A casi dos meses del inicio de la guerra en Medio Oriente, la incertidumbre sigue marcando el pulso de un conflicto que ha puesto en el centro del tablero global al estrecho de Ormuz, una de las rutas marítimas más sensibles del planeta, donde transita cerca del 25% del petróleo mundial, además de gas, fertilizantes y otros insumos críticos para la economía global. Hoy, a menos de 24 horas de que expire la tregua de 10 días —este martes 21 de abril—, el mundo sigue sin claridad sobre lo que viene.
La atención está puesta en Islamabad, capital de Pakistán, donde se espera una reunión clave entre delegaciones de Estados Unidos e Irán. Pero las señales son tan difusas como contradictorias.
El presidente estadounidense, Donald Trump, insiste en que un acuerdo podría cerrarse incluso este lunes, mientras su vicepresidente, JD Vance, ya se encuentra en la zona. Desde Irán, en cambio, mantienen una postura más rígida, rechazando cualquier entendimiento mientras Washington sostenga lo que califican como posiciones “maximalistas” y actitudes contradictorias de Trump.

En la izquierda JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos. En la derecha, Mohamad Ghalibaf, presidente del parlamento iraní. Foto prensa JD Vance y Shebhaz Shariff
El terremoto de la guerra en nuestro lado del mundo
Más allá de si hay acuerdo o no en las próximas horas, lo cierto es que el impacto económico de este conflicto ya está en marcha. Estamos frente a lo que la Agencia Internacional de la Energía (AIE) ha denominado como la mayor disrupción en el comercio energético global de la historia. Como si de un terremoto se tratase, sus réplicas no desaparecen de un día para otro, incluso si el estrecho vuelve a operar con normalidad.
Si las hostilidades se reanudan, las réplicas de ese terremoto podrían ser incluso más fuertes que el temblor inicial. Ya no se trataría solo de volatilidad financiera o ajustes en los mercados, sino de un shock de oferta, es decir, una situación en la que simplemente no hay suficiente petróleo para satisfacer la demanda global. Y eso, históricamente, es el tipo de crisis que empuja al mundo entero hacia recesiones profundas.
En América Latina, el impacto no es directo, pero sí altamente amplificado. La región funciona como una caja de resonancia de los shocks externos. En ese contexto, hay tres dimensiones clave que comienzan a tensionarse: la estabilidad macroeconómica, la seguridad alimentaria y el posicionamiento geopolítico.
Chile es particularmente vulnerable en este escenario. Aunque no depende directamente del petróleo del Golfo Pérsico, importa cerca del 95% del crudo que consume. Por lo tanto, cualquier alteración en el precio internacional se traduce casi de inmediato en presión inflacionaria interna. Ya lo vimos hace pocas semanas, el 26 de marzo se registró un alza histórica de $370 en las bencinas y $580 en el diésel, que fue propiciada tras la modificación del instrumento de estabilización de los precios internacionales, conocida como MEPCO.
Hoy el barril Brent se mueve en torno a los 96 dólares, pero con una fuerte prima de riesgo. Si el conflicto escala, los escenarios parecen claros para los economistas, el precio del crudo podría sobrepasar los 120 dólares en cuestión de horas, algunos modelos incluso proyectan niveles de 180 a 200 dólares en escenarios extremos. Según varios análisis de las firmas financieras más importantes, como Larry Fink de BlackRock, 150 dólares es el umbral para determinar una recesión global.

Foto: Aton/Europa Press.
¿Y qué significa eso para Chile? Que el precio de la gasolina podría superar los $1.700 por litro en los próximos meses. Aunque aquí entra en juego el MEPCO, el mecanismo de estabilización de precios, que hoy opera con reglas distintas: ajustes cada 4 semanas y con un tope que rodea los $50 por litro. Esto genera un efecto “escalera”, aunque el precio internacional suba de golpe, el impacto local se va traspasando lentamente, lo que podría extender el ajuste durante varios meses.
Más allá del petróleo: la minería y los fertilizantes de Chile
La minería, principal motor de la economía chilena y también comienza a resentir los efectos, pero no solo por el petróleo, sino que por un elemento más sofisticado, el azufre, clave para la lixiviación del cobre, sobre el 40% del comercio de este insumo pasa por el estrecho. Y a eso se suma una señal aún más compleja, China suspenderá desde mayo las exportaciones de ácido sulfúrico, un insumo del cual Chile importa más de un millón de toneladas al año.
Esto ocurre en un momento especialmente delicado, considerando que cerca del 20% de la producción cuprífera nacional depende de procesos de lixiviación. Mientras que, curiosamente, los precios del ácido sulfúrico han subido un 44% en el último mes, anticipando un escenario de mayores costos operativos, menor producción y presión sobre la competitividad del cobre chileno en los mercados internacionales.
Otro frente crítico es el de los fertilizantes. Países del Golfo como Arabia Saudita, Qatar y Emiratos Árabes concentran cerca de un tercio del comercio mundial de estos insumos. Y América Latina, incluido Chile, depende fuertemente de ellos. En nuestro país, el precio de la urea ha subido un 70% y los fosfatos cerca de un 50% en las últimas semanas.
Esto tiene consecuencias directas en la agricultura, por ejemplo, en la zona central y sur, los costos de producción de cultivos como el trigo y el maíz podrían aumentar entre $150.000 y $200.000 por hectárea. Y ese aumento no se queda en el campo, se traslada, con un rezago de algunos meses, a los precios de alimentos básicos como el pan, la leche o la carne.

Personas trabajando sobre terrenos agrícolas en Chile. Foto ODEPA
Allí, el riesgo deja de ser una cuestión netamente inflacionaria y pasa a afectar la propia seguridad alimentaria queda en entredicho. Si los pequeños y medianos agricultores no pueden financiar estos costos, simplemente plantarán menos. Eso reduce la oferta interna, generando presiones adicionales sobre los precios y aumentando la dependencia de importaciones.
A nivel regional, el panorama es igualmente complejo. Brasil, Argentina y otros grandes productores agrícolas dependen del flujo de fertilizantes del Golfo para sostener sus cosechas. Si ese flujo se interrumpe, el impacto se siente a nivel global, menos oferta de granos, mayores precios internacionales y tensiones políticas internas en múltiples países.
La proyección del Estrecho de Magallanes
El cierre de Ormuz, ha revalorizado las rutas marítimas globales, y en ese escenario, el Estrecho de Magallanes vuelve a ocupar un lugar central, no solo como alternativa logística, sino como un espacio de disputa simbólica y geopolítica en el extremo sur.
De hecho, en los últimos días, esta tensión ha dejado de ser teórica. Declaraciones del jefe del Servicio de Hidrografía Naval de Argentina reabrieron una controversia, al afirmar que la “boca” oriental del Estrecho de Magallanes pertenecería a su país. Aquello generó una rápida reacción desde Chile, donde Cancillería calificó los dichos como “infundados” y reafirmó que la soberanía nacional sobre el estrecho.
Pero más allá del episodio puntual, lo que revela es que la discusión sobre la “boca” del estrecho no es solo cartográfica, sino una señal de cómo las rutas marítimas vuelven a ser concebidas como espacios de influencia en un mundo en tensión.
En ese marco, cualquier disrupción en otras rutas, como el Canal de Panamá, Suez o el estrecho de Malaca, amplificaría automáticamente el valor del Estrecho de Magallanes. Chile mantiene soberanía plena sobre el estrecho y garantiza la libre navegación, pero ejerce control efectivo en aspectos clave como el practicaje, la seguridad marítima y la regulación del tránsito.
Este escenario obliga a reconfigurar la relación con Argentina, en una lógica de competencia o cooperación por la proyección hacia el sur, el control de rutas australes y el posicionamiento frente a la Antártica, especialmente considerando el horizonte de revisión del Tratado Antártico en 2048.
En definitiva, un conflicto a miles de kilómetros puede reactivar tensiones dormidas en nuestra propia región. Porque en el mundo actual, los estrechos no son solo geografía: son nodos de poder. Y cuando esos nodos se vuelven críticos, también resurgen las disputas —explícitas o implícitas— por su control.






