Desde su época de candidato sabíamos que no era una persona que apreciara especialmente la evidencia científica, por lo que la intervención de la semana pasada del Presidente Kast no es ninguna sorpresa. Tampoco sorprende su elección de palabras, que si bien parece descuidada e ignorante, en realidad anuncia una agenda que podría dinamitar el desarrollo de nuestro país. El Presidente llamó la atención sobre los recursos entregados a “centros de educación”, ejemplificando con investigaciones no identificadas que habrían costado cientos de millones de pesos y cuyos resultados serían únicamente un libro perdido en una biblioteca, no generando empleo alguno. En lo que sigue, me concentraré en analizar algunos elementos clave de esta intervención.
Primero, el Presidente y su equipo saben, pero omiten, que prácticamente todas las investigaciones contribuyen al empleo. Una parte sustancial de todo proyecto es el ítem de personal, que sustenta al equipo investigador y al personal de apoyo. Todas estas personas son trabajadoras del conocimiento, empleadas gracias a la investigación.
El gran problema del empleo vinculado a la investigación no es que no exista, sino que, para la gran mayoría de estas personas, se desarrolla en condiciones precarias, ya que la enorme mayoría está contratada a honorarios y tiene la incertidumbre constante de si el equipo logrará adjudicar otro fondo concursable que le dé continuidad a su trabajo. Nuestra conversación debiera enfocarse en cómo darles estabilidad y fortalecer a estos equipos, en lugar de ningunearlos y hacer como que no existen.
Segundo, la alocución presidencial siguió una lógica que conocemos popularmente como “tirar el tejo pasado”: se cuestionó la investigación en general, sabiendo que generaría una polémica a partir de la cual se buscará instalar la idea de que hay “buenas” investigaciones que generan empleos e innovaciones rentables, mientras que hay “otras” investigaciones que únicamente consumen recursos y generan libros. El paso siguiente de esta discusión es premiar a las “buenas” investigaciones y atacar a las “otras”.
En los últimos días, numerosos actores y organizaciones han salido a defender la utilidad, aplicación y generación de empleo desde la investigación, donde han abundado los ejemplos ligados a la medicina y la ingeniería, entre otras áreas. Sin embargo, defender la investigación desde esta perspectiva es legitimar la discusión en los términos impuestos por la provocación inicial y la consiguiente escisión entre “buenas” y “otras” investigaciones. Debemos ser claros en que el conocimiento de todas las áreas tiene valor, con independencia de su impacto económico inmediato.
Que el Presidente Kast haya elegido al libro como símbolo de la investigación “inútil” es un gesto elocuente que constituye un mensaje directo hacia las ciencias sociales y las humanidades, y que lamentable e inevitablemente nos recuerda la práctica de quemar libros que han asumido otros líderes históricamente. Estos campos del conocimiento contribuyen al desarrollo del país no a través de impacto económico inmediato, sino que a través de una comprensión profunda de nuestra sociedad y sus problemáticas, de la cultura y de nosotros mismos.
Mucha investigación generada desde estos campos nos ayuda a visualizar dimensiones esenciales del desarrollo, como la cohesión social, la convivencia y la justicia social. Según bastante evidencia disponible, estos aspectos se encuentran especialmente mermados en nuestro país, y decantan en conflictividad social y exclusión. El posicionar a la investigación sin impacto económico inmediato como un derroche social es una perspectiva miope que olvida que es el sistema el que debe estar al servicio de las personas, no al revés.
Finalmente, me parece importante volver sobre la investigación desde una perspectiva más amplia, dado que la referencia presidencial fue explícitamente dirigida a “centros de educación”. La generación de nuevo conocimiento es una misión de toda universidad compleja. Las universidades, a través de la investigación, el desarrollo tecnológico y la creación artística, transforman las comunidades locales abriendo horizontes, transfiriendo conocimientos y desarrollando extensión artística y cultural.
Un ejemplo vivo de esta realidad es la creación de la Universidad de O’Higgins, que desde 2017 ha cambiado la cara de una región de la que muchos jóvenes previamente emigraban debido a la imposibilidad de proseguir estudios universitarios cerca de sus familias, ha generado instancias de apoyo a productores y agricultores locales, y ha desarrollado oportunidades de perfeccionamiento profesional que antes estaban reservadas sólo para quienes podían permitirse viajar a las regiones vecinas para acceder a ellas.
Quien reduce la investigación a sus productos tangibles inmediatos no puede apreciar en toda su plenitud el aporte que las universidades, en especial aquellas públicas y regionales, realizan al desarrollo local y nacional. Es de esperar que las autoridades comprendan este valor de la investigación y de las comunidades que la sustentan. No existen ejemplos de países que hayan alcanzado el desarrollo sin políticas sustantivas en materia de investigación y educación.
David Maximiliano Gómez, profesor titular, Instituto de Ciencias de la Educación, Universidad de O’Higgins. Consejero superior, Universidad de O’Higgins. Investigador principal, Centro de Investigación Avanzada en Educación.






