La carrera por la secretaría general de Naciones Unidas entra en la fase decisiva, una elección que llega en uno de los momentos más complejos en la historia del organismo internacional desde su fundación en 1945. En un escenario marcado por la parálisis, el cuestionamiento y una profunda fragilidad institucional, los candidatos comienzan a enfrentarse al verdadero filtro de la elección, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas.
En este momento, las rondas de presentación y preguntas frente al consejo son particularmente claves. Para entenderlo con una analogía, si el puesto de secretario general es el de un papa laico, entonces este es el cónclave.
En las reuniones privadas con los 15 miembros del consejo, incluidos los cinco permanentes con derecho a veto: Francia, Reino Unido, Estados Unidos, Rusia y China (también llamados P5), es donde realmente se define quién tiene opciones reales de avanzar.

Bachelet y sus rivales
Entre las candidaturas, una de las figuras más relevantes es la expresidenta chilena Michelle Bachelet, quien ya sostuvo su encuentro con el Consejo. Tras la reunión, la evaluación fue positiva, destacando un diálogo fluido y constructivo. Su perfil es de los más competitivos y con mayor experiencia para ocupar el cargo. Dos veces presidenta, ex alta comisionada de derechos humanos y exdirectora de ONU Mujeres, la posicionan como una de las figuras con más peso político global.
Sin embargo, no compite sola. En total son seis candidaturas que reflejan distintas visiones sobre cómo reformar o conducir Naciones Unidas en este momento crítico.
Otra de las candidatas más fuertes es la costarricense Rebeca Grynspan, economista y actual secretaria general de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo. Su perfil es más técnico, menos político, y eso juega a su favor ante un Consejo de Seguridad altamente polarizado. Propone reformas estructurales al sistema financiero internacional y el uso intensivo de datos para anticipar crisis. Su principal fortaleza es precisamente esa, aparece como una candidata de consenso, capaz de evitar vetos entre las grandes potencias.
En paralelo, surge la figura del argentino Rafael Grossi, actual director del Organismo Internacional de Energía Atómica (OIEA). Su experiencia en temas de seguridad internacional es indiscutida, especialmente en escenarios complejos como Ucrania o las tensiones entre Estados Unidos e Irán. Su propuesta apunta a una ONU más ágil y operativa. Sin embargo, enfrenta dos obstáculos importantes. Por un lado, la presión para que la próxima secretaria general sea mujer, y por otro, las dinámicas geopolíticas que condicionan su viabilidad.

También está en carrera el expresidente de Senegal, Macky Sall, quien representa una alternativa fuera del eje latinoamericano. Su discurso se centra en una gobernanza global más equitativa, con especial énfasis en la representación de África en el Consejo de Seguridad. No obstante, su candidatura enfrenta el peso de la rotación regional no escrita, que en este ciclo favorece a América Latina y el Caribe, además de no ser apoyado por su país.
Desde la región también compite la ecuatoriana María Fernanda Espinosa, expresidenta de la Asamblea General de la ONU. Su propuesta busca recuperar la legitimidad del multilateralismo desde lo local, con énfasis en prevención de crisis y justicia climática. Aun así, su debilidad radica en la falta de apoyo sólido de su propio país, lo que limita su proyección en un proceso altamente politizado.
La lista termina con Carolyn Rodrigues Birkett, la última en sumarse a la carrera. Representante de Guyana, encarna una candidatura más reciente y con fuerte énfasis en los pequeños estados insulares y el cambio climático. Su perfil resulta atractivo para países medianos y pequeños, aunque aún aparece como una opción más dentro de la competencia.
Volviendo a Bachelet, su candidatura sigue siendo una de las más fuertes, pese a haber perdido el respaldo oficial de Chile tras el cambio de gobierno, en una de las decisiones más polémicas y cuestionadas de la tradición diplomática chilena. Mantiene el patrocinio de Brasil, México y el respaldo de Colombia, las tres mayores economías de la región, lo que le permite sostener una base política relevante. Su propuesta gira en torno a la diplomacia preventiva, los derechos humanos y una ONU más eficiente. Pero enfrenta el riesgo de un eventual veto de Estados Unidos, donde ya senadores republicanos han cuestionado su perfil.

El contexto es el caos
Ahora bien, más allá de los nombres, lo central es entender el contexto en el que se desarrolla esta elección. El propio secretario general saliente, Antonio Guterres, lo resumió como “el contexto es el caos”. El organismo enfrenta al menos cuatro grandes crisis estructurales.
La primera es la fractura geopolítica del Consejo de Seguridad que está prácticamente paralizado por el uso constante del veto. Conflictos como Ucrania, Gaza, Irán o Sudán evidencian que las grandes potencias están optando por acciones unilaterales, debilitando el rol de la ONU como espacio de mediación.
La segunda es la mayor crisis financiera en 80 años. La organización enfrenta un déficit histórico debido al retraso en el pago de cuotas por parte de los estados miembros. Incluso se ha advertido que podría no haber fondos suficientes para cubrir salarios en los próximos meses. En este punto, el rol de Estados Unidos es clave, dado que mantiene una deuda millonaria con la institución que se niega a pagar.

El tercer problema es la obsolescencia institucional. Las estructuras de poder de la ONU siguen reflejando el orden mundial de la posguerra, completamente desfasado respecto a la realidad actual. A esto se suma el estancamiento de la Agenda 2030, con la mayoría de sus metas lejos de cumplirse por falta de financiamiento.
Y finalmente, está la tensión entre transparencia y realpolitik. Si bien el proceso de elección es hoy más abierto que en el pasado, con audiencias públicas y mayor exposición, la decisión final sigue dependiendo del Consejo de Seguridad, en particular, de los cinco miembros permanentes, donde las reuniones de pasillo y sesiones privadas son por lejos mucho más determinantes que cualquier cosa.
La realpolitik
En este escenario, hay dos grandes factores que cruzan toda la elección. Por un lado, la fuerte presión para que la próxima secretaria general sea la primera mujer en la historia del organismo. Y por otro, la expectativa de que el cargo recaiga en América Latina y el Caribe, siguiendo la lógica de rotación regional.
Pero estas reglas no escritas funcionan mientras no choquen con los intereses de las grandes potencias. Cuando el escenario global se tensiona, como ocurre hoy, la lógica cambia y lo que prima es evitar conflictos y garantizar estabilidad mínima.

Candidaturas con alto peso político, como la de Bachelet, pueden volverse más vulnerables precisamente por su perfil. Para las potencias, una figura fuerte e independiente puede ser vista como un riesgo. En cambio, perfiles más técnicos y menos confrontacionales, como el de Grynspan, ganan terreno.
Además, América Latina llega fragmentada. No hay un candidato único de consenso. Chile retiró su apoyo a Bachelet, Ecuador no respalda a Espinosa y Argentina impulsa a su propio candidato. Esta división debilita a la región y abre espacio para alternativas externas.
En definitiva, lo que hoy parece un consenso —una mujer latinoamericana al mando— depende de que todo lo demás se mantenga estable. Y en el mundo actual, eso es precisamente lo que no está ocurriendo.
Quien asuma en 2027 no llegará a administrar una organización en calma, sino a intentar evitar su irrelevancia. Más que liderar la paz, tendrá que reconstruir la legitimidad de un sistema multilateral que hoy enfrenta su mayor prueba desde que fue fundada.






