La cumbre de entre China y Estados Unidos: el nuevo orden mundial que se configura

La visita de Trump a China refleja un mundo en transición: EE.UU. y China combinan rivalidad e interdependencia, mientras el nuevo orden internacional se configura en un lógica más incierta, fragmentada y definido por la relación de las potencias

La visita de Trump a China refleja un mundo en transición: EE.UU. y China combinan rivalidad e interdependencia, mientras el nuevo orden internacional se configura en un lógica más incierta, fragmentada y definido por la relación de las potencias

La gira del presidente estadounidense, Donald Trump, por China —acompañado no solo de su gabinete, sino también de una nutrida delegación de altos ejecutivos de grandes empresas tecnológicas y financieras— trasciende con creces el carácter de una visita diplomática convencional. Se trata de un hito que refleja con nitidez el momento de transición que atraviesa el sistema internacional.

En cierto sentido, este encuentro funciona como una ventana hacia el tipo de orden global que se está configurando, uno más incierto, más competitivo y menos regulado que el que predominó durante las últimas décadas.

El presidente de China, Xi Jinping, junto a su par de Estados Unidos, Donald Trump. Foto: X @WhiteHouse

El contexto que explica la relevancia del viaje

El orden internacional que emergió tras la Segunda Guerra Mundial —basado en instituciones multilaterales, reglas y una relativa estabilidad bajo el lineamiento de Estados Unidos— hoy no solo está en crisis, sino que siendo reemplazado. Durante décadas, ese sistema permitió una expansión sostenida del libre comercio, una reducción significativa de los conflictos interestatales directos y un marco relativo y predecible para la cooperación global. Sin embargo, hoy está en retirada.

La pandemia actuó como un acelerador de tendencias que ya estaban en marcha, fragmentación económica, tensiones geopolíticas regionales y económicas, así como la desconfianza entre potencias. Poco a poco esto fue derivando en el aumento sostenido de conflictos armados a nivel global.

Según el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo, el 2026 ya es el año con más conflictos armados y guerras que en el mundo desde 1945, 61 conflictos, que incluyen guerras con impactos globales directos en mercados estratégicos como la energía, los alimentos y las cadenas de suministro, como constituye la actual guerra en Irán.

En este escenario, Estados Unidos y China son los dos polos centrales del poder global. La frase de Xi Jinping a Trump en su encuentro —“todo el mundo está observando esta reunión”— no es simplemente retórica diplomática, sino una constatación bastante precisa de la realidad. La relación entre ambas potencias define el equilibrio de poder y las reglas del juego en áreas clave como el comercio, la tecnología y la seguridad internacional, tres ejes que marcan la pauta de la cumbre.

Hoy ambas economías juntas representan cerca del 42% del PIB mundial, mientras que Estados Unidos conserva su liderazgo en términos financieros, innovación y control de las principales instituciones económicas globales. China, por su parte, ha alcanzado —y en algunos indicadores superado— a Estados Unidos en capacidad productiva, comercio internacional y paridad de poder adquisitivo.

Gráfico financiero de lineas ascendentes. Foto repositorio Freepik

A esta dimensión económica se suma una creciente competencia militar. El gasto en defensa ha aumentado de forma significativa en los últimos años por tensiones regionales que se han visto potenciadas por la creciente rivalidad de las potencias emergentes. Un fenómeno que responde a lo que en relaciones internacionales se conoce como “dilema de seguridad”. O sea, que las acciones de un país para aumentar su seguridad (por ejemplo, fortalecer su capacidad militar) son percibidas como amenazas por otros, lo que genera una espiral de desconfianza y rearme.

Esto es reflejo de una transformación estructural, el paso de un mundo unipolar a uno donde el poder está más distribuido, aunque no necesariamente equilibrado.

Sin embargo, reducir la relación entre Estados Unidos y China a una simple lógica de confrontación sería un error. Lo que define este vínculo es su carácter profundamente ambivalente. Por un lado, existe una competencia estratégica cada vez más intensa; por otro, una interdependencia económica y tecnológica difícil de desmantelar.

Ambas economías están entrelazadas en múltiples niveles, comercio, inversión, cadenas de suministro y financiamiento. Esta combinación de rivalidad y dependencia mutua genera una dinámica particularmente compleja, donde el conflicto abierto resulta costoso, pero la cooperación parece cada vez más lejana.

La paradoja del orden de postguerra

Estados Unidos, que históricamente fue el principal impulsor y garante del orden internacional liberal, hoy —bajo la administración Trump— adopta una postura más crítica e incluso disruptiva respecto a ese mismo sistema. La preferencia por acuerdos bilaterales, el cuestionamiento a organismos multilaterales y el uso de herramientas económicas como instrumento de presión reflejan un cambio de estrategia orientada a desplegar el poder estadounidense de manera directa.

Esta postura no surge en el vacío. En cambio, responde, en gran medida, a tensiones internas acumuladas durante décadas, particularmente en sectores que perciben haber sido perjudicados por la globalización. Desde esta perspectiva, el giro hacia políticas más proteccionistas y transaccionales no es una anomalía, sino una manifestación de cambios políticos y sociales profundos dentro de Estados Unidos que Trump supo canalizar y utilizar a su favor.

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos en la ceremonia funebre de los soldados muertos en Oriente Medio

Donald Trump, presidente de los Estados Unidos, durante la ceremonia funebre de los militares estadounidenses muertos en Medio Oriente al inicio de la operación “Epic Fury”. Vía X@whitehouse

China, en contraste, ocupa un rol que resulta, en cierto modo, contraintuitivo. Sin haber sido el arquitecto del orden internacional vigente, hoy se presenta como uno de sus principales defensores, al menos en el plano discursivo. Esto no responde a una adhesión ideológica al liberalismo internacional. En cambio, parece ser más un cálculo estratégico donde el sistema actual permitió su ascenso económico. Por ello, su objetivo no es desmantelarlo, sino reformarlo de manera que refleje mejor su creciente peso e influencia.

El encuentro en Pekín refleja precisamente esa tensión. No se trata de una negociación entre un actor dominante y otro subordinado. Es un diálogo entre dos potencias que reconocen tanto su rivalidad como su interdependencia. El hecho de que Trump llegue a negociar —y no a imponer condiciones— es, en sí mismo, indicativo del cambio de época.

Los ejes de la negociación entre EE.UU y China: La hoja de ruta para el nuevo orden

Las conversaciones se estructuran en torno a tres ejes fundamentales. El primero es la tecnología, particularmente en áreas como la inteligencia artificial, los semiconductores y las telecomunicaciones. Aquí se juega una parte significativa del poder global del siglo XXI, ya que el dominio tecnológico no solo tiene implicancias económicas, sino también militares y geopolíticas.

El segundo eje es el comercio, donde ambas partes parecen querar avanzar hacia acuerdos más pragmáticos, al menos por ahora, centrados en intereses concretos más que en marcos normativos amplios. Esto refuerza la tendencia hacia una fragmentación del sistema comercial global, con reglas fragmentadas a relaciones bilaterales o de menor alcance.

El tercer eje, y probablemente el más delicado para ambas potencias, es Taiwán. Es la principal línea roja en la relación bilateral: cualquier error de cálculo podría desencadenar una escalada de consecuencias impredecibles, lo que lo convierte en el principal foco de riesgo geopolítico en la relación entre ambas potencias. Por ahora, EE.UU no ha querido profundizar públicamente sobre lo hablado con respecto a la isla.

Mapa del estrecho de Taiwán con relieve, carreteras, ferrocarriles y principales ciudades. Mapa elaborado por Mapas del Mundo.

Conceptos como “multipolaridad” o “orden multiplex” intentan capturar esta nueva realidad, caracterizada por la coexistencia de múltiples centros de poder, reglas menos claras y una mayor incertidumbre. En este entorno, el debilitamiento de las instituciones internacionales y del derecho internacional reduce los mecanismos de contención frente a conflictos.

Para los países medianos y pequeños, este escenario plantea desafíos significativos. La disminución de la capacidad reguladora del sistema internacional implica menores garantías frente a presiones externas. Al mismo tiempo, empuja adoptar estrategias más autónomas, donde el “sur global” buscan diversificar sus relaciones y evitar alineamientos rígidos.

En definitiva, lo que deja esta cumbre no es una resolución clara. Más bien, refleja una imagen bastante fiel del momento histórico actual: el de un mundo en transición, donde las reglas aún están en proceso de definición. Estados Unidos y China no solo compiten por el liderazgo global, sino que están, al mismo tiempo, negociando las condiciones bajo las cuales se estructurará el orden internacional del futuro.

La gran incógnita es si esta transición podrá gestionarse de manera relativamente estable o si, por el contrario, se convertirá en una fuente persistente de conflicto. Lo que está en juego no es simplemente la relación entre dos países. Es la forma en que se organizará el sistema internacional en las próximas décadas.





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