Durante la dictadura, mientras la televisión omitía las protestas, la represión y los funerales de quienes morían en las jornadas de movilización, Pablo Salas registró con su cámara una parte de la historia que permanecía fuera de pantalla. Más de cuatro décadas después, ese trabajo —convertido en uno de los archivos audiovisuales más importantes sobre la resistencia al régimen de Augusto Pinochet— quedará bajo resguardo del Archivo Patrimonial de la Universidad de Santiago.
Fotógrafo, documentalista y realizador audiovisual, Pablo Salas comenzó a grabar las movilizaciones opositoras a comienzos de los años ochenta desde la productora Ictus. Más tarde integró el equipo de Teleanálisis, transformándose en una fuente habitual para corresponsales y cadenas internacionales como la RAI de Italia, Televisión Española y la alemana ARD, que recurrieron a sus registros para mostrar una realidad ausente de los medios oficiales.
Su trabajo ha sido utilizado en documentales, investigaciones académicas y producciones cinematográficas dentro y fuera de Chile. Parte de ese material fue incorporado por el cineasta Patricio Guzmán en El Caso Pinochet, mientras que por su trayectoria recibió el Premio Pudú a la Trayectoria otorgado por el Festival Internacional de Cine de Valdivia. Ahora, miles de cintas pasarán a formar parte del Archivo Patrimonial Usach para su conservación y digitalización.
En conversación con Radio y Diario Universidad de Chile, Salas repasó los años en que recorrió calles, poblaciones y manifestaciones registrando la respuesta ciudadana a la dictadura. También explicó por qué decidió resguardar durante décadas ese material y reflexionó sobre su valor como testimonio de una época cuya memoria sigue siendo objeto de disputa en el país.

―¿Por qué decidió conservar durante tantos años este material y entregarlo ahora al Archivo Patrimonial Usach?
Yo empecé a filmar a comienzos de los años ochenta y una parte muy importante de ese material corresponde a los últimos diez años de la dictadura. En ese tiempo prácticamente no existían imágenes de lo que estaba ocurriendo en las calles porque la televisión no mostraba nada. Había censura y gran parte de lo que pasaba simplemente desaparecía del espacio público. Por eso empecé a guardar esas grabaciones. No porque estuviera pensando en construir un archivo histórico, sino porque sentía la necesidad de conservar un registro de hechos que estaban ocurriendo frente a nuestros ojos y que nadie podía ver.
Trabajando en el Teatro Ictus y colaborando con medios extranjeros, fui acumulando material constantemente. Muchos periodistas llegaban desde España, Italia o Alemania y necesitaban imágenes de protestas, poblaciones o movimientos sociales. Yo podía mostrarles registros que había filmado días antes. Con varios de esos medios establecimos acuerdos para que las cintas permanecieran también en Chile. Así fue creciendo un archivo que terminó convirtiéndose en miles de horas de grabación.
Nunca mi intención fue tener un archivo, sino que mi intención era denunciar a la dictadura. Filmé lo que la dictadura quería ocultar.
Con el paso del tiempo entendí que ese material tenía un valor que iba mucho más allá de la coyuntura. Hoy son más de tres mil cintas, muchas todavía pendientes de digitalización. Por eso opté por entregarlas a una institución pública como la Usach, porque tengo la confianza de que estarán protegidas, disponibles para la investigación y utilizadas de acuerdo con el sentido original con el que fueron registradas.

―Estuviste presente en las primeras protestas nacionales contra el régimen militar. ¿Cómo eran esas jornadas vistas desde detrás de la cámara?
La primera protesta nacional fue el 11 de mayo de 1983 y hay algo que muchas veces se olvida: nadie sabía realmente cómo protestar. Habían pasado diez años desde el golpe militar y la represión seguía siendo extremadamente fuerte. Existía miedo. Había personas detenidas, relegadas, exiliadas o desaparecidas. Por eso las primeras convocatorias eran bastante básicas. Se llamaba a cantar el himno nacional frente a la Catedral, regresar a las casas y luego participar en cacerolazos durante la tarde.
En el centro de Santiago se repetía una dinámica constante. La gente comenzaba a reunirse, aparecían consignas contra la dictadura y rápidamente llegaban los carros policiales, los gases lacrimógenos y las detenciones. Cuando los carabineros avanzaban, la gente se dispersaba; cuando se retiraban, los gritos reaparecían desde otra esquina. Era una especie de juego permanente entre la multitud y las fuerzas represivas.
En las poblaciones el escenario era distinto. Ahí aparecían barricadas, fogatas y enfrentamientos mucho más intensos. Cada protesta dejaba un saldo de muertos, heridos y detenidos. Los periodistas extranjeros llegaban para cubrir esos días porque sabían que algo importante estaba ocurriendo en Chile.
En todas las protestas siempre morían cinco, seis, siete, ocho personas. En una murieron veintiséis.
Mi trabajo consistía en estar donde estaba ocurriendo la acción. No me interesaba registrar desde lejos. Quería mostrar exactamente lo que sucedía en la calle, en los enfrentamientos y en los lugares donde la represión se hacía visible.

— ¿Cuál fue el día que más recuerdas de todas las filmaciones que hiciste durante la dictadura y por qué?
Filmé tanto y durante tantos años que no podría decir cuál fue el momento que más miedo me dio o el que más me marcó. Pero hay situaciones que me impresionaban mucho. Yo iba con frecuencia a La Victoria y después también a Villa Francia. Eran poblaciones que tenían una organización muy fuerte, por lo que nosotros podíamos entrar, trabajar y conversar con la gente.
En las poblaciones los carabineros entraban a las casas y rompían todo, allanaban constantemente. Las lacrimógenas caían dentro de los jardines infantiles y dentro de las viviendas. No les importaba nada. En cambio, en el barrio alto jamás ocurría algo parecido. La diferencia en la represión era muy evidente. Eran dos mundos distintos.
A mí me impresionaba mucho lo que pasaba en La Victoria. Llegaban los militares disparando. Ver militares disparando era algo muy fuerte. Así murió el cura André Jarlan y en cada protesta morían seis o siete personas por balas de guerra. No eran accidentes ni proyectiles perdidos. Eran balas de guerra.
Una situación que recuerdo especialmente ocurrió cuando habían detenido a prácticamente todos los hombres de La Victoria. Llegaron cerca de las cuatro de la mañana, rodearon la población y comenzaron a entrar casa por casa. A las viviendas allanadas les marcaban la puerta con un stickers con un triángulo y se llevaban detenidos a todos los hombres mayores de quince años y menores de sesenta y cinco.
Yo llegué cuando los militares ya se estaban retirando. Filmé a las mujeres, las marcas en las casas y el estado en que habían quedado las viviendas. Habían roto colchones, dado vuelta los sillones, abierto los clósets y tirado todo al suelo. Se llevaban revistas de la Vicaría de la Solidaridad, ejemplares de Análisis. Era algo absurdo.
Después supe que los detenidos habían sido trasladados al Estadio San Eugenio. En la tarde fui hasta allá con un amigo y logramos observar lo que ocurría desde un edificio cercano. El estadio estaba lleno de personas detenidas. Había cientos de presos, militares vigilándolos, algunos corriendo por la cancha y otros esperando ser interrogados.
Era mirar un campo de concentración. Eso es algo increíble de ver.

―¿Qué valor tienen estas imágenes para las generaciones que no vivieron ese período?
Las imágenes permiten acercarse a una realidad que para muchas personas hoy es difícil de imaginar. Hay generaciones completas que nacieron después de la dictadura y que nunca escucharon a Pinochet hablar, nunca vieron cómo operaba la censura ni experimentaron el ambiente de temor que existía en esos años. El archivo ayuda a reconstruir parte de esa experiencia.
Sin embargo, también tiene límites. Lo que aparece en las grabaciones es la dimensión pública de la represión: las protestas, los allanamientos, los funerales, los enfrentamientos en la calle y la violencia policial. Pero las dimensiones más profundas y dolorosas de la dictadura quedaron fuera de cámara.
Lo tremendo de la dictadura, que es la tortura, la desaparición, el exilio, todo eso no está filmado. No hay cómo mostrarlo.
Lo que sí se puede ver es el contexto en el que ocurrieron esas violaciones a los derechos humanos. Las imágenes muestran cómo funcionaba el aparato represivo en la vida cotidiana y permiten entender el clima político y social de la época. Las imágenes han servido para tratar de refrescar la época de lo que fue la dictadura.
Durante décadas este material ha sido utilizado en documentales, investigaciones académicas y películas. Muchas personas han conocido ese período a través de estas grabaciones y han podido observar directamente escenas que de otro modo habrían quedado únicamente en relatos o testimonios.

―¿Por qué considera importante preservar estos registros en el presente?
Porque las imágenes cumplen una función que sigue siendo fundamental. Muchas veces los debates públicos terminan cuestionando si determinados hechos ocurrieron o no ocurrieron. Frente a eso, el registro audiovisual se transforma en una evidencia difícil de ignorar. Las grabaciones permiten mostrar acontecimientos concretos y evitar que ciertos episodios desaparezcan de la memoria colectiva.
Todavía, hasta el día de hoy, es casi como ver para creer.
Esa necesidad de registrar no terminó con la dictadura. También estuvo presente durante las movilizaciones sociales posteriores y volvió a hacerse evidente durante el estallido social. En numerosos casos, los videos fueron determinantes para establecer responsabilidades o reconstruir hechos que inicialmente habían sido negados.
Nadie me puede decir que no pasó, porque pasó. Por eso la preservación del archivo tiene para mí una dimensión política y patrimonial al mismo tiempo. No se trata solamente de conservar cintas antiguas, sino de proteger un testimonio histórico construido desde la calle y desde la observación directa de los acontecimientos. El espíritu con que fue filmado fue un espíritu de denuncia y yo tengo la certeza de que aquí las imágenes van a ser usadas con ese mismo espíritu.
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Con miles de horas aún pendientes de digitalización, el archivo de Pablo Salas pasará ahora a resguardo de la Usach, donde quedará disponible para investigación, preservación y consulta pública.






