Claudio Caiozzi, tripulante de flotilla rumbo a Gaza: "Lo que nos fragmentó fue el secuestro y la tortura"

El fotógrafo y artista chileno relató su experiencia como miembro de la Global Sumud Flotilla. Esta misión, tenía como objetivo entregar ayuda humanitaria a la población del enclave palestino, víctima de un bloqueo total por parte de Israel.

El fotógrafo y artista chileno relató su experiencia como miembro de la Global Sumud Flotilla. Esta misión, tenía como objetivo entregar ayuda humanitaria a la población del enclave palestino, víctima de un bloqueo total por parte de Israel.

Cuatro ciudadanos chilenos fueron detenidos en mayo de 2026 por el Ejército de Israel al ser interceptada la flotilla humanitaria en la que navegaban, en aguas cercanas a Chipre. Uno de ellos era Claudio Caiozzi, fotógrafo y artista visual conocido en redes sociales como Caiozzama, cuya obra mezcla el arte con mensajes políticos. Caiozzi regresó de aquella experiencia tan fragmentado como el territorio al que intentaba llegar. En esta entrevista, el artista chileno relata en primera persona los 45 días de navegación, el secuestro por parte de las fuerzas militares israelíes y el proceso de reconstrucción personal que aún enfrenta.

La misión de la que formaba parte Caiozzi estaba compuesta por tres grupos —la Global Sumud Flotilla, la Freedom Flotilla Coalition y la Mavi Marmara Freedom and Solidarity Association— que agrupaban 52 embarcaciones con el objetivo de romper el bloqueo que Israel impone sobre Gaza. Una treintena de esos barcos fue interceptada, entre ellos Venus, del que el fotógrafo fue tripulante.

“Nosotros no alcanzamos a llegar. Básicamente, lo que nos fragmentó a nosotros fue el secuestro y la tortura. Veníamos con todas las ganas y, de repente, pasa esto”, afirma el artista visual.

La operación afectó también a los chilenos Víctor Chanfreau, Carolina Eltit e Ignacio Ladrón de Guevara —este último con pasaporte español—. La organización de la flotilla, según relata Caiozzi, los preparó con una semana de clases preliminares, simulaciones y relatos de experiencias pasadas. Pero nada, advierte, anticipa el momento real.

“Uno sabe, en parte, a lo que se va a enfrentar, aunque las estrategias de ellos (Ejército de Israel) cambian. Este año pasaron muchas cosas que el año pasado no, y viceversa. Al final, el momento de enfrentarse a la realidad es completamente diferente a cómo te lo cuentan. Estar ahí te hace sentir miedo en ciertos momentos. Yo sabía que los soldados israelíes son prepotentes y se sienten como dueños del mundo, además de conocer la dramática situación de los habitantes de Gaza. Eso nos motivaba para seguir adelante”, asegura.

Tras ser capturado por los militares israelíes, su fuerte conexión con su profesión y el arte fueron un pilar fundamental para no sucumbir a la incertidumbre de la situación. “Cuando estábamos presos, si encontraba una piedrita o un cuesco de aceituna, me los guardaba. Veía todo fotográficamente y pensaba: ‘Si tuviera mi cámara acá, podría hacer un reportaje impresionante'”, relata.

“Mantenerme en esa postura me ayudó mucho a no caer en la desesperación y a no sentir el nivel de miedo de otros compañeros que asimilaban la situación de una forma mucho más real. Yo intentaba disociarme a través de la imagen y del proceso creativo, que muchas veces va de la mano del trauma y de lo adverso”, señala.

De esa manera, su mirada artística fue el mecanismo de protección para atravesar tal experiencia: “En los peores momentos siempre estuve un poco en esa sintonía, mirando y deseando tener mi cámara fotográfica, o tratando de retener el momento con todos sus detalles para no borrarlo de mi memoria. De hecho, me encantaría poder recrear todo esto que viví utilizando inteligencia artificial; lo estoy intentando, pero es un desafío mayor”.

Caiozzi no oculta la tensión que vivió con su entorno familiar cuando tomó la decisión de sumarse a la misión rumbo a Gaza. Mientras su padre asumió la decisión con estoicismo, su madre y su hermana atravesaron días de angustia, sobre todo durante el periodo del secuestro.

“Mi papá me miró y me dijo: ‘Ya te conozco, no hay mucho que hacer. No me impresiona, cuídate no más’. Pero mi mamá se lo tomó mucho peor. Al principio no se sabía con certeza si los chilenos íbamos a ser confirmados para abordar. Cuando finalmente le avisé que estaba dentro, me dijo: ‘Tanto que recé para que no resultara’. Mi hermana quizás no lo asimiló tanto al principio, pero cuando ya me fui, lo pasaron muy mal, especialmente durante el periodo del secuestro por parte de las fuerzas militares israelíes”, dice.

A bordo del barco Venus, la vida transcurría bajo una disciplina estricta. Tres capitanes —una capitana y dos capitanes— y cinco tripulantes se turnaban en guardias de tres horas para vigilar la presencia de drones o embarcaciones extrañas. El cansancio era físico, pero la convivencia, asegura, fue excepcional.

“Todo estaba estructurado por horarios estrictos… El protocolo exigía que cada capitán estuviera siempre acompañado por dos de nosotros en el puente para vigilar la presencia de drones o embarcaciones extrañas. Los turnos eran de tres horas de guardia por tres de descanso, y de vez en cuando lograbas dormir un bloque de seis horas. Era una rutina físicamente muy agotadora. Durante el día el ambiente se relajaba un poco porque, aunque los turnos seguían, ya todos estábamos despiertos. Las labores cotidianas como preparar el desayuno o cocinar eran más aleatorias; no fijamos horarios para eso y siempre surgía alguien con buena voluntad dispuesto a decir: ‘Ya, lo hago yo'”, detalla.

La alimentación, lejos de ser un problema, se convirtió en un espacio de encuentro. Llevaban legumbres, arroz, pastas y verduras frescas que se iban agotando. Un compañero italiano, recuerda, sacaba dotes culinarios con lo que encontraba.

“Comíamos súper bien. Llevábamos muchas cosas secas, legumbres, arroz, pastas… y al principio verduras frescas, que obviamente con los días se iban acabando. Pero nos organizábamos para cocinar por turnos. Y ahí cada uno sacaba sus dotes culinarios. Había un compañero italiano que hacía unas pastas increíbles con lo que pillaba. La verdad es que en ese sentido de equipo funcionó excelente y todos asumimos la disciplina como una necesidad“, recuerda.

Entre los objetos que llevaba, había un libro: “Palestina Infinita”, de la autora chilena de origen palestino Yasna Mussa. Caiozzi pensó en lanzarlo al mar como una carta en botella, justo en el momento de la intercepción.

“La esperanza de que alguien encontrase esta carta en botella le daba sentido poético. Yo lo tiré durante la primera intercepción, me adelanté, pues yo pensé que nos iban a llevar ahí. Después me dije: ‘Oh, la cagué’, porque la podía haber tirado cuando estuviera más cerca de Gaza”, comenta.

La tripulación del Venus, asegura, fue excepcionalmente unida, a diferencia de otros barcos donde las discrepancias por temas políticos generaron roces. Hicieron amistades que trascendieron el viaje: “Nos hicimos muy amigos y tuvimos una excelente convivencia, a diferencia de otros barcos donde sí hubo conflictos debido a las diferencias políticas y de pensamiento. Nosotros éramos tan unidos que cuando llegábamos a los puertos seguíamos juntos, al punto que los demás nos molestaban para que nos separáramos un poco”.

Pero el final del viaje, con la intercepción y el secuestro, dejó una herida que aún procesa. El momento más crítico, confiesa, fue cuando, ya detenido, lo subieron a un bus de prisioneros junto a un ciudadano griego que estaba descompensado y con las esposas apretadas.

“Hay un momento en la cárcel donde te presionan de forma insistente para firmar un documento que está completamente en blanco, asegurándote que es un trámite para tu deportación inmediata. Yo me negué y nunca firmé, porque es como entregar un cheque en blanco donde pueden escribir lo que quieran. Al día siguiente, nos subieron a un bus de prisioneros. Me tocó en un cubículo cerrado de dos personas junto a un ciudadano griego que estaba muy descompensado y con las esposas extremadamente apretadas. Lo primero que le pregunté fue si había firmado el papel, y me dijo que no. En ese instante pensé: ‘Esta es la micro de los que no firmamos, aquí cagamos; nos llevan a una cárcel interna en Gaza o a cualquier otra parte'”, narra.

“Ahí la vi brígida y fue el único momento de verdadero temor. Afortunadamente no fue eso, y en ningún momento me arrepentí de haber estado en el bote”, agrega.

El regreso a casa no trajo paz inmediata. Caiozzi ha requerido apoyo psicológico para procesar el estrés postraumático: “Me estoy atendiendo con mi psicóloga de siempre para procesar el estrés postraumático. Al principio sufría de muchos trastornos del sueño; me despertaba a las cuatro de la mañana sin poder volver a dormir. Soñaba de manera muy intensa, tanto con las experiencias malas como con las buenas. El sueño se me empezó a regular hace muy poco. También hay días en los que no tengo muchas ganas de hacer cosas, como salir a pintar murales; me lo estoy tomando todo con mucha calma”.

Sobre un eventual regreso a una nueva misión, el fotógrafo es claro. Su madre ya le advirtió: “Lo primero que me advirtió mi mamá al regresar fue que ni se me ocurriera volver a ir. Viajaría de nuevo únicamente si me pidieran cumplir una labor especial, como ser organizador dentro de los botes. Pero ir nuevamente solo como participante, no”, asegura.

La diferencia entre un organizador y un participante, explica, radica en la experiencia previa y la capacidad de guiar al resto ante lo inesperado. Él, en su primer viaje, nunca había navegado en alta mar; su rol era el de comunicaciones y redes sociales del barco.

En cuanto a cómo esta experiencia lo cambió, Caiozzi asegura que a Chile regresó una persona distinta: “Todavía no descifro bien en qué, pero me siento diferente, mucho más quitado de bulla. También influye que actualmente estoy lidiando con una lesión de espalda bien molesta, sumada a una fractura de costilla de la que ya me recuperé. Con el tiempo me iré dando cuenta de los cambios internos; es un sentimiento nuevo y extraño”.





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