Con la reciente victoria de Abelardo de la Espriella en Colombia y el avance sostenido de Keiko Fujimori en Perú, el mapa regional se está inclinando con claridad hacia el ascenso de las “nuevas derechas”.
Este fenómeno marca un contraste evidente con lo que fue la región a comienzos del siglo. En ese entonces, América Latina vivía la llamada “marea rosa”, una etapa dominada por gobiernos de izquierda, desde los liderazgos más radicales como Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador o Daniel Ortega en Honduras, hasta expresiones más moderadas de corte socialdemócrata como las de Lula da Silva, Michelle Bachelet o el Frente Amplio uruguayo. Era un ciclo político dominado por una hegemonía progresista.
Sin embargo, a casi tres décadas, el panorama es radicalmente distinto. Hoy, más que una marea, lo que se vive en la región es un verdadero “tsunami azul profundo”, donde corrientes de extrema derecha avanzan con rapidez y consolidan posiciones de poder en gran parte del continente.

Pero esto no ocurrió de un día para otro. Desde la segunda mitad de la década pasada, con el fin del boom de las materias primas, que debilitó la capacidad fiscal, además de escándalos de corrupción y promesas incumplidas, fueron erosionando fuertemente la confianza ciudadana.
El primer hito fue la victoria de Sebastián Piñera el 2010, seguida por Mauricio Macri en Argentina el 2015 y, posteriormente, por la irrupción de Jair Bolsonaro en Brasil en 2018, quien fue el primero en encarnar está “nueva derecha” más radicalizada.
Aunque hubo un breve rebote de la izquierda con figuras como Gabriel Boric, Gustavo Petro o el regreso de Lula, la tendencia volvió a inclinarse hacia la derecha, pero esta vez con liderazgos mucho más disruptivos. Se trata de dirigentes con discursos centrados en el orden, la seguridad, los valores tradicionales, el libre mercado, una crítica frontal a las élites políticas tradicionales, pero sobre todo dispuestos a dar una “batalla cultural” contra el progresismo. Además, muestran un alineamiento ideológico más explícito con Estados Unidos. Llamados neorreaccionarios, iliberales o simplemente extremaderecha.
Este nuevo ciclo se consolida especialmente a partir de 2023, con la irrupción de Javier Milei en Argentina y el fortalecimiento del modelo de seguridad de Nayib Bukele en El Salvador. A ellos se suman líderes como Daniel Noboa en Ecuador, José Antonio Kast en Chile, y ahora Abelardo de la Espriella en Colombia. En paralelo, se proyecta un posible triunfo de Keiko Fujimori en Perú, lo que refuerza la idea de una tendencia regional.

Entre 2023 y 2026, 11 de 14 elecciones presidenciales en América Latina fueron ganadas por fuerzas de derecha. Este fenómeno ocurre además en el contexto de un “superciclo electoral” que se extiende hasta 2027, con elecciones pendientes en Brasil y México.
El declive de la izquierda y las derechas
Más allá del ámbito electoral, lo relevante es entender por qué ocurre este giro. No se trata necesariamente de una adhesión ideológica profunda, sino de una combinación de factores coyunturales.
En primer lugar: el voto castigo. En los últimos años, cualquiera que sea el sector político que gobierne, termina siendo penalizado por ser incapaz de resolver los problemas estructurales de la sociedad. En segundo lugar, la crisis de seguridad, marcada por el avance del crimen organizado y la migración irregular, instalando la demanda por mano dura como prioridad ciudadana. Y, en tercer lugar, una creciente desilusión con los gobiernos progresistas, que no lograron cumplir sus promesas de transformación.
Ahora bien, esta nueva derecha no es homogénea. Bajo ese paraguas conviven al menos tres corrientes distintas. Por un lado, una derecha libertaria radical, representada por Milei, con un discurso antisistema y énfasis en la reducción del Estado. Por otro, una derecha securitaria o neopatriótica, como la de Bukele o Kast, centrada en el orden, la seguridad y los valores tradicionales, incluso tensionando los límites democráticos. Por último, una derecha más institucional, enfocada en la estabilidad económica y la gestión técnica.

Parte de lo que explica el ascenso de las derechas y el declive de las izquierda pasa por factores estructurales. Uno de ellos es el hiperpresidencialismo, que llevó a depender excesivamente de liderazgos carismáticos sin consolidar instituciones duraderas. Otro es la dificultad para gobernar sin mayorías legislativas, lo que generó bloqueos y crisis políticas. Y también el fracaso de los proyectos de integración regional, como UNASUR o ALBA, que carecieron de institucionalidad sólida y dependieron demasiado de afinidades ideológicas.
Pero un elemento realmente clave en este nuevo escenario es el rol de la tecnología. Las nuevas derechas han aprovechado las redes sociales como herramienta de movilización política, sustituyendo las estructuras partidarias tradicionales. Además, el ecosistema digital, que favorece contenidos emocionales y polarizantes, se alinea con sus discursos.
Lo último, ha permitido una comunicación directa con la ciudadanía, debilitando el rol de los medios tradicionales, de las instituciones, pero sobre todo reemplazando la organización territorial y cambiando completamente las reglas de la discusión política.

Nueva derecha, mismos errores y un lineamiento peligroso
Pese a su éxito, estas nuevas derechas enfrentan riesgos similares a los que llevaron al declive de la marea rosa. El primero es el hiperpersonalismo. Proyectos políticos dependientes de un líder, sin estructuras sólidas que los sostengan. El segundo es la erosión de los contrapesos institucionales, bajo la narrativa de que son obstáculos, sectores medios y la derecha tradicional termina abriendo un frente de batalla entre supuestos aliados. Y el tercero, la construcción de alianzas internacionales basadas más en afinidades ideológicas que en intereses estratégicos. Un verdadero peligro a futuro.
Muchas de estas derechas han optado por un alineamiento fuerte con Estados Unidos, particularmente de Donald Trump y también muy fuertemente con Israel. Cuesta entender las razones detrás de esto y es inevitable pensar en denuncias como el Hondurasgate y la red de estadounidense-israelí para interferir en elecciones internas.
Además, lo anterior se enmarca de lleno en la “Doctrina Donroe”, una actualización de la Doctrina Monroe que busca limitar la influencia de China en la región y asegurar la influencia en el hemisferio.

Pero aquí surge una contradicción imposible de obviar. China es el principal socio comercial de América Latina, especialmente en Sudamérica. Por lo tanto, un alineamiento total con Estados Unidos puede entrar en tensión con los intereses económicos de la región. Esto plantea un dilema complejo, que probablemente marcará la política exterior latinoamericana en los próximos años.
Lo que se observa en América Latina no es simplemente un giro ideológico, sino un ciclo político marcado por el pragmatismo y el desencanto. El electorado no se ha vuelto necesariamente más conservador, sino más exigente e impaciente.
En ese escenario, tanto la izquierda como la derecha enfrentan el mismo desafío: construir proyectos sostenibles, capaces de responder a las demandas inmediatas sin sacrificar la estabilidad institucional.
Porque si algo muestra la historia reciente de la región, es que el péndulo político puede moverse rápido. Pero la verdadera pregunta es cuánto más puede tensarse sin que termine afectando la propia democracia.






