En los últimos meses, la confluencia de múltiples factores ha vuelto a situar a Cuba en el centro de la agenda internacional. La isla ya arrastraba una economía frágil, marcada por años de estancamiento y alta dependencia externa. Sin embargo, el escenario reciente ha intensificado esa vulnerabilidad con la renovada presión de Estados Unidos en América Latina, expresada en la desarticulación del apoyo venezolano y el endurecimiento del embargo empujando a Cuba hacia una crisis que hoy mantiene al límite al gobierno de Miguel Díaz-Canel.
Aunque por momentos la atención de la administración del presidente Donald Trump se desvió hacia otros frentes, como la guerra con Irán, la presión sobre La Habana nunca desapareció. Y esta semana volvió a evidenciarse con fuerza. El ministro de Energía y Minas, Vicente de la O Levy, confirmó que el país enfrenta un nuevo colapso energético tras agotar sus reservas de diésel y combustible.

La icónica plaza de la “Revolución” en la capital de Cuba, La Habana.
Actualmente, el sistema eléctrico intenta sostenerse con petróleo crudo nacional, gas natural y un aporte limitado de energías renovables. El resultado ha sido el regreso de apagones masivos que en algunas zonas alcanzan hasta 22 horas consecutivas, afectando de forma directa la vida cotidiana de millones de personas.
Si bien los cortes de electricidad son algo relativamente común, la frecuencia y prolongación de los cortes han aumentado considerablemente desde la captura de Nicolás Maduro y el desmantelamiento del apoyo chavista. Esto significó la pérdida del principal soporte energético externo de la isla. A lo que se sumó el fin de los envíos de petróleo ruso a fines de marzo y la presión norteaméricana a gobiernos como México y Brasil para que no envién crudo, dejando a Cuba en una situación extremadamente frágil, hoy produce apenas el 40% del combustible que consume.
El propio gobierno ha reconocido que la situación es “crítica”, aunque mantiene la narrativa de resistencia, “seguiremos bloqueados, pero seguiremos resistiendo”, afirmó el ministro de la O Levy
Para hacer frente han apostado por acelerar la transición energética, impulsando parques solares con apoyo de inversiones chinas y soluciones descentralizadas como paneles en viviendas rurales. Sin embargo, estos avances siguen siendo insuficientes frente al déficit estructural.
La crisis energética, además en los últimos días volvieron las protestas nocturnas en La Habana y otras ciudades, reflejando el creciente descontento frente al colapso de servicios básicos como la electricidad, el agua y el acceso a medicamentos. Un escenario que comienza a transitar hacía una crisis humanitaria en desarrollo.
El presidente Díaz-Canel responsabiliza directamente a las sanciones y el bloqueo estadounidense por el colapso energético, mientras que desde Washington el secretario de Estado Marco Rubio, hijo de inmigrantes cubano y uno de los cerebros detrás de la estrátegia hemísferica, apunta al fracaso estructural del modelo cubano.

Marco Rubio, Secretario de Estado de Estados Unidos.
Rubio ha reforzado su discurso en los últimos días. En entrevista con NBC News, aseguró que existen alimentos y medicinas por un valor de 100 millones de dólares disponibles para el pueblo cubano, y que si esa ayuda no está llegando, según afirmó, es responsabilidad del propio régimen.
El paquete de asistencia humanitaria propuesto por Estados Unidos, por un lado es desmentido por Cuba quienes señalan que no han recibido ninguna propuesta, pero aseguran estar abiertos a negociar, mientras que EE.UU asegura que existe, pero que se entregará con una condición, que no sea distribuida por el gobierno cubano, sino por la Iglesia Católica y organizaciones independientes. Al mismo tiempo, Rubio ha insistido en la necesidad de una transición política, con elecciones y legitimidad institucional.
Pero mientras el discurso público se endurece, también se abren canales discretos. En un hecho poco habitual, el director de la CIA, John Ratcliffe, se reunió en La Habana con autoridades del Ministerio del Interior cubano, ayer 14 de mayo, justo mientras Trump era recibido en China por Xi Jinping. El objetivo, explorar posibles vías para reducir tensiones y abrir una salida negociada.
Según trascendidos, Washington estaría dispuesto a cooperar en materia de seguridad y estabilidad económica, pero solo si Cuba implementa reformas estructurales profundas y reduce su alineamiento con potencias como China y Rusia. Desde La Habana, en tanto, se insiste en que el país no representa una amenaza y se exige su salida de la lista de Estados patrocinadores del terrorismo.
En este contexto el presidente estadounidense ha elevado el tono de sus declaraciones, incluso llegando a reservarse el derecho de “hacer lo que quiera” con Cuba. Estas palabras han coincidido con un aumento de operaciones militares y de inteligencia cerca de la isla, lo que ha reactivado especulaciones.
El objetivo de Trump, sin embargo, sigue siendo ambiguo. Algunos analistas creen que busca un cambio de régimen definitivo, mientras otros apuntan a una estrategia más pragmática, reconfigurar el poder en la isla para abrirla a la influencia económica estadounidense.

En la izquierda, Marco Rubio, Secretario de Estado. Al medio, Donald Trump, presidente. A la derecha, Pete Hegseth, Secretario de Guerra. Los 3 que llevan la ofensiva de EE.UU. Desde WhitHouse Gallery
Lo que sí es claro es que Trump necesita una victoria política. A pocos meses de las elecciones de medio término, y tras el desgaste de otros frentes como la guerra con Irán, las polémicas con el ICE y las deportaciones, el caso Epstein, el aumento del costo de la vida, etc. Cuba aparece como una oportunidad para mostrar resultados concretos.
Sin embargo, no todos en Washington ni el Partido Republicano están alineados con esa estrategia. Dentro del propio partido del presidente han surgido advertencias frente a una posible intervención militar, argumentando que Estados Unidos no está en condiciones de abrir un nuevo frente de conflicto.
Así, la lógica que predomina es la de una presión máxima sin intervención directa, agravar la crisis interna mediante restricciones energéticas, mientras se ofrece una salida negociada condicionada a reformas profundas.
El problema es que Cuba no es un caso sencillo. El régimen ha demostrado durante décadas una notable capacidad de resistencia frente a presiones externas. Y hoy, entre el colapso energético, el malestar social y la presión internacional, la isla entra en una nueva fase crítica, donde el desenlace sigue siendo incierto y probablemente más lento de lo que muchos anticipan.






