La gira del Papa León XIV por África, concluye este jueves 23 de abril y ya es considerado un recorrido histórico. No solo por tratarse de su primera gira como líder de la Iglesia Católica, sino porque su visita se produce en un contexto global marcado por el reordenamiento del poder internacional que también atraviesa al mundo religioso. Un contexto de cambios donde la Iglesia Católica quiere volver a recuperar la influencia de la que alguna vez gozo.
León XIV asumió el papado el 8 de mayo de 2025, heredando una Iglesia profundamente marcada por la impronta de su predecesor, el Papa Francisco. Su legado no fue solo un conjunto de ideas, sino una reorientación fundamental del ADN de la Iglesia.
Francisco la impulsó a mirar hacia las “periferias” geográficas y existenciales, con un magisterio centrado en la justicia social, los migrantes y una ecología integral, denunciando sin ambages la “economía que mata”. Su voz se convirtió en un referente global precisamente por su independencia de los bloques de poder. El desafío para León XIV es claro, mantener viva esa Iglesia “en salida” y comprometida, pero en un mundo aún más fragmentado.
El itinerario del viaje recorrió cuatro países del continente africano, Argelia, Camerún, Angola y Guinea Ecuatorial, una elección que no es casual y refleja una decisión estratégica, priorizar las “periferias”. León XIV evita los grandes polos de poder católico para instalarse en territorios donde la Iglesia enfrenta desafíos estructurales o es minoritaria. Con ello, el Vaticano busca reforzar una narrativa que le otorga legitimidad desde los márgenes, posicionándose como un actor cercano a los espacios de mayor vulnerabilidad política y social.

Papa León XIV. Foto: Wikimedia Commons.
En Argelia, esta lógica adquiere una dimensión particularmente relevante. La visita a la Gran Mezquita de Argel, la tercera más grande del mundo, se transforma en un gesto de alto contenido político en un contexto global donde la religión ha vuelto a ser instrumentalizada en conflictos internacionales, especialmente en la guerra entre Irán, Israel y Estados Unidos, o el frente libanés, que no se pueden entender del todo si no se toma en cuenta la dimensión religiosa que atraviesa el conflicto.
El Papa calificó la visita como una prueba de que “podemos aprender a respetarnos mutuamente, vivir en armonía y construir un mundo de paz”. Un mensaje que apunta a desactivar la lógica de confrontación entre mundos religiosos, especialmente en medio de la guerra en Oriente Medio y que su pedido de detener las hostilidades le llevó una dura y cuestionada respuesta por parte del presidente de Estados Unidos, Donald Trump.
En ese contexto internacional marcado por guerras, rivalidades estratégicas y el uso de narrativas religiosas como herramientas de legitimación política, las palabras de León XIV —quien ha llamado a no invocar a Dios para justificar la violencia— funcionan como una crítica indirecta, pero clara, a ciertas dinámicas del sistema internacional contemporáneo.
Uno de los ejes centrales que queda de manifiesto en la gira es el despliegue del llamado “soft power” que ejemplifica la figura del Papa. A diferencia de los Estados, el Vaticano no opera mediante coerción o incentivos económicos, sino a través de la autoridad moral. Las visitas a cárceles, hospitales y centros de migrantes no son solo gestos simbólicos, son intervenciones que buscan instalar una agenda ética global.
Al poner el foco en los más vulnerables, León busca obligar a los gobiernos a posicionarse frente a temas como la justicia social, la dignidad humana y los derechos fundamentales.

El Papa León XIV, sumo pontífice de la Iglesia Católica junto a Mohamed Mamoun Al Qasimi, el rector y decano de la Gran Mezquita de Argel (Djamaa el Djazaïr) en Argelia, visitando la Mezquita. Foto: Vaticano.
Este enfoque se vuelve especialmente significativo en África, un continente atravesado por una intensa disputa internacional por sus recursos. En países como Angola y Guinea Ecuatorial, León XIV ha denunciado lo que define como una “colonización de recursos”, donde la explotación externa no se traduce en desarrollo local, sino en desigualdad y conflicto. Su crítica no sólo interpela a los gobiernos africanos, sino también a las potencias que operan en la región, posicionando al Vaticano como una voz incómoda dentro del statu quo global.
En su visita a Bamenda, Camerún, epicentro de un conflicto separatista, hizo una intervención directa a favor de la paz, donde aboga por la reconciliación nacional y la justicia como bases para una paz duradera.
Sin embargo, esta estrategia enfrenta tensiones evidentes. La presencia del Papa en regímenes autoritarios plantea un dilema, mientras su visita puede ser leída como una forma de legitimación internacional, sus discursos introducen una presión ética directa sobre esas mismas autoridades. Este equilibrio entre diálogo y crítica es característico de la diplomacia vaticana, pero también abre cuestionamientos sobre sus límites reales.
A esto se suma una dimensión histórica difícil de eludir. En el Sur Global, la Iglesia Católica arrastra el peso de su vínculo con los procesos coloniales. Durante siglos, su expansión estuvo asociada a estructuras de dominación política y cultural. Esta memoria histórica condiciona la recepción del mensaje papal, generando escepticismo frente a su pretensión de erigirse como un actor moral global independiente.
Para muchos intelectuales africanos, esto es una forma sutil de neocolonialismo mediático, la voz del Sur Global solo es válida cuando es pronunciada por un hombre blanco (o de piel clara) con sede en Roma.

Donald Trump y el Papa León XIV.
Por eso, el desafío que tiene la figura de León XIV para Robert Prevost, el nombre real del Papa, es ser capaz de construir, como lo hizo Francisco, un contraste frente otros liderazgos globales, particularmente el de Donald Trump. Mientras este último encarna una lógica de poder basada en la transacción, la presión y los resultados inmediatos, el Papa apuesta por la persuasión, los valores y el largo plazo.
Este contraste ya se ha hecho evidente en temas como la protección de minorías, la defensa del derecho internacional o la migración, donde el pontífice promueve una narrativa de acogida frente a enfoques centrados en el cierre de fronteras. Pero donde más se ha plasmado esta contraposición, es con la guerra, de la cual el sumo pontífice constantemente hace mención, asegurando que “Dios no escucha a quienes hacen la guerra”, tras la polémica con Trump
En definitiva, la gira del Papa León XIV por África revela tanto el potencial como los límites del poder blando en la política internacional. El Vaticano no dispone de herramientas coercitivas, pero sí de una capacidad única para influir en el plano simbólico y moral. La interrogante es hasta qué punto esa influencia puede traducirse en transformaciones concretas en un sistema internacional cada vez más marcado por la competencia, la desigualdad y el conflicto.






