Escribo esto pensando sobre todo en nuestros estudiantes, con el fin de desenredar ciertos conceptos dentro del complejo panorama que vive la ciencia en Chile. Mucho se ha abundado ya, con excelentes argumentos, sobre las erráticas decisiones recientes; aquí prefiero apuntar a la confusión conceptual entre Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, nociones que, paradójicamente, dan nombre al ministerio del ramo.
Con sesgo de profesor, me propongo revisar los componentes de este entramado para plantear, al final, un par de reflexiones.
- La Matriz: Conocimiento, Ciencia y Tecnología
El conocimiento.
Partamos por la base: el conocimiento es transversal. Es, en simple, lo que nos permite operar en el mundo y entender nuestro entorno, ya sea para descifrar una dolencia física, resolver un conflicto familiar, rendir en el trabajo o planificar a futuro. Aunque el prejuicio común tienda a encerrarlo exclusivamente en estanterías y bibliotecas, el conocimiento está en todas partes.
Existe un saber «tácito», implícito en casi todo lo que hacemos. Elegimos un paradero de micro específico porque calculamos —por pura experiencia— tiempos y distancias. En niveles más complejos, ese conocimiento se profesionaliza: un médico receta un fármaco basándose en un cuerpo teórico; nuestros edificios resisten los terremotos porque la ingeniería aplica un saber acumulado; y lanzamos satélites porque dominamos las leyes de la física.
El conocimiento, entonces, no es monopolio de la ciencia. Inunda todas las disciplinas y se cristaliza en las personas, en las instituciones, en los artefactos y en los documentos. Por eso, cultivar esta matriz es vital para la supervivencia de cualquier sociedad. Por algo en Chile existen centros de vanguardia que investigan desde vacunas y sismología hasta fake news, inteligencia artificial y estructuras de autoridad.
La ciencia pura o básica.
Busca crear y organizar el conocimiento en su nivel más abstracto. Aquí lo innovador es la pregunta formulada o el problema planteado. ¿Cuántos planetas existen? A nadie le cambiará la vida saber si son 8 o 13 (incluyendo a los planetas enanos), ni esa diferencia generará empleo inmediato. Parece una pregunta ociosa, pero su respuesta sistematiza nuestra visión del cosmos y genera efectos colaterales clave, como el desarrollo de la óptica o la estadística. Su paradigma es el científico de pelo desordenado y algo fuera de la realidad (estilo Einstein o el Profesor Maza).
Las ciencias aplicadas.
A diferencia de la anterior, estas parten de demandas o necesidades sociales latentes. Aquí el ingenio ya no radica en la pregunta, sino en la respuesta: la forma de resolver el problema (por ejemplo, cómo recuperar tierras contaminadas o diseñar un sistema de transportes). Los científicos aplicados investigan constreñidos por datos y problemáticas que ellos no eligieron. El grueso de la comunidad científica pertenece a esta clase; su perfil es el de un organizador con los pies en la tierra, pero con la chispa del científico puro.
La tecnología y la ingeniería.
La tecnología se enfoca en el hacer más que en el preguntar. Las restricciones materiales son más duras y el ingenio radica en construir la herramienta, el protocolo o el ambiente que resuelva una necesidad física (v.g., optimizar el tráfico vial o diseñar un implante de cadera). Hoy es inseparable de la ciencia: se alimentan mutuamente de métodos e ideas. Nota al margen: Cuando a la tecnología le añadimos restricciones estrictas de tiempo, presupuesto y recursos humanos, entramos propiamente en el terreno de la ingeniería (piensen en el rescate de los 33 mineros o en un ingeniero de máquinas en alta mar).
Muchas veces se confunde la tecnología con el mercado y la innovación. Creo muy relevante entender la distinción (insistimos, no hay compartimientos estancos, pero pedagógicamente es bueno desenredar estas nociones).
- El Desvío: Innovación y Mercado
¿Cuándo entran en juego el mercado y la innovación? Cuando el objetivo es que un producto o servicio sea adoptado masivamente por la sociedad. Estamos en el ámbito de la economía.
Es crucial entender que el éxito comercial no requiere necesariamente de ciencia avanzada (pensemos en una artesanía original o una fruta exótica). A la inversa, una genialidad tecnológica puede carecer de ambición comercial (un reactor nuclear) o ser un fracaso de mercado si no es competitiva (el avión Concorde). Incluso sabemos que productos mediocres o nocivos (Windows, la comida chatarra) se pueden convertir en éxitos masivos. Esto demuestra la relativa independencia entre el conocimiento y la economía.
En este marco se inserta la innovación: el uso de la Ciencia y Tecnología (CyT) para ganar competitividad (que el producto o servicio sea “mejor” que los otros disponibles). Innovar no es solo inventar algo genial o nunca visto; es lograr que esa genialidad sea adoptada y validada por el mercado. Usualmente esto requerirá de ingenio, y hoy de ciencia y tecnología para su diseño y producción.
- El error estratégico de Chile
Aquí llegamos al fondo del asunto. El error del diseño político actual —tanto en el discurso como en la práctica gubernamental— es reducir el complejo campo de la Ciencia, Tecnología y Conocimiento (C+T+C) a la innovación, y peor aún, a su faceta netamente mercantil.
No es solo un tropiezo conceptual; es un error estratégico de proporciones. Fijar el mercado como el único parámetro de validación es matar el conocimiento local. La actividad comercial pura, cuyo único fin es optimizar ganancias a corto plazo, simplemente importará la tecnología de fuera y nos dejará solo la transacción, transformando al país en un gran mall. Esto ocurre en una era donde los mayores activos del planeta son, precisamente, el conocimiento y el desarrollo tecnológico (como lo demuestran potencias mundiales y gigantes como NVIDIA, Alphabet, Apple o Microsoft).
Los economistas coinciden en que el crecimiento de Chile está estancado porque exportamos materias primas en bruto, donde la C+T+C viene empaquetada desde el extranjero. Esto nos condena a la dependencia y nos vuelve vulnerables: quien posee el conocimiento nos desplaza (es lo que nos demostró la trágica historia del salitre).
El conocimiento no se puede importar: se cultiva. A un hijo no lo puedes mantener al margen de la educación para luego comprarle un chip y «enchufárselo» al cerebro. Con las sociedades pasa lo mismo. Se pueden comprar artefactos, pero el know-how y los encadenamientos productivos no vienen en la caja; se quedan en el país de origen, dejándonos —más aún en tiempos de inteligencia artificial— al margen del conocimiento y del diseño de nuestro futuro.
- Una propuesta a manera de conclusión
Lo que Chile necesita hoy es impulsar el cultivo local de la C+T+C ligada a los problemas de nuestro territorio. Eso genera las raíces y los encadenamientos necesarios para formar a nuestros propios científicos y técnicos. Significa conectar nuestras preguntas con nuestros quehaceres. Que se entienda bien: conectar, no reducir.
Las transformaciones urgentes no pasan por forzar a los científicos a convertirse en comerciantes, sino por empujar a los empresarios a innovar. Más que juzgar y reducir el Ministerio de Ciencia a un mero evaluador de retorno de inversión, Chile necesita transformar el Ministerio de Economía en un ente articulador que le doble la mano a los dinosaurios que pretenden mantener al país viviendo del extractivismo básico (cobre, salmones, celulosa, fruta) y los empuje, por fin, al siglo XXI. Es hora de exigirles el desarrollo de C+T+C para transitar hacia una economía y una sociedad complejas.
Para finalizar, y a propósito de metáforas, imaginen a un país como una mesa de tres patas que dependen mutuamente de su equilibrio: la economía, la sociedad y el conocimiento. Es un absurdo pensar que estirando únicamente la pata de la economía las otras dos se van a levantar por arte de magia. Al contrario. Sin una sociedad cohesionada y sin conocimientos sólidos que la sostengan, la estructura no solo es incapaz de nivelarse; se termina yendo, inevitablemente, al suelo.
Claudio Gutiérrez, académico de la Facultad de Ciencias Físicas y Matemáticas de la Universidad de Chile.






