Que algunas de las primeras viralizaciones globales de imágenes generadas por inteligencia artificial fueran del fallecido papa Juan Pablo II, vestido de Balenciaga, ya había provocado suficiente sorpresa. Pero que años después la Iglesia Católica estuviese nuevamente en el centro de la discusión moral sobre el uso de la IA es un giro inesperado, incluso para los más fervientes lectores de ficción.
Y así es como aparece la primera encíclica del papa León XIV, que advierte sobre los peligros “tecnofascistas” que traen consigo las nuevas formas de reproducción del conocimiento. En donde se opone a que “el flujo incesante de información sustituya al ejercicio de la investigación, la reflexión y el discernimiento”. Porque con ellas, dice en Magnífica Humanidad: “se multiplican los conocimientos fragmentarios, pero se hace más difícil captar la realidad en su conjunto, plantear preguntas sobre el sentido de las cosas y desarrollar un auténtico pensamiento crítico y creativo”.
En tanto, en Chile, incluso el llamado Plan de Reconstrucción Nacional del gobierno de José Antonio Kast abrió el debate sobre las consecuencias del uso sin límites de la IA. Buscando la reactivación económica mediante un conjunto de modificaciones legales, el polémico Artículo 8 proponía modificar la Ley N° 17.336 sobre Propiedad Intelectual para consagrar una excepción de gran alcance a los derechos de autor que facilite el desarrollo, entrenamiento y operación de sistemas de Inteligencia Artificial.
El texto hacía lícito, sin obligación de remunerar económicamente al titular de los derechos ni la necesidad de su autorización previa, realizar reproducciones, adaptaciones y distribuciones de una obra antes publicada, con la condición de que se realizara “exclusivamente para la extracción, comparación, clasificación o cualquier otro análisis estadístico de datos de lenguaje, sonido o imagen”. La nueva legalidad permitiría que la creación final generada por inteligencia artificial ingresara de inmediato al mercado para competir con los mismos autores cuyo trabajo alimentó a la IA, sin ningún tipo de compensación económica ni moral.
Esta situación, que da cuenta de ciertas condiciones críticas que se han instalado respecto de la protección del derecho de autor, es la punta del iceberg en cuanto al uso de tecnologías en el ámbito creativo. ¿Será entonces que, como aconseja la encíclica, debemos “desarmar” la inteligencia artificial para proteger el carácter creativo y sensible del ser humano? O es que la discusión, más bien, plantea otra interrogante, lejos de si hay que regular las inteligencias artificiales o cómo hacerlo: ¿Se puede hacer?
Siguiendo la aproximación crítica de pensadores como Éric Sadin, el problema de las tecnologías de generación algorítmica de información no reside en su uso como herramienta, sino en la política comunicacional bajo la cual se ha difundido y publicitado su quehacer como una “inteligencia” que puede competir creativamente con el ser humano y superarlo en el modo en que formula verdades. Por eso, la discusión compete no solo a artistas, creadores y mediadores culturales, sino también a toda la sociedad.
Al fin y al cabo, el mayor árbitro serán los años venideros, quienes nos dirán los límites que estas tecnologías alcanzarán en términos de su política y de su uso. Lo que sí ya podemos atender en el presente es la constatación de que, por muchos datos que los sistemas algorítmicos puedan incluir, analizar y correlacionar, hay un aspecto (hiper)reflexivo de lo humano que no logran reproducir.
Como indica el teórico italiano Matteo Pasquinelli: “La IA está en la misma etapa en que estaba la máquina de vapor cuando fue inventada, antes de que fueran descubiertas las leyes de la termodinámica necesarias para explicar y controlar su funcionamiento interno” (El Nooscopio de manifiesto). Tal vez esa ley aún no descubierta sobre cómo conocemos e interpretamos el mundo contiene la razón por la que la máquina no logra reproducir el modo en que pensamos y sentimos.
Y entonces, el problema no radicaría en la condición de la razón, sino más bien en el modo en que experimentamos y nos dejamos afectar por el mundo. Quizás en adelante se nos plantearán otros desafíos más allá de la búsqueda de una condición de verdad, articulada por una máquina cuya finalidad es tan solo reunir en un modelo el océano de información y conocimientos que, como humanidad, hemos dispuesto en las redes computacionales. En esa diferencia crucial podríamos encontrar el futuro que, en los últimos años, ha resultado tan esquivo para la imaginación política y social.
Esta columna fue parte del Boletín DiCREA. Inscríbete aquí para recibirla cada viernes.





