El fútbol y el deporte en general se constituyen en Chile como una práctica social y un espectáculo organizado desde hace aproximadamente 140 años. Esa es una de las principales premisas de “Historia social del fútbol chileno”, el nuevo libro del profesor de la Facultad de Comunicación e Imagen de la Universidad de Chile, Eduardo Santa Cruz, publicado bajo el sello Lom Ediciones.
En entrevista con el programa Radioanálisis, el académico propuso analizar esta disciplina no como un mero juego de día domingo, sino a través de sus implicancias sociológicas, su irradiación en la comunidad y el impacto que tuvo en las formas de sociabilidad y las miradas políticas del país.
El origen de la práctica futbolística en Sudamérica estuvo ligado al entretenimiento de las cúpulas y de la colonia británica residente. Sin embargo, Santa Cruz explicó que el proceso de masificación fue extremadamente corto: hacia la década de 1890 el deporte fue rápidamente apropiado por los sectores populares y masivos. El surgimiento de los clubes amateur y de barrio ocurrió por una iniciativa espontánea de la propia sociedad, adoptando una lógica de organización de base idéntica a la de las mutuales o las mancomunales.

En esta irradiación territorial jugó un papel decisivo el aparato educacional del siglo XIX, amparado en la idea del “Estado docente”. El profesor detalló que, a partir de la reforma educacional de Balmaceda, la contratación de profesores alemanes para el Instituto Pedagógico permitió introducir formalmente la disciplina de la educación física en los liceos chilenos. Al graduarse, esas primeras promociones de docentes se desparramaron por los establecimientos del país llevando consigo la idea del club deportivo, lo que explica por qué muchas de estas instituciones nacieron al alero de liceos, fábricas y juntas de vecinos.
Esa necesidad de hacer del fútbol una actividad de carácter público y un espectáculo “hecho para ser visto” moldeó incluso la arquitectura urbana. Según el académico, esto explica por qué las multicanchas de barrio en Chile se construyeron históricamente con rejas en lugar de murallas, precisamente para que los jugadores “se vean”. No obstante, cuando el fútbol comenzó a demandar mayores recursos, apareció en Santiago la primera cancha cerrada hacia 1905 o 1906: la llamada “cancha El Carmen” —ubicada cerca de la actual Avenida Matta—, la cual fue cercada con el objetivo específico de cobrar entrada.
El quiebre neoliberal y la paradoja de Julio Martínez
Uno de los nudos centrales del libro es la transformación de la propiedad de los clubes. Santa Cruz define el paso a las Sociedades Anónimas Deportivas como un proceso de privatización absolutamente análogo al que sufrieron la salud, la educación y la previsión social durante la dictadura. Aunque el régimen militar no logró privatizar la estructura del fútbol en aquel momento, generó una inmensa crisis económica durante los años ochenta que se extendió a la década del noventa mediante sueldos impagos y huelgas de jugadores; un escenario de precariedad que terminó siendo utilizado como el justificativo para privatizarlo.

Foto: Photosport.
El punto culmen de este cambio de modelo fue impulsado por el expresidente Sebastián Piñera, quien presentó el proyecto de ley de Sociedades Anónimas Deportivas en su último día como senador, para luego comprar acciones de Blanco y Negro y convertirse en uno de los dueños de Colo-Colo antes de su primera campaña presidencial.
Este dictado económico generó un violento choque de paradigmas contra una tradición histórica donde la soberanía de los clubes recaía en la asamblea de socios. Para graficar esta pérdida de sentido común, Santa Cruz trajo a la memoria una mítica transmisión del fallecido comentarista Julio Martínez, quien al enterarse de un intento de compra de Unión Española se preguntó al borde de las lágrimas: “¿Cómo es posible que alguien pueda comprar la Unión Española?”.
Hoy, esa lógica de mercado permite distorsiones en las que grandes empresarios compran clubes con los que no tienen ningún vínculo afectivo. El académico ejemplificó este fenómeno con el caso de Nicolás Abumohor y su familia —históricamente ligados a Palestino— adquiriendo el club O’Higgins de Rancagua de un día para otro, simplemente bajo la premisa de “porque tengo plata”.

En la recta final del diálogo, Santa Cruz abordó el fenómeno de las barras bravas, desmarcándose de la visión reaccionaria que las define como un grupo de “gente mala” que arruina el espectáculo de la sociedad buena. Para el autor, estas agrupaciones actúan como un síntoma fidedigno de una sociedad que está funcionando mal, que excluye, estigmatiza y no brinda oportunidades.
El investigador argumentó que, tras la destrucción sistemática de las redes de participación popular de base —que históricamente entrelazaban a juntas de vecinos, centros de madres y clubes deportivos—, las juventudes perdieron los puentes de acceso a la educación y el desarrollo. Al quedarse sin un horizonte de posibilidades, el fútbol se transformó en el “motivo de vida” exclusivo para el joven de la barra, arrastrándolo a la distorsión vital de estar dispuesto a “matar y a morir” por el club. Una crisis que, a juicio del autor, tomará décadas revertir porque el sistema político se niega a tratarla con soluciones sociales de fondo.
Entrevista completa:






