Lo que hasta ahora se movía en la lógica de advertencias diplomáticas, operaciones encubiertas y enfrentamientos a través de terceros, escaló a un nuevo enfrentamiento directo entre Irán e Israel.
Además, también dejó en evidencia una fractura política cada vez más visible entre Israel y Estados Unidos, y sumó a un actor que puede tensionar el sistema económico global: los hutíes en Yemen, quienes no solo atacaron Israel, sino que amenazan con intervenir en uno de los puntos más sensibles del comercio mundial, el estrecho de Bab el-Mandeb.
Está última escalada que comprende la más intensa después de dos meses de tregua, comenzó con Israel ignorando las advertencias explícitas de Teherán de no bombardea el barrio de Dahiye, en Beirut, uno de los principales bastiones de Hezbolá y población chií en el Líbano, un territorio que ya fue devastado en 2006. Desde entonces, la seguridad del área quedó a cargo de fuerzas de paz de Naciones Unidas que funcionan como zona de amortiguación.
A pesar de lo anterior, desde el inicio de las hostilidades en marzo, Israel lanzó una campaña terrestre justificando su ofensiva como parte de su guerra contra la llamada “red de la resistencia”.

La cronología de la escalada
Sin embargo, desde que se logró el alto al fuego entre Irán y EE.UU. en abril, el trato incluía al Líbano y Gaza, a pesar de esto, los llamados “altos al fuego” no han significado un cese real de las hostilidades. El propio presidente estadounidense, Donald Trump, lo resumió de forma bastante cruda al señalar que en la región “alto al fuego significa ataques más limitados”. Es decir, lo que existe es una reducción táctica de la intensidad, pero no una desescalada real. Y bajo esa lógica, Israel mantiene una presión y ataques constantes sobre el sur y capital del Líbano.
Pero el domingo, mientras Israel informaba sobre una nueva ronda de ataques sobre Beirut, la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) público un mensaje en X: “Miren a los cielos de las tierras ocupadas esta noche”. Horas después, esa amenaza se materializa con el lanzamiento de entre 10 y 20 misiles balísticos contra objetivos israelíes, incluyendo la base aérea de Ramat David.
Irán activó la llamada “Operación Nasr”, utilizando misiles Kheybar Shekan —un sistema relativamente nuevo, con capacidad de maniobra y ojivas de racimo— junto con drones. Los ataques apuntaron a bases estratégicas como Nevatim y Tel Nof.
Israel respondió con una ofensiva de gran escala dirigida a degradar capacidades militares iraníes, los sistemas de defensa aérea y objetivos estratégicos en Teherán, Isfahán, Tabriz y Karaj, además de atacar el complejo petroquímico de Karun en Mahshahr.

En ese momento, las estimaciones dentro de Israel apuntaban a varios días de enfrentamientos. No obstante, esta mañana ambas partes anunciaron una “pausa”. Una extremadamente frágil, pues desde Teherán el cese es condicional. El cuartel Khatam al Anbiya advirtió que si Israel continúa atacando, la respuesta será “más severa y con mayor fuerza que antes”.
El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, afirmó que su país “ni ha abandonado el campo de batalla ni la mesa de negociaciones”. Y el presidente del Parlamento, Mohammad Ghalibaf, sostuvo que: “La elección no es entre luchar y negociar. Debemos luchar cuando sea el momento adecuado y negociar cuando sea el momento adecuado”. Irán ya no ve la diplomacia como alternativa a la guerra, sino como su extensión.
Un nuevo estrecho amenazando la economía global
Cuando parecía que el conflicto se mantenía en ese eje bilateral, aparece un tercer actor que cambia completamente la ecuación. Desde Yemen, los hutíes, llamados realmente Ansar Allah, lanzaron misiles contra Israel, coordinándose con la ofensiva iraní. Luego dieron un paso aún más importante y prohibieron la navegación vinculada a Israel en el Mar Rojo, el Golfo de Adén y el estrecho de Bab el-Mandeb.
Bab el-Mandeb no es un punto menor. Este estrecho, ubicado en la boca del Mar Rojo y entrada al Canal de Suez, conecta Asia con Europa y es por donde circula entre el 10% y el 12% del comercio marítimo mundial. Su bloqueo implicaría desviar rutas alrededor de África, aumentando costos logísticos y tiempos de transporte de forma significativa. Cortar este estrecho a la par del de Ormuz es una estaca de muerte al comercio global.
Si ambos puntos se ven comprometidos al mismo tiempo, el sistema energético global enfrenta un shock sin precedentes. Estamos hablando de más de 25 millones de barriles diarios fuera del mercado. No hay alternativas logísticas reales para reemplazar ese flujo.
El quiebre en el eje israelí-estadounidense que Irán quiere explotar
En paralelo, el otro eje de tensión se desarrolla en el plano político. La relación entre Donald Trump y el primer ministro de Israel, Benjamín Netanyahu, muestra fisuras profundas. Trump reconoció públicamente que no fue informado del bombardeo en Beirut, expresó su descontento frente al ataque e intentó contener la escalada en las primeras horas de los ataques. En Truth Social escribió: “Ya lanzaron sus misiles, ya fue suficiente, regresen a la mesa y hagamos un trato”. Sin embargo, por horas, Israel lo ignoró.

Pero el punto más revelador del quiebre viene después. Trump le rayó la cancha al mandatario israelí. “Netanyahu no tiene remedio. Yo tomo las decisiones”,afirmó Trump en una entrevista.
El problema es que esa afirmación no se sostiene en los hechos. Israel continúa con los bombardeos dentro de Irán, incluso después de la llamada directa desde Washington. Netanyahu aseguro que su país tiene el derecho de responder y que los ataques en el Líbano continuarán. “Le digo a mi amigo Trump: defenderemos Israel con determinación”, aseguró en un mensaje está mañana.
Sin embargo, según un reporte del medio Axios, Israel preparó inicialmente una gran oleada de ataques contra Irán, pero Trump advirtió a Netanyahu en otra llamada: “Bibi, más te vale tener cuidado, o muy pronto te quedarás solo”. Netanyahu acabó aceptando retirarse si Irán también dejaba de atacar.
Lo que queda en evidencia es una desconexión de objetivos. Estados Unidos busca terminar el conflicto. Israel, todo lo contrario, opera bajo una lógica de aprovechar la ventana actual para degradar las capacidades de sus enemigos, incluso si eso tensiona la relación con Washington. Netanyahu personalmente necesita la guerra para evitar ser juzgado por causas de corrupción. Trump quiere salir del conflicto a días de que empiece el mundial de fútbol.
En este contexto, los recientes ataques de Irán están explotando esta división. Escala lo suficiente como para generar presión, activa a sus aliados y luego modera su accionar para posicionarse como un actor dispuesto a negociar. Es una estrategia de “escalar para desescalar”, pero en sus propios términos.
Por ahora, la situación parece entrar en una pausa relativa. Pero es una calma engañosa. Las condiciones que llevaron a esta escalada siguen intactas. Las tensiones entre aliados no se han resuelto y los actores en juego han demostrado que tienen tanto la capacidad como la disposición para subir el nivel del conflicto.






