La migración produce narrativas políticas

  • 19-05-2026

Ximena Lincolao Gates y yo compartimos, aunque probablemente lleguemos a conclusiones opuestas, una experiencia generacional y biográfica que marca profundamente la manera en que se mira Chile: haber vivido durante décadas en Estados Unidos, construyendo vida profesional y personal fuera del país de origen.

Quienes hemos pasado décadas como migrantes latinoamericanos en Estados Unidos conocemos, de maneras distintas, la experiencia de la extranjería sin apoyos desde tu pais de origen, Chile. El acento que nunca desaparece del todo. La necesidad permanente de demostrar competencia. Las formas explícitas o sutiles de clasismo y racialización. La adaptación a culturas profesionales altamente competitivas donde pertenecer siempre parece condicional.

Pero esa experiencia común no produce necesariamente la misma lectura política.

En mi caso, vivir fuera profundizó la convicción de que las trayectorias individuales están mucho más determinadas por estructuras sociales, acceso desigual al poder y redes de protección colectiva de lo que suelen admitir las narrativas meritocráticas. La experiencia migrante deja ver con claridad cuán vulnerable puede volverse la vida cuando la salud, estabilidad y dignidad dependen exclusivamente de la capacidad individual de competir, con costos personales y familiares que permanecen invisibles a quienes te ven desde lejos.

También permite comprender algo que en Chile muchas veces sigue siendo invisible para las élites profesionales: que la integración social nunca depende solamente del esfuerzo individual. En Estados Unidos, incluso quienes alcanzan posiciones académicas, empresariales o técnicas de alto nivel siguen siendo leídos muchas veces desde la diferencia cultural, racial o lingüística. Esa experiencia deja marcas. Y para algunos de nosotros esas marcas producen una mayor sensibilidad frente a las desigualdades y exclusiones que organizan nuestras propias sociedades.

En otros casos, sin embargo, la inserción exitosa en mundos corporativos, empresariales y tecnocráticos estadounidenses parece reforzar otra interpretación: la idea de que las sociedades funcionan principalmente a través de adaptación, disciplina, eficiencia y liderazgo experto. Desde esa mirada, los problemas colectivos comienzan a entenderse menos como conflictos políticos o desigualdades estructurales, y más como fallas de gestión, incentivos o modernización.

Ahí emerge una tensión que atraviesa a parte importante de las élites chilenas transnacionales. Personas que conocieron de cerca la fragilidad de la pertenencia social terminan internalizando culturas políticas donde la tecnocracia y el management reemplazan progresivamente a la democracia y la deliberación social como formas legítimas de organizar la vida colectiva. La arrogancia de sostener que en Chile se trabaja con menos eficiencia en el mundo público es en parte el resultado de esa cultura individualista donde algunos tienen mucho éxito.

No se trata de cuestionar trayectorias personales exitosas. Tampoco de romantizar la experiencia migrante como si produjera automáticamente conciencia social o política. El problema aparece cuando una experiencia individual de integración termina transformándose en una teoría general sobre la sociedad. Cuando sobrevivir y prosperar dentro de sistemas profundamente competitivos comienza a entenderse como evidencia de que esos sistemas funcionan correctamente.

Quizás una de las preguntas más relevantes para quienes hemos vivido fuera de Chile durante décadas es precisamente esa: qué hacemos políticamente con la experiencia migrante. Si la usamos para comprender mejor la vulnerabilidad humana y las fracturas sociales, o si terminamos convirtiendo la supervivencia individual dentro del sistema en una validación moral del sistema mismo.

La migración no produce una sola narrativa política. Produce varias. Y en esa diferencia se juegan también distintas maneras de imaginar un futuro más justo y donde el cuidado del otro se transforma en lo esencial para Chile.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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