En el Día Mundial del Multilateralismo y la Diplomacia para la Paz, el conflicto entre Estados Unidos e Irán, parece estar muy lejos de lo que hoy se celebra. El conflicto está en un punto muerto crítico que combina estancamiento diplomático con una creciente presión militar.
El escenario actual sugiere que la reanudación de las hostilidades podría estar a la vuelta de la esquina, especialmente mientras el Estrecho de Ormuz continúa generando efectos disruptivos en la economía global.

Mapa del estrecho de Ormuz.
En paralelo, filtraciones desde el Pentágono han tensionado la ya golpeada cohesión dentro de la OTAN, revelando la intención de Washington de evaluar sanciones contra aliados como España y el Reino Unido por su falta de alineamiento en el conflicto, abriendo una grieta sin precedentes dentro del tratado trasatlántico.
El reloj en marcha: Se agota el tiempo de la diplomacia y la sombra de la guerra emerge
Este 24 de abril, el panorama se define por un doble bloqueo naval y una diplomacia de “última oportunidad” que parece acercarse peligrosamente al colapso. El presidente Donald Trump ha insistido en que cualquier acuerdo pasa necesariamente por que Teherán corte el financiamiento a Hezbolá, una exigencia que viene como una exigencia más de Tel Aviv que de Washington. Mientras tanto intenta sostener una frágil extensión de tres semanas más de alto al fuego entre Israel y el Líbano.
En este contexto, la Casa Blanca ha convertido el bloqueo naval en su principal herramienta de presión. Oficialmente, se presenta como una medida para arrebatar a Irán el control estratégico del Estrecho de Ormuz, pero en la práctica funciona como un mecanismo de asfixia económica dirigida encontra del régimen, pero al mismo tiempo también lo es para EE.UU.
La administración estadounidense asegura que el bloqueo es completamente efectivo y que está generando pérdidas cercanas a los 500 millones de dólares diarios para Teherán. La idea manifiesta es forzar concesiones a través del colapso económico. Sin embargo, esta estrategia está provocando efectos colaterales significativos, desde disrupciones en el comercio global hasta denuncias por crisis humanitaria.
Además los datos contrastados de la ofensiva reflejan una dinámica muy distinta, según reportes de medios estadounidenses, Washington estaría gastando cerca de mil millones de dólares diarios en municiones, agotando parte significativa de su arsenal estratégico y comprometiendo incluso su capacidad de respuesta en otros escenarios como el Indo-Pacífico.
Irán, por su parte, ha respondido con una combinación de presión militar y maniobras diplomáticas. Mientras acusa a Estados Unidos de “piratería” tras la captura de embarcaciones en el Golfo de Omán, también intenta mantener abierta una vía de negociación.
El canciller Abbas Araghchi ha reiterado su disposición a alcanzar un acuerdo “justo”, aunque condicionado al levantamiento del bloqueo. En paralelo, Teherán insiste en que el control del estrecho sigue en sus manos, construyendo una narrativa de fortaleza interna que busca neutralizar cualquier percepción de debilidad.

En la izquierda JD Vance, vicepresidente de los Estados Unidos. En la derecha, Mohamad Ghalibaf, presidente del parlamento iraní. Foto prensa JD Vance y Shebhaz Shariff
El foco inmediato está puesto en las negociaciones que se desarrollan en Islamabad, Pakistán, donde representantes de ambas partes buscan una salida antes de un plazo crítico que vence este fin de semana. De fracasar estas conversaciones, el escenario más probable —según fuentes estadounidenses— sería una nueva ola de ataques aéreos sobre infraestructura iraní, marcando un punto de no retorno.
Todo apunta a que estás negociaciones difícilmente lleguen a buen puerto, mientras Arahgchi viaja a Pakistán, EE.UU estaría enviando a sus enviados especiales, Steve Witkoff y Jared Kushner. El detalle es que ambos países están dejando de lado a sus 2 figuras centrales de negociación, el vicepresidente JD. Vance y el presidente del parlamento iraní Mohammad Ghalibaf.
En el plano militar, la escalada es evidente. El despliegue de un tercer portaaviones estadounidense, el USS George H.W. Bush, junto con miles de marines adicionales, refuerza la presencia de Washington en la región. Este movimiento, más allá de su impacto operativo, tiene un fuerte componente simbólico, aumentar la presión sobre Irán sin necesidad de iniciar ataques directos.
Sin embargo, cómo ya hemos visto antes bajo la administración de Trump, este tipo de acumulación de fuerzas precede a una escalada, especialmente en un contexto donde las líneas de comunicación diplomática están debilitada.
El ultimátum impuesto por Trump para que Irán presente una contraoferta expira este mismo fin de semana, y la falta de avances concretos podría desencadenar una nueva ola de bombardeos sobre infraestructuras energéticas iraníes.
A esto se suman informes desde Estados Unidos que habla de una eventual fractura interna en Teherán, donde sectores más duros como la Guardia Revolucionaria estarían ganando influencia frente a los negociadores, aumentando la probabilidad de una respuesta más agresiva en el corto plazo.
Trump ya ha ordenado a su marina a “disparar a matar” en contra de buques o embarcaciones iraníes que continuén minando el estrecho de Ormuz. Algo que choca con sus grandilocuentes afirmaciones de semanas previas, en las que aseguro haber destruido toda la capacidad naval iraní.

Infografía compartida por redes sociales del CENTCOM de Estados Unidos, muestra el despliegue completo del ejército norteaméricano en el golfo. Vía X@CENTCOM
La economía no espera
Pero más allá del frente militar, el impacto más inmediato se está sintiendo en la economía global. El cierre del Estrecho de Ormuz está tensionando el sistema energético internacional, afectando especialmente al sector aéreo. Europa, según la Agencia Internacional de Energía, podría enfrentar un nivel crítico de reservas de combustible en menos de 25 días. Aerolíneas como KLM o Lufthansa ya han comenzado a recortar vuelos, no por falta de demanda, sino por la imposibilidad de sostener costos y garantizar suministro.
La idea de que los oleoductos puedan compensar esta disrupción ha demostrado ser insuficiente. Mientras el estrecho transporta cerca de 20 millones de barriles diarios, las rutas alternativas apenas alcanzan una fracción de esa capacidad, generando un déficit estructural que impacta directamente en Asia y Europa.
A esto se suma un efecto menos visible pero igualmente crítico, la interrupción del suministro de helio o fertilizantes desde Qatar. El primero esencial para la producción de semiconductores, lo que podría golpear a la industria tecnológica global en cuestión de meses. Mientras que el segundo podría poner en riesgo la seguridad alimentaria de toda la región, pero también golpear fuertemente en los precios y disponibilidad de alimentos en lugares tan lejanos como América Latina.
El incierto futuro de la OTAN
En paralelo, la crisis está acelerando tensiones dentro del bloque occidental. La filtración de posibles sanciones contra aliados ha transformado la dinámica interna de la OTAN, pasando de una lógica de cooperación a una de coerción.
El caso de España es paradigmático. Su negativa a facilitar bases para operaciones ofensivas ha abierto la puerta a una inédita “suspensión de su membresía” dentro de la OTAN, evidenciando el quiebre. Aunque EE.UU no puede suspender o eliminar a nadie del tratado si puede activamente ir degradando la colaboración operativa con Madrid y presionar por su salida.
Con Reino Unido, si bien la sanción no pasa directamente en su rol dentro de la OTAN, si no que es un cambio en la postura de EE.UU con respecto a la soberanía de las Islas Malvinas. Un giro de 180 grados en el paradigma norteaméricano con respecto a Londres y un gesto a favor del libertario Javier Milei en Argentina que pasa por un complejo momento político y que podría servir de oxígeno para el “aliado fiel” de Washington.

Las banderas de Estados Unidos y del Tratado de Atlántico Norte. Foto: OTAN.
Frente a este escenario, Europa comienza a explorar alternativas. Líderes como Donald Tusk han impulsado la idea de fortalecer un pilar europeo de defensa “un gran ejércio europeo”, reduciendo la dependencia de Washington. La posibilidad de una “autonomía operativa europea” ya no es una discusión teórica, sino una respuesta concreta a un entorno internacional cada vez más volátil e impredecible.
Este fin de semana aparece como un momento crucial o se alcanza un acuerdo que permita estabilizar la situación, o es cosa de tiempo entrar en una fase de escalada militar, crisis económica y reconfiguración geopolítica de largo alcance. Porque lo que está en juego no es solo el control de un estrecho estratégico, sino el futuro del multilateralismo en un escenario cada vez más fragmentado.






