En las últimas décadas la situación epidemiológica en Chile ha experimentado una transformación importante. Hemos pasado de un escenario de desnutrición a uno de malnutrición por exceso y, lo que es quizás más complejo aún, a una inmovilidad de nuestra población. Según las últimas mediciones de la Encuesta Nacional de Salud, una cifra mayor al 80% de la población adulta se declara inactiva físicamente. Este es una crisis que compromete la sostenibilidad futura del sistema de salud y la calidad de vida de millones de chilenos.
La necesidad de aumentar los niveles de actividad física en el país va mucho más allá de modas, aspectos estéticos, o el rendimiento deportivo. Se trata de una medida que busca mantener la funcionalidad de la población. La inactividad física (no cumplir con las recomendaciones de actividad física de la OMS) es un catalizador de enfermedades no transmisibles (ENT), como la hipertensión, la diabetes tipo 2 y las patologías cardiovasculares, que hoy constituyen la principal causa de mortalidad en Chile. Al no movernos, nuestro metabolismo se enlentece y la inflamación crónica se vuelve la norma, no la excepción.
Además, la falta de actividad física genera un impacto en la salud mental. En una sociedad con altos índices de ansiedad y depresión, la actividad física actúa como una herramienta terapéutica natural, capaz de regular neurotransmisores y reducir el cortisol, la hormona del estrés, de forma más efectiva y económica que muchas intervenciones farmacológicas.
Para abordar este problema, debemos dejar de culpabilizar exclusivamente al individuo. La falta de actividad física en Chile está ligada a distintos factores estructurales, como por ejemplo:
- Entornos urbanos: Muchas comunas carecen de áreas verdes seguras o ciclovías conectadas, lo que desincentiva el transporte activo.
- Cultura laboral: Jornadas extensas y una cultura de “presencialismo” frente a las pantallas de un computador dejan un escaso margen para el movimiento.
- Brecha socioeconómica: El acceso a recintos deportivos o gimnasios privados con un alto estándar de equipamiento, suele estar segmentado por el ingreso, convirtiendo el ejercicio en un privilegio en lugar de un derecho.
Revertir esta tendencia exige un enfoque multisectorial. No basta con campañas comunicacionales como “Elige Vivir Sano” si no se acompañan de cambios en la planificación urbana y en las políticas laborales. Necesitamos ciudades diseñadas para promover la actividad física, con áreas verdes suficientes en calidad y cantidad, así como un sistema educativo donde la Educación Física sea valorada como un pilar fundamental del desarrollo cognitivo y la salud actual y futura de nuestros estudiantes.
Es necesario entender que cada minuto que pasamos en movimiento es una inversión que reduce la carga de enfermedades futuras, mejora la productividad y la salud mental de nuestra población. La meta no es convertir a todos en atletas de élite, sino que debemos sacar al ciudadano común de la silla o el sofá, promoviendo hábitos tan simples como caminar, usar la bicicleta o realizar pausas activas. Movernos debe volver a ser parte de nuestra identidad cotidiana si queremos aspirar a un Chile realmente saludable.






