ha advertido que, si sus puertos son amenazados, ningún punto del Golfo estará a salvo de represalias.
El mercado energético, altamente sensible a la incertidumbre, reaccionó de inmediato, el precio del Brent ha vuelto a superar los 100 dólares, mientras las primas de seguros para transporte marítimo se disparan. El estrecho de Ormuz no es solo una ruta más; es la verdadera “yugular” del sistema energético mundial.
Y el problema no se limita al petróleo. El gas natural licuado de Catar, vital para Europa y Asia, también depende de esta vía. Las cadenas logísticas comienzan a tensionarse, los costos aumentan y el riesgo de interrupciones masivas crece. En paralelo, países del Golfo que importan gran parte de sus alimentos enfrentan una amenaza adicional, una crisis de abastecimiento de alimentos que podría escalar rápidamente.
Estrategias superpuestas: EE.UU. e Israel apuntan hacía distintos lados
A todo lo anterior se suma un factor crítico, el riesgo de error de cálculo. Si Estados Unidos intercepta un buque chino o indio, principales compradores del crudo iraní, el conflicto podría escalar más allá de la región.
El almirante Dong Jun, jefe de la marina de China, lanzó una advertencia y recordatorio a EE.UU., “el estrecho de Ormuz está abierto para nosotros. Espero ser claro con eso”, y señaló que espera que nadie interfiera en los asuntos chinos.

Almirante de marina, Dong Jun Ministro de defensa de China. Vía X@jacksonhinklle.
En este contexto, la estrategia de la Casa Blanca parece clara, asfixiar económicamente a Teherán. El objetivo es cortar sus ingresos petroleros, debilitar su economía y forzar una negociación en términos más favorables.
Sin embargo, esta apuesta no está exenta de riesgos. La propia evolución del conflicto está demostrando que la guerra asimétrica iraní es capaz de hacer más daño del que EE.UU. es capaz de asumir, al menos políticamente en un año de cruciales elecciones.
Irán aún conserva cartas importantes, su capacidad de interrumpir el tráfico marítimo no solo en Ormuz gracias a su red de aliados regionales y su potencial para responder de manera asimétrica, ya sea mediante drones, ataques a infraestructuras o incluso sabotaje de rutas críticas.
Desde Israel, en tanto, la lectura es distinta. El primer ministro Benjamin Netanyahu ha señalado que el alto al fuego podría romperse en cualquier momento.
Para el gobierno israelí, esta guerra forma parte de una estrategia de largo plazo, construida por décadas y orientada a debilitar a sus adversarios regionales y consolidar su posición estratégica. Las fuerzas israelíes ya se preparan para una posible reanudación de las hostilidades.
Las declaraciones del mandatario israelí llegan luego de un reportaje del New York Times, en el que detallaban cómo Netanyahu habría convencido a Trump de iniciar esta guerra, aún cuando dentro de su propio gabinete la idea parecía una “tontería”. Luego de está publicación, lo que parecía un secreto a voces tomaba forma y, más allá de que tanto desde los gobiernos de EE.UU. como Israel lo desmintieran, en la opinión pública el hito quedó marcado.
Tanto así que las recientes declaraciones de Netanyahu, asegurando que JD. Vance le informó todos los detalles de las negociaciones en Islamabad, no hace más que alimentar lo que ya parece un hecho: la cúpula de poder estadounidense responde a los intereses de un pequeño país, que poco a poco se infiltró en Washington y ahora sigue presionando por reanudar la guerra.

Benjamin Netanyahu, primer ministro de Israel junto a militares de la fuerza aérea de Israel. Vía X@netanyahu
Dentro del cálculo israelí, esta tregua solo sirvió para que Irán pudiera reorganizarse y recibir armamento y ayuda desde Rusia y China, informes que el gigante asiáticos niega tajantemente.
El bloqueo del estrecho de Ormuz no implica necesariamente volver a la guerra abierta, pero sí eleva la presión a niveles críticos. La estrategia de Trump parece evitar una intervención terrestre directa sabiendo las consecuencias que eso podría traer, apostando en cambio por una “tenaza económica” que obligue a Irán a ceder.
Un error, una provocación o una respuesta desmedida podrían desencadenar una escalada mayor. En paralelo, el sistema económico global comienza a mostrar señales de fatiga, rutas alternativas saturadas, puertos congestionados y restricciones en el financiamiento del comercio internacional.
En el fondo, lo que está en juego es el modelo mismo. Durante décadas, el comercio internacional operó bajo el supuesto de libre navegación. Hoy, ese principio está siendo cuestionado, y su costo militar, político y económico comienza a hacerse evidente.






