Este 4 de julio Estados Unidos conmemora 250 años de su independencia del Imperio Británico. Dos siglos y medio desde que 13 colonias rompieron sus lazos con Londres y dieron origen a una república que terminaría convirtiéndose en una de las mayores potencias de la historia.
No es el imperio más grande en territorio, como el británico; ni el mayor imperio terrestre continuo, como el mongol; ni el paradigma clásico de dominio territorial, como el Imperio Romano. Pero sí el de mayor alcance a nivel multidimensional: militar, financiero, cultural, tecnológico, espacial, marítimo, digital y político. Estados Unidos no solo proyecta poder sobre territorios, construyó un orden global completo. Una red de instituciones, mercados, alianzas, bases militares, empresas, relatos y deseos que moldea buena parte de la vida moderna.
Los cimientos de un imperio moderno: “Imperio de la Libertad”
Para entender esa magnitud no sirve con solo mirar Wall Street, Silicon Valley, Hollywood, la OTAN o sus portaaviones. Hay que volver al origen. La declaración de independencia de 1776, redactada principalmente por Thomas Jefferson, instaló un lenguaje radical para su época, derechos inalienables, libertad, búsqueda de la felicidad, consentimiento de los gobernados y derecho de revolución frente a gobiernos injustos.

Sin embargo, esa declaración tenía un vacío. Explicaba por qué las colonias rompían con Gran Bretaña, no cómo funcionaría el nuevo país. La maquinaria institucional vino después, con la constitución de 1787. En ese momento apareció la verdadera arquitectura del poder estadounidense. Una república diseñada para contener facciones, proteger la propiedad privada, estabilizar contratos, ordenar el crédito y permitir la expansión a gran escala.
Los arquitectos de esa estructura son lo que hoy llaman “padres fundadores”. James Madison aportó la ingeniería de los contrapesos, dividir el poder para evitar su captura. Alexander Hamilton entendió que sin finanzas no habría soberanía duradera, impulsó la asunción federal de las deudas, el primer banco de Estados Unidos y una visión industrial y comercial de la nueva república. Jefferson, en cambio, ofreció una narrativa expansiva con su idea del “Imperio de la Libertad”. Una fórmula contradictoria, pero que permitió presentar la expansión territorial como misión histórica. Y George Washington aportó paciencia estratégica. Evitar las guerras europeas, ganar tiempo, poblar el territorio, consolidar instituciones y acumular capacidades. En esa combinación se definió la clave de largo plazo. Estados Unidos no nació como imperio, pero sí con una estructura preparada para convertirse primero en potencia continental y luego en potencia global.
Sin embargo, ese “Imperio de la Libertad” se levantó también sobre exclusión, esclavitud, apropiación de tierras y asesinato de indígenas, fronteras raciales, territoriales y políticas. Desde el inicio, el país combinó libertad y propiedad, república y expansión, democracia y exclusión, derechos universales y jerarquías raciales. Por eso su crisis actual no puede leerse como una anomalía externa a su historia, sino como el choque entre contradicciones que desde su fundación estuvieron presentes.
El orden de postguerra: la “Pax Americana”
El salto definitivo llegó después de la Segunda Guerra Mundial. En 1945, mientras Europa y Asia salían devastadas, Estados Unidos conservaba su territorio intacto, concentraba cerca de la mitad de la producción industrial mundial, acumulaba buena parte de las reservas de oro y poseía el monopolio inicial del arma nuclear. Con ese poder diseñó el orden internacional bajo lo que hoy se conoce como la “Pax Americana”.

Bretton Woods, el dólar, el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial, la red de alianzas, la OTAN, las bases militares, el control de rutas marítimas y el poder cultural de Hollywood. Todo ayudó a consolidar un imperio distinto a los clásicos. No necesitó gobernar directamente todos los territorios. Construyó un sistema al que otros países se integraron porque ofrecía seguridad, financiamiento, mercados, consumo, modernidad, pero sobre todo una alternativa obligada a la Unión Soviética. O te unías o te unían.
El mundo unipolar: en la victoria nace el germen de la derrota
Tras la caída de la URSS, ese poder alcanzó su punto más alto. El “mundo unipolar”. Estados Unidos quedó como la única superpotencia global y muchos imaginaron que la democracia liberal y el capitalismo global se habían impuesto como destino inevitable. Pero en esa victoria se sembró el germen de la crisis posterior.
El mismo orden económico que Estados Unidos impulsó ayudó al ascenso de China. La apertura comercial y la deslocalización productiva impulsada por los oligarcas financieros estadounidenses permitió mayores ganancias corporativas, pero también trasladaron capacidades industriales hacia Asia. El llamado “shock chino” golpeó empleos, salarios y comunidades manufactureras. El empleo industrial estadounidense, que llegó a 19,6 millones de trabajadores en 1979, cayó a 12,8 millones en 2019. Para muchas zonas del cinturón industrial, la globalización no significó prosperidad, sino abandono, precariedad y humillación.
Ahí se enmarca el ascenso de Donald Trump y el movimiento MAGA. Trump no surgió de la nada, sino como una expresión de la tensión interna del propio proyecto estadounidense. Nacionalismo económico, nostalgia industrial, rechazo a las elites globalistas, desconfianza de los compromisos multilaterales, proteccionismo y la idea de que Estados Unidos es quién debe mandar.

El problema es que, al intentar salvar el poder estadounidense, el trumpismo comenzó a desmontar parte de la arquitectura que lo hizo posible. Alianzas, ayuda exterior, previsibilidad, apertura comercial, legitimidad internacional y poder blando. Su segundo mandato profundizó esa tensión con recortes a USAID, presión sobre aliados, uso agresivo de tarifas y una política exterior que pasó del “America First” a estar subordinada al lobby israelí. Trump está empujando una versión más cruda, más nacionalista, más tecnológica, más militarizada, más transaccional y menos preocupada por el envoltorio moral de la democracia liberal.
En este punto surge una rima histórica. Henry Kissinger entendía el orden internacional como una combinación de poder y legitimidad. No basta tener fuerza, también se necesita que otros acepten, aunque sea parcialmente, las reglas del sistema. Por eso admiraba los equilibrios construidos por estadistas como Metternich y Bismarck, ambos fueron figuras clave que moldearon sus teorías sobre el realismo político y la diplomacia de equilibrio de poder.
Pero, la comparación con Bismarck es inquietante. Su sistema de alianzas buscó estabilizar Europa, aislar a Francia y evitar una guerra general, pero después de su salida, ese mismo sistema terminó aportando al clima de bloques que desembocó en las guerras mundiales. La analogía no implica necesariamente que el orden estadounidense vaya a repetir esa historia, pero sí deja una lección clara. Un orden creado para estabilizar puede convertirse en trampa si pierde legitimidad, flexibilidad y capacidad de adaptación.
La crisis estadounidense, sin embargo, no se expresa solo hacía afuera, también emerge desde dentro. La irrupción de los socialistas democráticos de América (DSA), no es casual. No son un partido tradicional, sino una organización política y activista que creció después de la crisis de 2008, Occupy Wall Street y con las campañas de Bernie Sanders, Zohran Mamdani o Alexandria Ocasio-Cortez.

Su importancia no radica solo en cuántos cargos ganen, sino en que encarnan esa experiencia que el Partido Demócrata tradicional no supo procesar, deudas estudiantiles, arriendos impagables, salud privada carísima, precariedad laboral, crisis climática, guerras interminables y captura corporativa de la democracia. Mientras MAGA culpa a las elites globalistas traicionaron a Estados Unidos y promete recuperar la nación contra inmigrantes, China y organismos internacionales; la DSA plantea que las élites corporativas y militares capturaron la democracia y hay que recuperar la economía para los trabajadores, reducir el militarismo y democratizar el poder.
Por eso figuras como la de Zohran Mamdani, un musulmán chiíta, hijo de inmigrantes y socialista, se vuelven tan relevante para entender el momento. Su llegada a la alcaldía de Nueva York representa algo más que una victoria local. El socialismo democrático está disputando el poder en el corazón urbano del capitalismo financiero mundial. Nueva York es Wall Street, Naciones Unidas, grandes medios, migración global, desigualdad extrema y capital inmobiliario.
Estados Unidos no enfrenta solo la decadencia de una potencia, sino la fractura de un imperio que intenta salvarse desmontando las reglas que lo hicieron hegemónico. Por derecha y por izquierda surgen fuerzas que impugnan el viejo consenso neoliberal, militar y financiero que sostuvo su poder durante décadas.






