Convivencia escolar: ¿qué estamos naturalizando en los primeros años?

  • 24-04-2026

Hace unos días, una madre con gran tristeza y angustia me contó algo que me dejó sin palabras. Un niño de seis años intentó ahorcar a otro en el baño del colegio. Lo que más me impactó no fue solo el hecho en sí, sino la reacción de las adultas a cargo: lo minimizaron. “Son cosas de niños”, dijeron. Y ahí, en esa frase, está uno de los problemas más profundos que enfrentamos hoy en nuestras escuelas: estamos naturalizando la violencia desde los primeros años, cuando precisamente esos años son los más decisivos para construir otra forma de estar juntos.

Las noticias nos sorprenden cada vez con más frecuencia. Peleas filmadas, acoso sistemático, agresiones dentro de las salas y los pasillos. Y la respuesta institucional suele moverse entre dos extremos igualmente insuficientes: el castigo o la indiferencia. Posibles soluciones ¿revisamos mochilas, instalamos cámaras, controlamos accesos, expulsar, poner condicional a niños y niñas? Como si la violencia fuera un objeto que alguien trae desde afuera y no algo que también se aprende, o no se aprende a desactivar, dentro de la propia escuela.

La educación de los primeros años no puede reducirse a contenidos ni a habilidades cognitivas, ¿qué estamos haciendo con la dimensión emocional y vincular de la infancia? Los niños y niñas aprenden, fundamentalmente, a través de las relaciones que el bienestar emocional no es un complemento del aprendizaje sino su condición. Un niño que no sabe qué hacer con su rabia, que no ha visto modelos positivos de resolución pacífica de conflictos, que no ha sido escuchado cuando sintió miedo o injusticia, no va a aprender eso solo porque le enseñemos anticipadamente a leer o figuras geométricas.

La pregunta entonces no es solo qué hacen los niños, sino qué hacemos los adultos. Cómo reaccionamos cuando hay un conflicto. Si nos agachamos a la altura de los ojos de un niño de seis años a preguntarle qué pasó, o si simplemente lo mandamos a sentarse o a inspectoría. Si en nuestros ambientes de aprendizaje hay momentos para hablar de lo que se siente, o preocuparse de otro u otra que le ha pasado algo, o no hay tiempo porque hay que pasar la “materia” y no atrasarse.

La convivencia escolar no se decreta ni se resuelve con un reglamento. Se construye cotidianamente en los gestos pequeños, en cómo un educador reflexiona y se autoanaliza ¿cómo estoy? ¿cuáles son mis actitudes? ¿cómo les hablo a los niños y niñas? Creo que, así como esto es un llamado a los y las educadoras, también lo es para las familias y adultos de esta sociedad.

Necesitamos entre todos practicar la empatía no como concepto sino como ejercicio diario: ¿cómo crees que se sintió tu compañero de trabajo con lo que le dijiste? O bien en casa con los niños y niñas, ¿qué podrías haber hecho distinto cuando tu compañero se enojó? ¿cómo podrías pedir las cosas de una manera más amable?

Esto no es ingenuidad pedagógica. Es evidencia. Décadas de investigación en desarrollo y aprendizaje infantil muestran que las interacciones pedagógicas son clave, reduciendo significativamente las conductas agresivas, mejoran el clima de aula y fortalecen los vínculos entre pares. No como magia, sino como resultado de una educación que toma en serio que los niños y niñas son sujetos de derechos, con derecho no solo a aprender matemáticas sino a crecer en ambientes seguros, afectuosos y justos.

En el caso expuesto al inicio, ¿quién está siendo garante de los derechos de ese niño de seis años que ahorcó, y del que fue ahorcado? Los dos necesitan adultos presentes. Los dos merecen una escuela que no mire para el lado.

La violencia que hoy vemos en las escuelas no cayó del cielo. Se fue instalando en los silencios, en las omisiones, en cada vez que un adulto dijo: “Son cosas de niños” y siguió caminando. Romper ese ciclo es una responsabilidad pedagógica, ética y política. Empieza mucho antes de lo que creemos: empieza en la sala cuna cuando la diferencia es entre dejar llorar a las guaguas o abrazarlas cariñosamente; en el jardín infantil cuando acompañamos en las primeras interacciones para que sean gratas; en el primer día de clases de un niño de seis años que todavía está aprendiendo qué significa vivir con otros.

Ese es exactamente el momento en que no podemos mirar para otro lado.


Dra. Mónica Manhey M. Académica Asociada, coordinadora del Núcleo de Investigación en Primera Infancia y Políticas Públicas, Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Chile.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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