El uso masivo de redes sociales entre niños y adolescentes volvió a instalar el debate sobre sus efectos en la salud mental, luego de que un estudio internacional publicado en la revista científica JAMA Pediatrics identificara una asociación entre el uso problemático de plataformas digitales y un mayor riesgo de desarrollar trastornos como ansiedad y depresión.
La investigación, difundida recientemente, analizó datos de miles de menores y concluyó que el uso intensivo de redes sociales puede impactar negativamente el bienestar emocional, especialmente durante etapas críticas del desarrollo neurológico y social.
El estudio advierte que la exposición constante a dinámicas digitales como la comparación social, la validación mediante “likes”, el ciberacoso y la hiperconectividad pueden aumentar síntomas depresivos, problemas de autoestima, alteraciones del sueño y cuadros ansiosos en menores de edad.
En ese contexto, el neurocientífico y director del Centro Interdisciplinario de Neurociencias Neuro UC, Francisco Aboitiz, en diálogo con Radio y Diario Universidad de Chile, explicó que el problema no radica únicamente en el tiempo de exposición a pantallas, sino en cómo las redes sociales modifican los procesos de interacción humana durante etapas clave del desarrollo.
“Lo que pasa es que el desarrollo de toda nuestra conducta social depende de ciertos periodos que son relativamente críticos, que son la niñez y la adolescencia, y esto normalmente se desarrolla en base a interacciones de uno a uno”, partió explicando.

Estudiantes con celular. Dragomir Yankovic/Aton Chile
Aboitiz sostuvo que las redes alteran esa lógica de reciprocidad social que históricamente ha moldeado las habilidades emocionales y sociales de las personas. “Esto deja de ocurrir en las redes sociales. Tú llegas y tiras cosas y la otra persona recibe y no tiene nada que hacer. Entonces se genera esta sinergia donde la reciprocidad de las interacciones se rompe”, afirmó.
Según el especialista, esta ruptura podría provocar, sobre todo en menores de edad, “un desequilibrio de nuestras habilidades sociales y en el fondo de nuestra emocionalidad”.
El académico también explicó que existen mecanismos neuroquímicos involucrados en este fenómeno, particularmente relacionados con la dopamina, neurotransmisor asociado a la motivación, la recompensa y la interacción social.
“La dopamina al final empieza a liberarse en condiciones que tienen que ver con las redes sociales y no en interacción con otros. Y esto nuevamente genera un desbalance”, indicó.
En esa línea, sostuvo que fenómenos como la ansiedad, la frustración social o la depresión podrían estar relacionados con estos cambios en la dinámica comunicacional y emocional de niños y adolescentes.
“Uno puede dar explicaciones a nivel social, de que los niños se sienten excluidos, de que ven que los otros hacen cosas que ellos no pueden, pero yo creo que todo eso tiene mucho que ver con este mecanismo interno”, agregó.
Ciberbullying, sobreexposición y falta de regulación
Otro de los puntos abordados por el especialista fue el impacto del ciberbullying y la sobreexposición digital, especialmente debido a la ausencia de límites propios de la interacción presencial.
“Antes había bullying en los colegios, pero era más acotado, porque había bordes, había límites dados porque las personas estaban interactuando directamente. Pero ahora no hay una interacción directa, entonces no hay límites para esto”, explicó.
A ello sumó el uso nocturno de teléfonos y plataformas digitales, situación que, según indicó, profundiza la sobreestimulación y dificulta la autorregulación en menores.

Francisco Aboitiz
“Los niños llegan y se acuestan con el teléfono y se quedan pegados, porque tienen algo que hacer, siguen en una interacción social, o ni siquiera social, porque es con la red”, afirmó.
Aboitiz también advirtió que las actuales generaciones enfrentan un escenario completamente distinto al de décadas anteriores. “Es otro mundo el que están viviendo los niños al que vivimos nosotros. Y además nosotros tampoco sabemos cómo va a seguir evolucionando”, sostuvo.
El neurocientífico añadió que las tecnologías digitales no desaparecerán, por lo que el desafío será aprender a convivir con ellas de manera saludable. “Las pantallas no se van a ir. Vamos a vivir cada vez más expuestos a este tipo de tecnologías y tenemos que aprender a hacer un buen uso de ellas”, señaló.
Debate legislativo en Chile
En paralelo al debate científico, en Chile han comenzado a impulsarse iniciativas legislativas orientadas a restringir y regular el acceso de menores de edad a redes sociales y plataformas digitales.
Entre ellas figura un proyecto que busca establecer mecanismos de fiscalización para restringir el uso de redes sociales en menores, presentado por el actual Gobierno, además de la iniciativa presentada por un grupo de parlamentarios encabezados por la diputada Lorena Fries, que propone un marco integral de protección para niños, niñas y adolescentes en entornos digitales.
Consultado sobre estas medidas, Aboitiz valoró los intentos de regulación, aunque advirtió que todavía no existe claridad total sobre cuáles serán las estrategias más efectivas. “Se están tomando las medidas que se pueden tomar, que son básicamente la restricción del uso y que los niños no puedan tener acceso a cierto tipo de redes sociales”, indicó.

Imagen referencial estudiantes en colegios. Juan Eduardo Lopez/Aton Chile
Sin embargo, recordó que algunas restricciones ya implementadas internacionalmente han mostrado resultados limitados. “Fue muy efectiva la restricción del uso de celulares en colegios en el sentido de que los niños ya no usan celular en el colegio, pero no cambió el desempeño de los niños”, comentó, citando un estudio recientemente publicado en la revista Nature.
El especialista insistió en que el rol de las familias será clave para enfrentar el problema. “Hay que educar a los papás también para que tengan clara la situación de que el niño no puede estar pegado en la pantalla todo el día”, afirmó.
Pese a los riesgos advertidos, Aboitiz planteó que el desafío no pasa por eliminar completamente las plataformas digitales, sino por aprender a distinguir entre contenidos beneficiosos y perjudiciales.
“No podemos llegar y suprimirlo. Hay cosas en YouTube que son tremendamente educativas y de las cuales se puede sacar mucho provecho. El gran desafío es cómo filtrar lo bueno de lo malo”, concluyó.






