Ecos de un mensaje presidencial (I): Batalla de Maipú no finalizó la indenpendencia

  • 24-06-2026

Reconozco que cuando hace días escuché el pasaje del extenso  discurso presidencial de José Antonio Kast Rist en que haciendo memoria reconocía los méritos patrióticos  de Bernardo O’Higgins, Portales, Prat y otros héroes, instantáneamente saltaron a mi mente: ¿Y por qué no nombra a Ramón Freire? ¿Tendrá algún prejuicio contra él? ¿Le desagradaban sus posturas anticlericales? ¿Existe un pacto secreto castrense para borrar a Ramón y endiosar a Bernardo? Me pasé cualquier película y también lo atribuí al olvido de algún  asesor político fascista.

Lo cierto es que motivado por el deseo de reparar el vacío histórico, actualizar la auténtica verdad e intentar justicia política, ¡Mal que mal,  muy lejos Freire es el prócer máximo de las batallas por la Independencia, comparándolo, los investigadores, con el mítico Cid Campeador!, decidí  escribir estos artículos para, asimismo, refrescar la memoria de ciertos ontólogos e informar a nuevas generaciones algunas de sus obras realizadas como Director Supremo, Presidente del país, Juntas de Gobierno y Capitán General, mismo rango que ostentó don Bernardo.

Adelantándome a lógicas suspicacias, reconozco que mi primera afirmación, La batalla de Maipú no significó la liberación del yugo español, puede suscitar polémicas. Situación lógica porque tal realidad es la que se enseña en los planes de estudios y describen los textos de los más connotados historiógrafos. Por ciento, centenares de años crecimos con ese interesado sermón. No obstante, la relectura de las gestas políticas  pasadas y los viles caudillismos sufridos durante la formación de la República en la década del 1820 llevan a otra y nueva interpretación, menos conservadora, apasionada y nefasta.

Es curiosa la forma en que el Destino trenzó la vida de los dos caudillos más gravitantes de los anales patrios.  De cunas opuestas: uno, a pesar de ser hijo huacho de un virrey, educado en  selectos colegios europeos; otro, huérfano de padre muerto en un naufragio y formado por tíos comerciantes pencones, a ambos el albur se empecinó en unirlos en marcos de ardorosos sueños, combates, revoluciones, disputas, muertes, celos, hazañas, hegemonías ideológicas. Sin embargo, la suerte les tenía reservado desenlaces inesperados. Perdonados de condenas a muerte, desterrados en Perú, mientras Bernardo se despedía en 1842 en su hacienda peruana de Montalván, aconsejando que Chile en su  desarrollo económico mirara hacia el Estrecho de Magallanes; Ramón en 1851, como allegado de casa familiar en Pencahue, horroroso cáncer vocal, desde su lecho propiciaba la conveniencia de negociar con países polinésicos, lugares en que el fuera asesor de la reina Pomaré de Tahití.

En afán de sintetizar y facilitar la comprensión del porqué del título, hago un racconto al épico 5 de abril de 1818 y de sus inmediatos combates desarrollados en parajes del fundo  Lo Espejo y que son poco mencionados. Victorioso, agotado, henchido de valor revolucionario, O’Higgins concurrió a pesar de que quince días antes fuera herido en un brazo en el Desastre de Cancha Rayada. La encarnizada batalla de Maipú entre el Ejército Unido de los Andes y Chile de José de San Martín derrotó las numerosas huestes  y poderoso armamento del Ejército Real de Chile y el Imperio Español.  Humillado, huestes masacradas, el coronel Mariano Osorio huyó ordenando  la retirada de su aniquilado destacamento.  No obstante, el grueso de las tropas  encabezados por el brigadier José Ordoñez, más de  mil hombres, dispuestos a morir por la corona española,  continuaron ofreciendo fiera resistencia en  campos de Lo Espejo. Tras sangrientos enfrentamientos, con Freire y los Cazadores atravesando cuerpos con sus lanzas hasta el hastío, victorioso nuevamente, apilando cadáveres en las casas de adobe, culminó la batalla iniciada en Maipú.

Días de gloría para Ramón. Instantes en que, Bernardo, al tanto de su hazaña bélica y, de paso, agradecido de que él antes lo salvara dos veces de morir: en las Tres Acequias y en el Desastre de Rancagua, sintiendo franca admiración, y para muchos considerándolo su protegido, en justo reconocimiento lo designa  gobernador de Concepción. Ciudad en que el colosal soldado se transformaría en equilibrado político liberal pipiolo. Empero, la Independencia no estaba concluida. Abundarán traumáticas jornadas en que Freire deberá enfrentar por ¡siete años! la terrible Guerra a muerte sureña contra el reorganizado y poderoso ejército español que, desde el virreinato peruano, se empecinaba en continuar dominando Chile.

El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor y no refleja necesariamente la posición de Diario y Radio Universidad de Chile.

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