Guerra Rusia-Ucrania entra en fase crítica: presiones internas y externas apuntan a un recrudecimiento del conflicto

Rusia intensifica ataques masivos mientras Ucrania golpea su economía energética. El conflicto se redefine más allá del frente, con desgaste asimétrico, presión interna en ambos países y un equilibrio cada vez más frágil que amenaza con romperse.

Rusia intensifica ataques masivos mientras Ucrania golpea su economía energética. El conflicto se redefine más allá del frente, con desgaste asimétrico, presión interna en ambos países y un equilibrio cada vez más frágil que amenaza con romperse.

La guerra entre Rusia y Ucrania entra en una fase particularmente crítica. A más de cuatro años del inicio de la invasión, lo que vemos hoy no es simplemente una continuación del conflicto bélico, sino una reconfiguración de las dinámicas internas y externas a niveles más profundos que simples avances en el terreno.

Según el Centro de Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), el conflicto suma ya más de 2 millones de bajas. Del lado ruso se estiman entre 400 mil y 450 mil muertos, con un total de 1,4 millones de bajas entre muertos, heridos y desaparecidos. Ucrania, por su parte, registra entre 525 mil y 625 mil bajas, con hasta 150 mil muertos.

Más allá de la gran cantidad de víctimas, lo relevante es la evolución de las cifras. En la primera mitad de este año, la relación de bajas habría llegado a una razón de 8 a 1, lo que muestra un desgaste profundamente asimétrico.

El blitz ucraniano contra la red energética rusa

En las últimas semanas el conflicto está avanzando hacia un punto de inflexión. Durante la madrugada del 2 de julio, Rusia ejecutó uno de los ataques más masivos desde el inicio de la guerra. Más de 70 misiles y cerca de 500 drones golpearon Kiev, Poltava y Dnipropetrovsk. Solo en la capital ucraniana murieron más de 20 personas, incluido niños. En total, hubo más de 90 heridos, entre ellos personal médico y equipos de emergencia que recibieron impactos directos.

Destrucción en un edificio residencial en Kiev tras ser impactado por un misil ruso en la noche del 2 de julio. Foto: Servicio de Emergencia Estado de Ucrania

El alcalde de Kiev, Vitali Klichkó, aseguró que se trató del ataque más denso contra la capital desde 2022. Más de 30 objetivos recibieron impactos en cinco distritos, entre ellos edificios residenciales, un hotel y un instituto de investigación. Desde Moscú, la narrativa fue distinta, a través del portavoz Dmitry Peskov, insistió en que se trató de una operación “quirúrgica” contra infraestructura militar, fábricas de drones, almacenes y centros energéticos estratégicos.

Sin embargo, los análisis de inteligencia de fuentes abiertas apuntan a otro objetivo. Saturar los sistemas de defensa aérea ucranianos, en particular los misiles Patriot. Es decir, no solo destruir blancos, sino también agotar la capacidad de defensa del adversario. Mientras, el presidente ucraniano, Volodomir Zelensky, insiste en la necesidad de renovar su arsenal antimisiles ante la escasez de los mismos y la reubicación de estos elementos en Medio Oriente por parte de Estados Unidos.

Esta lógica se entiende mejor si se observa la otra cara del conflicto. Ucrania está desarrollando una estrategia de “bloqueo profundo”, que el propio Zelenski definió como un “blitz” para asfixiar la economía de guerra rusa. A mediados de junio, enjambres de casi 200 drones llegaron a Moscú, golpearon la refinería de Kapotnya —a solo 15 kilómetros del Kremlin— y paralizaron los aeropuertos internacionales de la capital.

Pero el impacto más profundo no es solo simbólico, sino que apunta al corazón de la economía rusa. Ucrania está atacado de forma sistemática la red energética rusa. Refinerías en Yaroslavl, Ufa, Nizhny Novgorod y San Petersburgo. Con esto cerca del 25% de la capacidad de refinación de Rusia quedó paralizada. El volumen de crudo procesado cayó a mínimos de dos décadas.

Panorámica de Odesa, ciudad fuertemente bombardeada durante los 4 años de guerra entre Rusia y Ucrania. Vía X@ukraine_map

Aquí aparece una de las claves más importantes del momento actual. Ucrania no ataca los pozos de petróleo —que son difíciles de detener sin causar daño permanente—, sino las refinerías. Eso obliga a Rusia a seguir extrayendo crudo, pero sin capacidad para convertirlo en combustible. El resultado es una distorsión económica mayor. Moscú debe exportar petróleo sin procesar, a menor precio, perdiendo el valor agregado del diésel y la gasolina.

A esto se suma el contexto internacional. Tras el alivio de tensiones en el estrecho de Ormuz, el precio del crudo Brent cayó al rango de 70 a 72 dólares. Es decir, Rusia vende más volumen, pero a menor precio. 

Este fenómeno ya tiene un impacto interno inmediato. La producción de gasolina cayó un 17%, derivando a un racionamiento que afecta a más de 55 regiones. Las imágenes de largas filas y estaciones sin combustible obligaron al propio Putin a reconocer desabastecimientos.

El consumo interno supera las 110 mil toneladas diarias, mientras que la producción apenas alcanza las 85 mil. Para cubrir esa brecha, Rusia tuvo que recurrir a la importación de crudo, algo que no ocurría desde la era soviética. Bielorrusia actúa como proveedor inmediato y procesa crudo ruso para devolverlo como gasolina. India, en una paradoja notable, compra petróleo ruso barato, lo refina y luego lo revende a Rusia. Además, Moscú negocia importaciones con Kazajistán.

La presión por respuestas mayores y un Kremlin que prepara una salida

Este escenario revela una tensión creciente dentro del propio sistema ruso. Las élites económicas, en particular las ligadas a gigantes energéticos como Lukoil, Rosneft y Gazprom Neft, enfrentan una presión directa. Los ataques destruyeron activos clave y los costos de reparación ascienden a cientos de millones de dólares, en un contexto en el que el Kremlin además exige contribuciones para financiar la guerra.

Al mismo tiempo, dentro del aparato de seguridad —el FSB (heredera de la KGB) y la Guardia Nacional— crece la percepción de una humillación estratégica. La capacidad ucraniana de golpear Moscú y otras ciudades se ve como una falla crítica de seguridad interna. De ahí surge la presión por una escalada más agresiva.

Presidente de Rusia, Vladimir Putin.
Presidente de Rusia, Vladimir Putin. Foto: Kremlin.

En contraste, el ala tecnocrática del gobierno enfrenta otro problema, contener el impacto económico. La inflación, el alza de tasas y el desabastecimiento erosionan la estabilidad interna. Incluso los índices de aprobación de Putin muestran señales de desgaste, incluso en medios controlados por el Estado.

Un documento que se filtró desde la presidencia reconoce el riesgo de una “victoria pírrica” y sugiere preparar el terreno discursivo para una eventual negociación, incluso para “despenalizar” la palabra paz. Esto revela una tensión entre sectores estratégicos, mientras el aparato militar empuja por intensificar la ofensiva, el aparato político evalúa una salida.

Pero este equilibrio es frágil para un Putin que enfrenta un desafío político. Cualquier acuerdo que no pueda presentar como una victoria clara implica riesgos internos, dado el costo humano y económico que ya suma la guerra.

El escenario del lado ucraniano tampoco es lineal

La guerra convive con tensiones internas, sobre todo en torno a la corrupción. El escándalo de Energoatom en 2025, con comisiones ilegales de hasta 15%, provocó la renuncia de altos funcionarios y se convirtió en la mayor crisis política de Zelenski. Además, encuestas indican que el 70% de los ucranianos cree que sus dirigentes usan la guerra para enriquecerse.

Esto introduce una segunda capa de complejidad, Ucrania no solo depende del apoyo militar occidental, sino también de mantener su legitimidad interna y externa. Y esa legitimidad hoy muestra fisuras.

Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, sentado en un escritorio.
Presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski. Foto: X @ZelenskyyUa.

Alemania acusó formalmente a exmilitares ucranianos de la destrucción del gaseoducto Nord Stream, uno de lo más importantes del continente europeo y que fue destruido al inicio de la guerra. Mientras que Polonia condicionó cualquier tipo de ayuda y votos a favor de Ucrania, debido a la decisión de Zelenski de nombrar a una unidad militar de élite en honor a figuras vinculadas al Ejército Insurgente Ucraniano (UPA), una unidad vinculada a facciones neonazis e históricamente enfrentadas con Varsovia.

Además, las tensiones con Bielorrusia no dejan de crecer, agregando un factor que podría extender la guerra más allá de las fronteras actuales.

La guerra se desplazó desde el frente hacia las profundidades económicas, energéticas y políticas de ambos países. Rusia responde con escaladas militares que buscan restaurar la disuasión, pero que también funcionan como un mecanismo de contención interna. Ucrania, por su parte, golpea el corazón económico del adversario, aunque arrastra sus propias fragilidades.

El resultado es un equilibrio inestable, donde la guerra ya no se define solo por avances territoriales, sino por la capacidad de sostener el esfuerzo en múltiples dimensiones. Y en ese escenario, tanto Moscú como Kiev enfrentan límites cada vez más visibles.





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