Hace casi una semana comenzó la Copa Mundial de la FIFA. Un evento que, como cada cuatro años, concentra la atención de millones de personas en todo el mundo, que convierte al fútbol en el idioma común de culturas distintas y que nos invita a pensar que durante un mes todo gira en torno a una pelota.
Sin embargo, el fútbol nunca ha sido solo fútbol. Este Mundial, lejos de escapar a esa lógica, vuelve a demostrar que es también un reflejo del poder, de la política y de las tensiones que marcan el escenario internacional.
La pelota “se mancha”
Existe una idea muy instalada, casi romántica, de que el fútbol es un espacio neutral. Que es un lugar donde las diferencias se suspenden y donde, como decía Maradona, “la pelota no se mancha”. Y puede que dentro de la cancha eso sea cierto. Pero fuera de ella, la historia muestra algo muy distinto. Las instituciones, las decisiones y los contextos en los que se desarrollan estos torneos evidencian que el fútbol está profundamente atravesado por intereses y relaciones de poder.

No es algo nuevo, desde sus orígenes, el deporte ha funcionado como una herramienta social que va mucho más allá de la competencia. Sirve para canalizar conflictos, para proyectar identidades y también como instrumento diplomático. Cuando esa lógica se traslada a un evento global como el Mundial, lo que tenemos es una vitrina donde los Estados no solo compiten en lo deportivo, sino también en términos de imagen, influencia y posicionamiento internacional.
Por eso, cuando se habla de estos torneos aparecen conceptos como el “sportwashing” o el “soft power”. El primero, entendido como el intento de limpiar la imagen de un país a través del deporte. El segundo, como la capacidad de influir en otros no mediante la fuerza, sino a través de la atracción, la cultura y los valores. En ese sentido, el Mundial es probablemente una de las herramientas más poderosas de proyección internacional que existe.
Pero lo que estamos viendo hoy es especial, porque este Mundial no se está desarrollando en un contexto cualquiera. Se juega en un escenario global particularmente tenso, marcado por conflictos activos, polarización política y una creciente fragmentación internacional. En este contexto, hay un elemento que lo vuelve aún más complejo, el rol de su principal anfitrión.
Estados Unidos: un anfitrión especial
Estados Unidos concentra la mayor parte del torneo. De los 104 partidos, 78 se disputan en su territorio. Y desde antes de que comenzara la competencia, las polémicas ya eran buena parte del ambiente que rodea a la cita planetaria.
Esta es la primera vez que una Copa del Mundo es organizada por tres países, Estados Unidos, Canadá y México. Sin embargo, las relaciones entre ellos no atraviesan su mejor momento. Las tensiones comerciales, migratorias y fronterizas han marcado la agenda desde que Trump volvió al despacho oval, generando un contraste evidente con el espíritu de cooperación con el que originalmente se impulsó esta candidatura conjunta.
También es la primera vez que la copa se juega en un país que está en una guerra activa, Estados Unidos contra Irán, que además juega el mundial.

Ahí es donde entra una paradoja. Por un lado, Estados Unidos despliega su poder duro en el escenario internacional, a través de la fuerza militar en Irán. Por otro, intenta utilizar el Mundial como una plataforma de poder blando, como una vitrina para proyectar liderazgo, prestigio y grandeza. Pero en la práctica, ambas dimensiones no se están reforzando, sino que están entrando en contradicción.
Porque lo que debería ser una oportunidad para mostrar apertura al mundo, se ha transformado en una serie de señales que apuntan en sentido contrario.
Las políticas migratorias han sido uno de los principales focos de conflicto. Antes incluso del inicio del torneo, comenzaron a multiplicarse los casos de visas denegadas, controles extremos y restricciones que afectan tanto a jugadores como a árbitros y aficionados.
El caso del árbitro somalí Omar Artan es quizás uno de los más simbólicos. El colegiado elegido como el mejor de África en 2025 y acreditado por la FIFA, con todos sus documentos en regla, fue deportado al llegar a Estados Unidos simplemente por su nacionalidad.
De 150 hinchas ghaneses que solicitaron visa, 147 fueron rechazados. Cuatro países clasificados —Haití, Irán, Costa de Marfil y Senegal— enfrentan prohibiciones de viaje totales o parciales. El delantero iraquí Aymen Hussein fue interrogado durante siete horas en Chicago. Y el secretario de Seguridad Nacional estadounidense confirmó que agentes del ICE estarán presentes en los estadios, sin descartar arrestos por estatus migratorio.
El caso de Irán merece capítulo aparte. La selección iraní tuvo que cambiar a último momento su campamento base a México, luego de que Estados Unidos les negara hospedaje en territorio propio. Sus jugadores recibieron visas estadounidenses apenas una semana antes de la inauguración, varios miembros del personal fueron rechazados, y cuando el propio presidente de la FIFA, Gianni Infantino, los saludó tras su debut, el cuerpo técnico lo encaró acusando un trato injusto.

A esto se suman otras tensiones. El aumento en los costos —con entradas y viajes en precios históricos—, la presencia de fuerzas migratorias en los estadios, las advertencias de seguridad por posibles amenazas, e incluso incidentes que han afectado a delegaciones deportivas en terreno.
Sin embargo, esto son solo algunos casos, porque a una semana del inicio de la competición las polémicas siguen. Todo esto configura una imagen que choca directamente con la idea de un Mundial abierto e inclusivo. Porque un evento que, por definición, busca reunir al mundo, se está desarrollando bajo condiciones que excluyen a parte de ese mismo mundo.
El fútbol une al mundo, el dinero los separa: el rol de la FIFA
En paralelo, también han surgido cuestionamientos hacia la FIFA. Especialmente por lo que muchos consideran una aplicación desigual de sus propios criterios.
Mientras el organismo rector del fútbol no tuvo mayores problemas para apartar a Rusia de cualquier competición. A Israel, a pesar del genocidio en Gaza y su actual expansión al Líbano, el único castigo fue una multa de cerca de $190.700 dólares por múltiples infracciones relacionadas con el racismo y la discriminación.

Ni hablar de Estados Unidos. Cuando quedó claro que Trump no ganaría el Nobel de la Paz, la FIFA creó su propio Premio de la Paz e Infantino se lo entregó personalmente a Trump durante en el sorteo del Mundial.
Noventa organizaciones de la sociedad civil escribieron una carta abierta a Infantino advirtiéndole que la FIFA corre el riesgo de ser usada como instrumento político para rehabilitar a un gobierno.
Cabe señalar que el involucramiento directo de la FIFA en cuestiones políticas estatutariamente está prohibido. Por ello, la entrega de un premio a Trump en medio de los conflictos bélicos en los que está involucrado EE.UU. instaló la percepción de una doble moral, donde las decisiones no siempre responden a principios consistentes, sino a factores políticos y económicos.
Se estima que el torneo recaudará 10.9 mil millones de dólares, frente a los 7 mil millones de Qatar. A lo largo del ciclo de cuatro años, la FIFA proyecta ganancias de 13 mil millones.
Infantino no miente cuando dice que será “el mayor evento que la humanidad haya visto jamás”, solo omite que habla principalmente de dinero. Porque, al final, más allá de las tensiones, el espectáculo sigue adelante. La pelota sigue rodando, los partidos se juegan y las audiencias responden.






